Ya van a empezar las fiestas, las fiestas de Navidad…
Sin embargo, mucha gente aún no resuelve desempolvar las cajas con los adornos que llenan de luces, escarchas y esplendor la época.
Salvo en los almacenes, a los que la Navidad llegó incluso antes de que acabaran de desaparecer las brujas, los duendes y las calabazas, apenas algunas fachadas de viviendas, apartamentos y locales comerciales, empiezan a vestirse de Navidad. Tímidamente. Muy pocas, en comparación con navidades anteriores.
Nadie desconoce que para muchos la Navidad es una temporada triste. Las navidades son fiestas en las que se acentúan los sentimientos de pérdida, las faltas, los proyectos inconclusos, la incertidumbre acerca del año que se avecina. Las razones de nostalgia varían de una persona a otra.
La tristeza nos embarga al recordar que un año más cae sobre nuestras espaldas, o que seres muy especiales a los que amábamos profundamente han tomado el camino sin retorno, o que tuvimos momentos felices que no podremos vivir nuevamente.
Algunos evocarán momentos de su niñez, en la compañía y con la protección de unos padres que ya no están. Y que no volverán a abrazar, salvo en sueños. Cuando se añoraba la llegada de diciembre por el placer de descubrir los regalos al lado de la cama. Otros, experimentarán nostalgia por la separación del ser que creyeron sería su compañero hasta la muerte. A unos más les pesará la soltería como un saco de brea a la espalda bajo el sol de un medio día en el Caribe. Algunos padres sentirán la nostalgia que les llena el corazón cuando el nido comienza a quedarse vacío.
Desde mi óptica, dudo firmemente que el jibarito cantando pueda a todos alegrarnos en estas navidades de 2010. Ni echando mano de toda su sabrosura e inspiración. Los aires de Navidad vienen, este año, impregnados de amargura y desconsuelo para muchos.
¡Son tantos y tantos nuestros hermanos agobiados por los embates de la naturaleza!
Un considerable número de viviendas –construidas con ilusión y con el dinero de vacaciones, liquidaciones, cesantías o simplemente de ‘marañas’– se ha venido abajo, desplomándose como castillos de arena al ser besados por las olas.
En su caída se han llevado consigo la tranquilidad de contar con un techo sobre la cabeza, así la alimentación sea escasa. Han borrado las sonrisas de los rostros transformándolas en un gesto adusto, desesperado. Los afectados, agobiados por la impotencia e incertidumbre frente al futuro lloran, claman, reniegan, amenazan, demandan.
Pero la mala calidad de los terrenos donde se levantan sus viviendas hace que estos continúen cediendo ante las lluvias, que se han hecho sentir implacables, aumentando el caudal de los arroyos que a su paso siembran basura, destrucción y tristezas.
Y esta terrible situación ya se ha extendido. Como las plagas de Egipto. Antes sólo era Campo Alegre. Ahora también en El Bosque, Villate, La Sierrita, La Luz, Las Malvinas, El Valle, Evaristo Sourdís, Ciudad Modesto, El Limoncito, El Carmen, El Pueblo, Nueva Colombia y los sectores cercanos al caño de la Auyama han sucumbido. Unos más que otros, pero el número de damnificados crece día a día, lluvia tras lluvia.
¡Qué ironía! Porque la Navidad, en esencia celebra la vida, el nacimiento. Pero Barranquilla tendrá una Navidad vestida de destrucción, cuyo desagradable olor borrará el aroma cálido -mezcla de manzana y canela- que caracteriza esta época.
Desde mi corazón deseo que la luz de esperanza se encienda en cada uno de esos afligidos corazones y que la solidaridad se vuelva factor común de todos los afortunados cuyas viviendas permanecen altivas hacia el cielo, para ayudarlos a reconquistar unas condiciones dignas de vida.