Las relaciones internacionales, en encrucijada
A lo largo de la historia de la humanidad, y especialmente en Occidente, han existido momentos decisivos en los que las distintas organizaciones políticas de su tiempo —reinos, imperios o repúblicas— han buscado establecer un orden internacional que favoreciera una convivencia pacífica, garantizara la estabilidad y promoviera el desarrollo de sus sociedades.
Entre estos hitos destaca la Paz de Westfalia de 1648, conjunto de tratados que puso fin a la Guerra de los Treinta Años y a la Guerra de los Ochenta Años. Este acontecimiento suele considerarse uno de los pilares de las relaciones internacionales modernas, ya que consolidó el principio de la soberanía estatal, según el cual los Estados poseen autoridad sobre su territorio y sus asuntos internos, sentando las bases del sistema internacional contemporáneo.
A comienzos del siglo XIX, tras las guerras napoleónicas, las principales potencias europeas se reunieron en el Congreso de Viena (1814-1815). A pesar de las profundas transformaciones políticas y territoriales provocadas por dichos conflictos, el Congreso logró establecer un nuevo equilibrio de poder que contribuyó a evitar una guerra general entre las grandes potencias europeas durante gran parte del siglo XIX. Mientras la Paz de Westfalia marcó el inicio del sistema moderno de Estados soberanos, el Congreso de Viena buscó preservar la estabilidad mediante la cooperación entre las grandes potencias y la restauración de las monarquías tradicionales.
Un siglo después, concluida la Primera Guerra Mundial, las potencias vencedoras se reunieron en la Conferencia de Paz de París, cuyo principal resultado fue el Tratado de Versalles de 1919. Aunque se creó la Sociedad de Naciones con el propósito de prevenir futuros conflictos, la exclusión de las potencias derrotadas y las severas condiciones impuestas a Alemania fueron objeto de críticas y, según numerosos historiadores, contribuyeron a generar tensiones que favorecieron el estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Entre 1945 y 1948, tras el mayor conflicto bélico de la historia, se inició la construcción de un nuevo orden internacional. La creación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), junto con un conjunto de organismos especializados en ámbitos como el comercio, la salud, la alimentación, el trabajo y el desarrollo, así como la adopción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, reflejaron el propósito de establecer mecanismos institucionales capaces de resolver pacíficamente las controversias entre los Estados y promover la cooperación internacional.
No obstante, el contexto de la Guerra Fría condicionó profundamente el funcionamiento de este nuevo sistema. La existencia de dos superpotencias enfrentadas, el equilibrio basado en la disuasión nuclear y la estructura del Consejo de Seguridad de la ONU —con cinco miembros permanentes dotados del derecho de veto— permitieron, en algunos casos, contener conflictos mayores, pero también limitaron la capacidad de la organización para actuar de manera efectiva cuando estaban en juego los intereses estratégicos de las grandes potencias. Con el paso del tiempo, estas limitaciones fueron debilitando la legitimidad y la eficacia del sistema internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial.
El fin de la Guerra Fría, a comienzos de la década de 1990, dio paso a una etapa de predominio internacional de Estados Unidos, acompañada por la expansión del liberalismo económico, la globalización y el fortalecimiento de numerosas instituciones multilaterales. Sin embargo, la creciente interdependencia entre la política, la economía y la seguridad internacional ha dificultado la delimitación de los intereses nacionales y ha incrementado la complejidad de los desafíos globales. En este contexto, las decisiones adoptadas por las principales potencias —incluyendo las de Estados Unidos, Rusia y China— han tenido profundas repercusiones sobre la estabilidad del sistema internacional.
Lejos de consolidarse un orden duradero, el siglo XXI ha estado marcado por una creciente erosión de las instituciones creadas al término de la Segunda Guerra Mundial. Diversos especialistas sostienen que las reformas impulsadas para fortalecer la ONU no han logrado responder plenamente a las nuevas dinámicas del sistema internacional, lo que ha reducido su capacidad para desempeñar un papel decisivo en la gobernanza global.
El escenario internacional contemporáneo también se caracteriza por el ascenso de nuevas potencias, especialmente China, el resurgimiento de los nacionalismos, las crisis económicas recurrentes, la persistencia de conflictos regionales —particularmente en África y Oriente Medio— y la aparición de desafíos transnacionales, como el cambio climático, las migraciones masivas, las pandemias, la inteligencia artificial y las amenazas cibernéticas. Estas transformaciones han contribuido a configurar un entorno internacional cada vez más complejo, interdependiente e impredecible.
En este contexto, hacia 2026 el sistema internacional parece transitar desde un orden relativamente institucionalizado hacia una dinámica caracterizada por una mayor competencia estratégica, una creciente fragmentación del poder y el debilitamiento de los mecanismos tradicionales de gobernanza global. Comprender estas transformaciones resulta fundamental para analizar los desafíos presentes y futuros de las relaciones internacionales y para reflexionar sobre la necesidad de fortalecer instituciones capaces de responder eficazmente a los problemas comunes de la humanidad.