Nuestra democracia no se está haciendo cargo de la mentira
“Miente, miente, que siempre algo queda”, es una frase que repetimos en más de alguna oportunidad en nuestros espacios cotidianos y que tiene réplicas significativas en los espacios de poder. Tiene relación directa con la relevancia que tiene el discurso en la construcción de realidad. Hoy, en la era de las redes sociales y las aplicaciones, los espacios de control de lo que circula allí es bastante menor, no sabemos, muchas veces, cuáles son las fuentes que sustentan la información entregada y estamos educando poco o nada en cómo la ciudadanía debe enfrentar ése nuevo espacio de “información”.
El trasfondo de la frase tiene directa relación con la idea de que la mentira repetida termina influyendo en las personas, e incluso, en casos extremos, puede convertirse en una verdad para el mismo promotor de la mentira, ya que empieza a actuar conforme a ella.
Hay algunas referencias históricas con respecto al origen de esta frase, para la mayoría de las personas que la han conjugado en alguna oportunidad, la relacionan con Joseph Goebbels, eministro de comunicación del régimen nazi en la Alemania de Hitler, aunque no hay evidencias historiográficas claras al respecto.
Como decían los romanos, “nada nuevo bajo el sol”, parece que la expresión, a lo mejor acomodada en el régimen nazi de entreguerras, puede derivar de una idea más antigua, relacionada con la instalación de acusaciones falsas o calumnias que destruyen personas e ideas, ya que tienden a dejar una impresión duradera. Referencias parecidas encontramos en el siglo XVII, momentos en que el desarrollo del pensamiento científico tiene un lugar importante, que se construye a partir de lo que denominaron la “búsqueda de verdades irrefutables”. Por ejemplo, Francis Bacon escribió sobre el impacto que puede tener una calumnia, aunque fuera refutada, ya que deja una estela en la opinión pública difícil de borrar. Más tarde, habría sido Voltaire, en unas de sus cartas, específicamente en el año de 1735, el que puso por escrito la frase original, “Calumniad, calumniad, que siempre algo quedará”
Desde aquel momento la frase se ha utilizado ya no sólo desde los círculos intelectuales, también se ha instalado en las más básicas relaciones sociales. En todos esos espacios, la consecuencia es la misma, se busca interesadamente desacreditar, instalar una duda odiosa, que destruye a personas, proyectos e ideas.
En la esfera de la política la mentira se ha instalado como un fenómeno psicológico y comunicacional real, las personas tienden a creer, producto de la información falsa que algunos interesados hacen circular, que tal o cuál candidato solucionará de manera mágica un problema complejo; que determinada candidata tiene graves problemas mentales; que la economía heredada del gobierno anterior ha dejado al país en quiebra; que los informes económicos demuestran que el déficit fiscal es muy superior a lo declarado por las anteriores autoridades, en fin, estoy entregando algunas informaciones con las que se codea la democracia desde hace algunos años.
Parece que la democracia no tiene las herramientas necesarias para enfrentar un fenómeno que, desde lo comunicacional, confirma que las personas siguen asociando una acusación contra un político, contra una medida, o contra algunas personas, mucho más allá de que esta acusación haya sido desmentida.
En algunas columnas anteriores me he planteado en torno a reconocer que la democracia es un proyecto político que convive con amenazas, las que permiten explicar, tal como lo plantea el historiador Samuel Huntington, oleadas democratizadoras y oleadas des democratizadoras, las que se pueden percibir, a escala global, a lo largo de los últimos ciento treinta años. La corrupción, la falta de cultura democrática, la desafección política e incluso el narcotráfico han sido tópicos profusamente estudiados y evaluado su impacto letal para los sistemas democráticos.
Hoy, se nos presenta un cóctel bien especial y que eleva a la mentira, como estrategia política, a una de las principales amenazas a la democracia. Sabemos que no es algo nuevo, los periódicos de cordel de la época de la Revolución Francesa de 1789 fueron una tremenda herramienta para desacreditar a adversarios políticos, lo mismo en los regímenes totalitarios del siglo XX, en donde la propaganda estatal difundió de manera interesada noticias falsas contra opositores políticos, minorías étnicas, sexuales o religiosas, elevándolos a enemigos demonizados por el Estado.
Hoy, en las campañas electorales de distintos países, en la básica discursiva para aprobar proyectos de ley, se utiliza mañosamente rumores o afirmaciones engañosas para impactar de manera interesada en la percepción pública. La situación se hace más grave en la era de las redes sociales, ya que han amplificado el fenómeno. Por favor no confundir con las acusaciones o investigaciones legítimas que revelan corrupción, abuso o irregularidades reales de las que la institucionalidad democrática debe hacerse cargo. La preocupación se instala en la medida de que el uso de información falsa con fines políticos, puede dejar una impresión duradera en la opinión pública sólo por haber sido difundida ampliamente y en la imposibilidad de la misma institucionalidad democrática de hacerse cargo de ella, generando los mecanismos de control y sanción por el respeto de una sana convivencia política.
En nuestros países tenemos presidentes que han sido elegidos después de confirmarse que generaron un sistema organizado para que, a través de la mentira difundida por las redes sociales, hayan desacreditado a otro candidato; autoridades que han engañado a la ciudadanía con propuestas irrealizables y que luego, ya en el poder, relativizan de la manera más burda; de gobernantes que al llegar a ocupar los cargos de poder levantan acusaciones falsas con respecto a políticas públicas de autoridades anteriores. Estos casos son cada vez más recurrentes y lo seguirán siendo en la medida de que la misma institucionalidad democrática no se haga cargo del castigo necesario y ejemplarizador que dichas conductas, abiertamente antidemocráticas, generan.
Sin duda que una democracia sana no puede eliminar por completo la mentira, pero tampoco puede acostumbrarse a convivir con ella. Es necesario abrir un debate honesto al respecto y generar las condiciones, en los más variados niveles, que incluya una preocupación clara por educar al respecto a las nuevas y actuales generaciones, pasando por el cuidado y la promoción del pluralismo y la investigación periodística, hasta normas claras del debate democrático, para que la mentira no campee en las esferas institucionales, lo que implica generar las condiciones para que la verdad tenga más posibilidades de prevalecer.