La compleja situación del Irán contemporáneo
Entender la situación de Irán hoy es un tema complejo, más aún para quienes hemos crecido bajo la lógica de la cultura occidental. Nuestra tendencia secularizadora y racionalizante suele colocarnos en una trinchera ideológica que nos aleja de comprender a sociedades donde lo espiritual, no solo lo religioso, se vivencia de manera directa y cotidiana.
Lo primero que no debemos olvidar es que estamos ante una de las civilizaciones más antiguas de la aldea global. Tres milenios de historia no pueden soslayarse en el análisis de una sociedad profundamente comprometida con su pasado, a pesar del menosprecio de ciertos liderazgos políticos actuales.
Creo firmemente que la forma más adecuada de acercarnos a lo que desconocemos exige, en primer lugar, respeto por sus formas de organización, creencias y expresiones culturales. Estas no son fruto del azar, sino de procesos de largo plazo, arraigados en la conciencia colectiva y moldeados por sus experiencias históricas más cruciales. Para quienes habitamos este lado del mundo, el punto de partida debe ser despojarnos de prejuicios y —quizás lo más difícil— comprender lo diferente desde su propia valoración, evitando la comparación soberbia que nos autoproclama como el referente ideal.
No escribo como un especialista en la historia de Irán, sino desde una perspectiva de vida construida a partir del estudio de la historia; una visión que sitúa al ser humano y a sus circunstancias particulares en el centro del análisis. En este ejercicio, resulta evidente cómo la información disponible está fuertemente mediatizada por Occidente. Tras una revisión inicial de fuentes, alcancé una convicción preliminar: para los fines de este análisis humanista, las perspectivas europeas resultan más cercanas y matizadas que las estadounidenses, las cuales suelen estar condicionadas por una agenda geopolítica más rígida.
El triunfo de la revolución islámica en 1979, liderada por el Ayatolá Jomeini, instauró dos dinámicas fundamentales para el análisis: un proceso radical de desoccidentalización y la creación de las condiciones internas para asegurar la supervivencia del nuevo orden.
La perspectiva histórica nos invita a recordar que, en pleno apogeo de la Guerra Fría, el año 1979 fue testigo de dos grandes hitos: la revolución nicaragüense y la iraní. Esta última, desafiando los vaticinios de los analistas de la época, avanza a paso firme hacia la conmemoración de su medio siglo de existencia. Los procesos revolucionarios llevan en su esencia la lucha constante por sobrevivir, asentar su propia visión de sociedad y gestionar el conflicto natural con los modelos vecinos. En el caso de Irán, este choque ha sido frontal con potencias contemporáneas que, desde el discurso y la acción geopolítica, se configuraron como enemigos declarados con el objetivo de desmantelar aquello que percibían como una amenaza latente.
Por esta misma razón, desde sus orígenes, la República Islámica de Irán se propuso, como una medida crucial de supervivencia, convertirse en un actor decisivo en el tablero geopolítico de Medio Oriente. Su territorio ocupa una situación estratégica en la región, los lazos que ha generado con organización estatales y grupos armados en Irak, Líbano, Palestina y Siria, son relevantes de incorporar al análisis y, fundamental por lo demás, alberga una de las mayores reservas de petróleo y gas del mundo, un factor que proyecta el impacto de sus procesos históricos mucho más allá de sus fronteras regionales, extendiendo su influencia hasta la vertiente oriental del Mediterráneo.
Sin duda, la geopolítica de la energía es el motor que explica el persistente interés de los grandes centros de poder global en la situación iraní. Hoy, este escenario se ha vuelto considerablemente más complejo. A la histórica y conflictiva postura de Estados Unidos y a las oscilantes relaciones de interdependencia con la Unión Europea, se suma ahora la consolidación de nuevos gigantes globales como China e India. Estos actores han reconfigurado las alianzas comerciales y estratégicas, desafiando la efectividad de las presiones occidentales en la región.
Existen hitos fundamentales que no pueden excluirse, aunque no pretendo profundizar en ellos en este artículo. La crisis de los rehenes en la embajada estadounidense de Teherán —que se prolongó por más de un año— y la guerra con Irak iniciada en 1980, son los acontecimientos que explican, en gran medida, la situación actual de Irán. Estos eventos terminaron por moldear sus conflictivas relaciones con Occidente y el choque de fondo que generan las pretensiones de universalidad de esta civilización frente al orden global dominante.
Me interesa incorporar dos aspectos más a esta ecuación. El primero es la nuclearización de su política de defensa. Irán defiende el carácter estrictamente disuasivo del enriquecimiento de uranio, argumentando que busca frenar la amenaza latente bajo la cual vive su población. No obstante, la comunidad internacional suele imponer menos restricciones a otros países de la región con políticas armamentistas similares o que ya poseen capacidades nucleares. Esta evidente doble vara de medir ha terminado por fusionar el nacionalismo iraní con la defensa de su programa tecnológico y nuclear, convirtiéndolo en una causa de soberanía nacional.
En segundo lugar, es crucial considerar el impacto que generan en la población iraní las consecuencias de las guerras en territorios cercanos o afines. Las experiencias de intervención militar extranjera en Irak, Afganistán y Libia demuestran a la sociedad que el conflicto armado raras veces resuelve las tensiones estructurales. A esta lógica se suma, con sus respectivos matices, el apoyo estadounidense a Israel, especialmente ante las graves denuncias por sus acciones contra el pueblo palestino, así como su histórica implicación frente a grupos opositores en Siria. La desestabilización en este último país generó niveles de destrucción difíciles de superar y dejó una fractura profunda que, al igual que en los casos anteriores, obstaculiza la construcción de una gobernabilidad adecuada y duradera.
En definitiva, el análisis de la trayectoria contemporánea de Irán demuestra que la estabilidad en Medio Oriente no se alcanzará mediante la imposición o el asedio. Si se aspira a una paz duradera, es imperativo que Estados Unidos renuncie a sus pretensiones hegemónicas en la zona y abandone la doctrina del "cambio de régimen" forzado, que siempre ha desnudado su intereses económicos.
Las traumáticas lecciones coloniales y poscoloniales de la región evidencian que las sociedades no se reconstruyen desde el dictamen de potencias extranjeras que desconocen sus profundas raíces identitarias. Para Occidente, y en especial para Washington, el verdadero desafío geopolítico de este siglo no consiste en perpetuar una tutela militar o económica insostenible, sino en asumir la madurez de reconocer la pluralidad del mundo. Solo desmantelando la soberbia de los referentes universales y aceptando la soberanía de una civilización trimilenaria, será posible transitar desde el conflicto perpetuo hacia una convivencia internacional basada en el respeto mutuo.