Bioeconomía: los primeros pasos
Colombia lleva décadas convenciéndose de que es una potencia natural. El problema es que convencerse no es lo mismo que serlo. Una potencia natural transforma lo que produce. Colombia, en su mayoría, todavía lo vende barato o lo deja perder.
Cada año, toneladas de residuos agrícolas y agroindustriales se queman, se abandonan o terminan contaminando ríos y suelos, en vez de convertirse en energía, abono o materia prima para nuevos productos. Ese desperdicio no es solo un problema ambiental: es plata que dejamos ir todos los años en cada región del país.
De eso se trata la bioeconomía. Y aunque el término pueda leerse técnico, su significado es sencillo: aprovechar de manera sostenible los recursos biológicos, la ciencia y la tecnología para producir bienes y servicios con mayor valor agregado. Es lograr que aquello que hoy desechamos, vendemos barato o simplemente dejamos perder pueda convertirse en una oportunidad económica.
Cuando un residuo agrícola se transforma en energía o abono, hablamos de bioeconomía. Cuando una planta se estudia para desarrollar medicamentos o cosméticos, hablamos de bioeconomía. Cuando la yuca, el mango o el ají dejan de salir del campo únicamente como materia prima y comienzan a procesarse en los mismos territorios donde se cultivan, también hablamos de bioeconomía.
Pero va más allá de los residuos y los cultivos. Recuperar suelos, mejorar semillas, producir bioinsumos que reduzcan la dependencia de químicos contaminantes: todo eso es bioeconomía también. No estamos hablando de proteger la naturaleza desde lejos. Estamos hablando de modernizar el campo y generar empleos a partir del conocimiento.
Y ese conocimiento no es solo el de los laboratorios. Es el del pescador que conoce el ciclo exacto de una especie, el de la abuela que sabe qué planta cura una infección, el del indígena que lleva generaciones domesticando una semilla que la ciencia apenas empieza a entender. Ese saber tiene valor económico real, y hoy casi nunca se reconoce ni se paga como corresponde. Una verdadera bioeconomía no puede construirse sobre el conocimiento de nuestras comunidades sin que ellas reciban una parte justa de lo que ese conocimiento genera.
Pero ese conocimiento, ancestral o científico, hoy avanza disperso: las universidades investigan, los productores trabajan, los emprendedores innovan, sin una ruta articulada que conecte esas capacidades. El resultado es siempre el mismo: los productos salen de las regiones con poco valor agregado, y quienes los producen se quedan con la parte más pequeña de lo que generan. Para que eso cambie, no basta con buena voluntad: se necesitan reglas claras y estímulos reales, como créditos accesibles para quien transforme su producción e incentivos tributarios para quien invierta en investigación y nuevos bioproductos hechos en Colombia.
Hablar de bioeconomía es el primer paso. El siguiente es que cada región empiece a ver su biodiversidad no como algo que se protege desde lejos, sino como algo que se transforma desde adentro: en el mercado local, en el laboratorio universitario, en la finca del vecino. Ahí, y no en el discurso, es donde se mide si entendimos la oportunidad.