Mundial 2026 ¿el deporte más popular del mundo?
Sin lugar a duda las últimas semanas la fiebre generada por el mundial de fútbol ha impactado de manera potente en la agenda periodísticas de casi todos nuestros países. Las esperanzas de muchos de nosotros estaban puestas en los equipos sudamericanos, representantes de la Conmebol, más aún para aquellos cuatro países de la región que no teníamos un representante directo en la cita mundialera.
Estamos a un mundial de cumplir los cien años de esta instancia deportiva que nace en el Uruguay de 1930. En su derrotero de casi cien años es impresionante ver como “el deporte más popular del mundo”, tal como reza su slogan más conocido, dejó de ser una instancia deportiva para convertirse en un suculento negocio que es disputado, en su realización, por los países más ricos del mundo, con nulas posibilidades para que Estados de otra envergadura económica puedan ni siquiera anhelar la posibilidad de realizar uno de estos eventos.
Crecí escuchando con admiración la historia detrás de la frase del dirigente chileno Carlos Dittborn, “¡Porque no tenemos nada, queremos hacerlo todo!”, pronunciada en 1956 para convencer a la FIFA de que su país debía ser sede del mundial de fútbol del año 1962, convirtiéndose en un símbolo de resiliencia para una país que para poder citarse con la instancia mundialera tuvo que enfrentar incluso las consecuencias devastadoras del terremoto de 1960, con sede en la ciudad de Valdivia y que se eleva como el sismo de mayor envergadura en el mundo desde que tenemos registro en la materia. Dittborn utilizó esta expresión para demostrar de que el país, a pesar de que carecía de la infraestructura, los estadios y la tradición futbolística de otros países postulantes a realizar el mundial, el fútbol debía ser el acicate necesario para instalar la voluntad y la determinación de construir algo desde cero, para albergar el evento deportivo, hasta hoy, más importante de la historia de Chile.
Desde hace algunos años el llamado cuaderno de cargos establecido por la FIFA para que un país postule a la realización del mundial deja fuera de dicha posibilidad a la gran mayoría de los países del mundo. Me permití realizarle la siguiente pregunta al Chatgpt, ¿Cuántos países podrían organizar el próximo año, de acuerdo con las condiciones impuestas por FIFA, un mundial de fútbol que albergue a 48 selecciones? La respuesta fue que sólo 12 naciones del mundo, 5 europeas, 3 asiáticas, una de América del Norte, una de Oceanía, una de Medio Oriente y una, Brasil, de nuestra Sudamérica.
La realidad nos interpela, no se considera al deporte un movilizador de los pueblos y sus gobiernos para superar sus deficiencias y aspirar a tener la oportunidad de realizar un mundial, muy por el contrario, el evento futbolístico más importante del mundo ha sido cooptado por el dinero.
Lo relevante de todo esto es que ni siquiera el ente organizador toma en cuenta la tradición futbolística de los pueblos para decidir donde se realizará un mundial. Son conocidas por todos nosotros las prácticas de corruptela a la hora de hacer las votaciones en el FIFA, pero lo más lamentable es que el ente rector de la actividad ha sido un fiel representante de lo que significa ponerse del lado del dinero y terminar mercantilizando el “deporte más popular del mundo”
Lo anterior es una muestra más de lo que, a mi entender, el mejor teórico del capitalismo expresó hace más de ciento setenta años. Carlos Marx, en el Manifiesto del Partido Comunista, publicado en marzo de 1848, planteaba que una de las consecuencias más relevantes del capitalismo es que todo puede ser reducido al valor del dinero. Por ejemplo, esto se podría explicitar de que de ahora en adelante no importa si una persona tiene o no buena sensibilidad arquitectónica, el dinero me permite contratar al mejor arquitecto y comprar esa habilidad. En consecuencia, y en palabras del mismo Marx, “La burguesía ha despojado de su halo sagrado a todas las actividades que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Ha convertido al médico, al jurista, al cura, al poeta y al hombre de ciencia en asalariados suyos…La burguesía ha arrancado su velo emotivo (a todo tipo de relaciones) …y las ha reducido a meras relaciones dinerarias”
Al mirar las sedes de los últimos mundiales nos daremos cuenta que muchas de ellas han sido “poderoso caballero don dinero” el que ha primado a la hora de escogerlas. Desde la edición del año 2002, es decir en los últimos 24 años, solo Alemania y Brasil, son los que, con tradición futbolística, pero también con los recursos necesarios han desarrollado los mundiales. Las demás sedes han sido países como Catar, Estados Unidos, Corea del Sur, Japón, Rusia y el emblemático caso de Sudáfrica en el año 2010. En cada uno de ellos la constante es la misma, puestas en escenas muy sofisticadas, escenarios monumentales, aditamentos anexos de nivel superlativo y transmisiones televisivas que venden el destino con imágenes extraordinarias que no hacen otra cosa que elevar las condiciones económicas de una posible visita, es decir, el modelo capitalista revolucionándose así mismo de manera permanente como Marx lo advirtió a mediados del siglo XIX.
Lo que ha pasado en el mundial de Estados Unidos 2026 (ya que para ser sinceros México y Canadá solo fueron comparsa en esta cita, al igual que lo serán Uruguay, Paraguay y Argentina para la edición del 2030), esta situación se ha sublimado en muchos aspectos: valores de entradas exorbitantes; desnaturalización de la competencia al instalar franjas comerciales en la mitad de cada medio tiempo; pago por entrar a los lugares destinados al Fans Fest, que antes eran de acceso gratuito para los simpatizantes que viajaban y que no habían adquirido una entrada para los estadios; valores de alojamiento y alimentación muy superiores a los normales y, por último, un comportamiento de la FIFA para con el líder político del país anfitrión que no responden a ningún criterio deportivo y menos con la tradición de lo que el fútbol ha significado.
Desde antes de la realización del mundial la máxima dirigencia de la FIFA demostró su actitud de lacayo, al congraciar al presidente de Estado Unidos con una distinción inédita para el ente rector: el premio FIFA de la paz. En su primera versión fue entregado el 5 de diciembre de 2025, durante el sorteo final de la Copa Mundial de 2026 en Washington D. C. El galardonado fue el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, según la FIFA, “por sus esfuerzos para promover acuerdos de paz internacionales”. Cualquiera de nosotros, a la luz de los acontecimientos internacionales, podrá sacar sus propias conclusiones al respecto.
Aún más, las condiciones establecidas por el país anfitrión a la selección de Irán son humana y deportivamente inaceptables, y darían para escribir una columna de opinión completa al respecto; la imposibilidad de ingresar a Estados Unidos al árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, derivado de las condiciones establecidas en Estados Unidos para los visitantes de dicho país; la decisión tomada para con el goleador de los Estados Unidos, Omar Abdulkadir Artan, de retirarle la tarjeta roja y habilitarlo para jugar el partido ante Bélgica por los octavos de final en Seattle, después de expresa petición del presidente Trump que, además, hace declaraciones justificadoras completamente reñidas con la historia y la tradición del fútbol.
A un siglo de su nacimiento, el Mundial de Fútbol sigue siendo capaz de emocionar y unir a millones de personas alrededor del planeta. Esa fuerza simbólica permanece intacta. Sin embargo, resulta inevitable preguntarse si la FIFA continúa administrando el deporte más popular del mundo o si, por el contrario, administra el negocio deportivo más rentable del planeta. Cuando las sedes se definen por la capacidad financiera antes que por la tradición futbolística; cuando el acceso de los aficionados se restringe por criterios comerciales; cuando las decisiones parecen responder más a intereses políticos y económicos que a principios deportivos, el fútbol comienza a perder parte de aquello que lo convirtió en un fenómeno universal. El verdadero desafío para el futuro, cuando el Mundial cumpla cien años, no será construir estadios más grandes ni espectáculos más deslumbrantes, sino recuperar la idea de que este torneo pertenece, antes que, a los mercados y a los poderosos, a los pueblos que hicieron del fútbol una pasión compartida. Solo entonces volverá a tener pleno sentido afirmar que el Mundial es, efectivamente, la gran fiesta del “deporte más popular del mundo”.