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«¡El alcalde del cemento!»: un cliché mandado a recoger

Las críticas que observo en redes sociales, por parte del gobierno central, contra Alejandro Char, alcalde de Barranquilla, apuntan a la alta inversión en «cemento» durante sus tres administraciones. De ahí surge su remoquete como «el alcalde del cemento».

En 2002, cuando ejercía como médico en el Hospital Nazareth, palpé la angustia y el sufrimiento de los pacientes que residían en los barrios del suroccidente. Recuerdo particularmente el caso de «Julián», un niño de cinco años, consultador crónico por problemas respiratorios que vivía en el barrio 7 de abril.

Su madre, angustiada, explicaba que las calles destapadas del barrio originaban los problemas respiratorios de su hijo porque, en época seca, el «polvorín» y el «tierrero» eran insoportables, lo cual agravaba su asma bronquial. De otra parte, cuando llovía, el barrizal y las aguas estancadas generaban enfermedades infecciosas y lesiones en la piel, además de dificultar gravemente la movilidad.

En 2010, durante la primera administración de Char, se pavimentó gran parte del barrio 7 de abril, razón por la que las concentraciones de polvo en el ambiente bajaron ostensiblemente. Lo anterior trajo como consecuencia la disminución de los problemas respiratorios e infecciosos de quienes habitan esa zona — incluyendo los de Julián— De modo que, sin lugar a duda, el cemento había contribuido al mejoramiento de la calidad de vida de los habitantes del barrio.

«¡Por lo menos ya no vivimos «comiéndonos» el polvo! ¡Realmente nos mejoró la vida!», me expresó posteriormente, muy emocionada, la madre del pequeño.

Es indudable que la falta de pavimentación afecta enormemente la salud pública, de modo que invertir en «cemento» no es un lujo, sino una decisión que mejora sustancialmente la calidad de vida de los habitantes, especialmente en sectores deprimidos de la ciudad.

Diversos estudios han demostrado que la calidad del entorno físico influye directamente en la salud y el bienestar de las personas. Cuando las comunidades cuentan con calles pavimentadas, espacios públicos cuidados y áreas verdes accesibles, los beneficios no se limitan a la reducción de enfermedades físicas, sino que también se observa una disminución significativa de la angustia mental, un incremento en la percepción de seguridad y una mejora en la satisfacción general con la vida.

En otras palabras, transformar el espacio urbano no solo implica mejorar la infraestructura, sino también fortalecer el tejido social y emocional de la comunidad. Un entorno ordenado y estéticamente agradable fomenta la convivencia, promueve la actividad física y genera un sentido de pertenencia. De modo que, la intervención en el espacio físico se convierte en una herramienta poderosa para elevar la calidad de vida, ya que el bienestar individual y colectivo está profundamente ligado a las condiciones del lugar donde se habita.

El cemento utilizado para ampliar la malla vial de la ciudad y ejecutar obras de infraestructura como el Gran Malecón del Río no es un capricho, es desarrollo en términos reales y medibles. Una mejor red vial reduce tiempos de desplazamiento, facilita el acceso al trabajo, a la educación y a los servicios de salud. Además, dinamiza la economía local al mejorar la movilidad de personas y mercancías.

Por su parte, espacios como el Malecón no solo embellecen la ciudad, sino que la transforman en un punto de encuentro ciudadano, impulsan el turismo, generan empleo y fortalecen el tejido social. Este tipo de obras elevan la competitividad de la ciudad, atraen inversión y, sobre todo, devuelven a los ciudadanos espacios dignos para vivir, compartir y proyectar un mejor futuro.

Por eso, hablar de urbanismo no es hablar únicamente de cemento, es hablar de dignidad, de justicia social y de la posibilidad de construir ciudades que cuiden a quienes las habitan. De manera que, la planificación urbana debería entenderse como una política de bienestar integral. En suma, invertir en entornos seguros y agradables no es un lujo, es una estrategia para que nuestras comunidades sean más resilientes, más solidarias y, sobre todo, más felices.

No tengo afinidad política con el alcalde Char, es decir, mi postura no parte de la simpatía ni del respaldo a su administración. Esa distancia es importante dejarla clara, porque evita que cualquier reconocimiento se confunda con alineamiento partidista.

Sin embargo, hay momentos en los que los hechos hablan por sí solos. Y en esos casos, corresponde aplicar la máxima, «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Cuando las evidencias son contundentes, lo honesto es reconocerlas, incluso si provienen de alguien con quien no compartimos afinidad política.

En conclusión, más allá de las críticas o las diferencias ideológicas, lo que realmente impacta a la comunidad son los resultados concretos en su vida cotidiana. Por eso, concuerdo con el pensamiento del político español Antonio Maura, cuando dijo: «Los buenos gobernantes se conocen cuando lo que hacen vale más que lo que sus opositores dicen».