La fractura
Los índices de popularidad de Petro, la victoria electoral del Pacto Histórico en las elecciones parlamentarias y la predominancia de Cepeda en las encuestas presidenciales de cara a la primera vuelta contrastan de forma agreste con el desempeño del gobierno Petro. En términos simples, la popularidad de la izquierda encabezada por Petro parece inmune a las evidentes crisis de gobierno y escándalos, superiores en ostensible magnitud a cualquiera de los eventos por los cuales justifican los paros nacionales de 2019 y 2021, que sirvieron más como una campaña adelantada para las presidenciales de 2022.
Una gran porción del bloque ideológico que solo puede valorarse como antipetrismo, en el sentido más literal del término, ha asumido que esta inmunidad de la que goza el petrismo se entiende en gran medida como una falla de comunicación pública de parte de la oposición, enfocando sus esfuerzos en hacer más eficiente esa visibilización del sinfín de descalabros que han caracterizado al gobierno de Petro. Dicho esfuerzo, por mejor que se estructure, no es suficiente para evitar la permanencia de la izquierda en la Casa de Nariño, requiere de componentes adicionales para verdaderamente afianzarse en el electorado y se puede explicar más allá de una sumatoria abstracta de bloques electorales.
Tomando el detenimiento de identificar patrones entre las victorias en elecciones presidenciales colombianas durante los últimos 25 años, se destaca el hecho de que siempre ha ganado quien mejor ha estructurado un movimiento de unidad nacional, políticamente incluyente y, usualmente, en coalición alrededor de la consecución de un objetivo amplio que precisamente lograba alcanzar esa unidad.
El primer gran ejemplo de este fenómeno vendría siendo la elección de Álvaro Uribe como presidente en 2002. Aquel era un contexto de quiebre institucional, traído por más de una década de guerra interior, primero contra los carteles del narcotráfico y luego contra unas FARC repotenciadas por la inyección financiera del negocio del narcotráfico, y recrudecido por una economía todavía sintiendo los efectos de la crisis financiera de 1998. Con ese punto de partida, se explica cómo el objetivo de vencer a las guerrillas y recuperar la institucionalidad se prestó para estructurar un movimiento de unidad nacional que resultó triunfante e inmensamente popular, al brindar la facilidad de ponerle de presente al electorado un objetivo claro, contundente y con la capacidad de unir a la gran mayoría de sectores de la sociedad a su alrededor. El éxito del uribismo como proyecto político durante esos años se predica, en términos simples, de la capacidad de haber acompañado esa narrativa de unidad alrededor de la lucha contra el terrorismo con resultados contundentes en la vasta mayoría de rubros relevantes en materia de gestión pública, que le permitieron salir victoriosos, con relativa comodidad, en las siguientes dos elecciones, la reelección de Uribe en 2006 y la primera elección de Santos en 2010.
Lo mismo lo lograron Santos en su reelección, a través del objetivo de alcanzar la Paz, y Petro en 2022 con su proyecto de lograr “el cambio”, en ese momento dado a entender como una serie de reformas en materia social que vendrían de la concertación y de la mano de la tecnocracia en el marco de un gabinete de coalición. La clave de la derrota de la derecha, o el antipetrismo más bien, estuvo en la incapacidad de darle significado a su proyecto político más allá de evitar la consumación de la presidencia de Petro, es decir, en no poder ofrecer otra especie de objetivo con miras a unificar al país más allá de evitar el objetivo contrario.
Apostar únicamente a poner en descubierto la corrupción y la incompetencia de este Gobierno es caer en el mismo error, es permitir que Petro siga siendo el protagonista del debate público, y eso no permite proyectar con eficacia esa alternativa de proyecto de país que es necesario estructurar para alcanzar una victoria electoral. Esa es una lección que el Centro Democrático ha interiorizado con el movimiento de la candidatura de Paloma Valencia hacia el centro político, a través de su inclusión en la Gran Consulta y la posterior designación de Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial. Dicha movida permite visibilizar un proyecto de gobierno pluralista, consciente de las razones que explican tanto la llegada al poder de Petro como su popularidad, y que va orientado a brindar soluciones prácticas desde el consenso, más que a aumentar la polarización a través de una campaña enfocada principalmente en recrudecer el retrato del fracaso del proyecto político del “Cambio”.
Dicho enfoque en la indignación por la ciertamente abominable presidencia de Petro, por más justificada que pueda estar, al contrario de prestarse para estructurar un proyecto políticamente incluyente, va orientado a reafirmar la furia y justificar la firmeza para trazar líneas rojas en términos políticos en contra de ese gran enemigo, casi que estructurando un prospecto de unidad alrededor del arrepentimiento de quienes fueron víctimas de un gran estafador y que, lógicamente, no admite discusión acerca de las razones por las cuales la izquierda de Petro sigue siendo altamente popular.
La fractura existente en la derecha, en términos sencillos, puede describirse como un choque entre una derecha que reconoce dónde estuvieron sus falencias pasadas y que, a través de la moderación, muestra una suerte de contrición ante el electorado, y otra derecha convencida de que, a través de la confrontación implacable, logrará que el electorado que migró hacia la izquierda se arrepienta y revierta completamente hacia el otro extremo de la balanza. En política, los patrones están hechos para romperse, pero, apostando a la predominancia de los mensajes políticos de unidad, es claro que las probabilidades de una victoria electoral aumentan ostensiblemente con Paloma Valencia en una eventual segunda vuelta contra Iván Cepeda. La otra posibilidad tangible, la contraposición de dos proyectos políticos decididamente extremistas, serían aguas misteriosas, y realizar predicciones sería aún más complejo al no haber antecedentes históricos recientes para trazar paralelos.
Lo irónico es que, al entender verdaderamente la magnitud de la amenaza que representa Iván Cepeda, el imperativo lógico sería propiciar el escenario en que se produzca su derrota con mayores probabilidades, a contrario sentido de lo que significa propiciar un escenario desconocido y aún más incierto, apostando por la candidatura que retrata al enemigo con más vehemencia.