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Sin autonomía no hay universidad pública

La educación pública no es un asunto administrativo ni una política secundaria dentro de la agenda estatal. Es, ante todo, una decisión política de fondo. Definir el lugar de la universidad pública en el proyecto nacional implica responder una pregunta esencial: ¿qué tipo de sociedad queremos construir y qué oportunidades estamos dispuestos a garantizar a las nuevas generaciones?

En Colombia, la universidad pública ha sido históricamente uno de los principales mecanismos de movilidad social. Miles de profesionales provienen de hogares donde la única posibilidad real de acceso a la educación superior fue el sistema público. Sin embargo, el aumento de la cobertura —que pasó del 49,8 % en 2014 al 57,5 % en 2024— no resuelve por sí solo los desafíos estructurales. La discusión no se limita a cuántos jóvenes logran ingresar, sino a las condiciones en las que estudian, se forman y culminan sus carreras.

En el Caribe colombiano, las universidades públicas cumplen un papel determinante en el desarrollo regional. La Universidad del Magdalena ha consolidado un modelo de modernización institucional que le ha permitido destacarse por su estabilidad administrativa, la ampliación de cobertura y el fortalecimiento de la investigación. La Universidad Popular del Cesar, por su parte, cumple una función estratégica en la formación de profesionales en el sur de la región, atendiendo poblaciones que difícilmente tendrían acceso a educación superior en otras condiciones.

En este escenario, la Universidad del Atlántico ocupa un lugar central. Con más de 23.000 estudiantes, no solo es una de las instituciones con mayor matrícula del Caribe, sino también un eje formativo que impacta directamente el desarrollo productivo, científico y cultural del departamento. Su tamaño, su tradición y su cobertura la convierten en un actor estratégico para el futuro del Atlántico.

Por ello, el fortalecimiento de la universidad pública no puede quedarse en el discurso. Debe traducirse en decisiones concretas. La reapertura de la Facultad de Bellas Artes, luego de siete años de cierre, con una inversión cercana a los $40.900 millones, demuestra que el patrimonio académico y cultural puede recuperarse cuando existe voluntad política. De igual forma, la intervención de la Sede Centro, con más de $120.000 millones destinados a su modernización, ampliación y recuperación, representa una apuesta estructural por la calidad y la competitividad regional.

Sin embargo, el debate no puede limitarse a la infraestructura ni al financiamiento. Existe una discusión más profunda que atraviesa hoy al sistema universitario colombiano: el respeto efectivo a la autonomía universitaria.

En diferentes universidades del país —incluyendo episodios recientes en la Universidad Nacional de Colombia y en varias instituciones regionales— se han evidenciado tensiones en los procesos de elección de autoridades académicas y en los mecanismos de gobernanza. Aunque cada caso tiene sus particularidades, el fenómeno revela una preocupación común: la creciente presión de intereses externos sobre decisiones que deberían estar orientadas exclusivamente por criterios académicos, institucionales y de mérito.

La autonomía universitaria, consagrada en el artículo 69 de la Constitución Política y desarrollada en la Ley 30 de 1992, no es un privilegio corporativo. Es una condición esencial para garantizar la libertad de cátedra, la independencia investigativa y la formación de pensamiento crítico. Cuando la autonomía se debilita, no solo se afecta la estabilidad administrativa de las universidades: se pone en riesgo la calidad misma del sistema de educación superior.

Las universidades públicas deben ser espacios de conocimiento, debate y construcción democrática, no escenarios de disputa política ni de intervención externa. La gobernanza universitaria exige reglas claras, procesos transparentes y respeto por las decisiones de las comunidades académicas. Defender estos principios no significa confrontar al Estado; por el contrario, implica fortalecer la institucionalidad democrática.

Al mismo tiempo, el acceso y la permanencia en la educación superior deben consolidarse mediante políticas sociales sostenidas. Subsidios de transporte para estudiantes provenientes de distintos municipios del Atlántico, la ampliación de programas de alimentación —que pasan de 1.500 a 3.000 almuerzos diarios— y el fortalecimiento de espacios deportivos y culturales son medidas que contribuyen directamente a reducir la deserción y ampliar la equidad. No se trata de concesiones asistencialistas, sino de instrumentos concretos de justicia social.

Si el Caribe colombiano aspira a competir en investigación, innovación y desarrollo productivo, sus universidades públicas deben operar con estándares de calidad comparables, estabilidad institucional y respaldo financiero sostenido. La Universidad del Atlántico tiene el potencial de consolidarse como uno de los principales polos académicos del norte del país, pero ese potencial requiere coherencia entre inversión pública, autonomía institucional y liderazgo académico.

La educación pública es, en esencia, un bien común. No puede tratarse como gasto residual ni como bandera coyuntural. Es una infraestructura social y cultural que sostiene el desarrollo humano, científico y productivo del país. Cuando se debilitan las universidades públicas, se debilita también la capacidad de la sociedad para producir conocimiento, formar ciudadanos críticos y construir futuro.

Fortalecer la universidad pública implica invertir en infraestructura, ampliar el acceso y garantizar el bienestar estudiantil. Pero implica también algo fundamental: respetar y proteger la autonomía universitaria como principio democrático. Sin autonomía no hay universidad plena; y sin universidades fuertes, el país pierde una de sus principales herramientas para pensar y construir su desarrollo.

En el Atlántico, apostarle a la Universidad del Atlántico es apostarle al futuro del departamento. Fortalecer su estabilidad institucional, su gobernanza y su calidad académica significa consolidar una plataforma de conocimiento que permita al Caribe competir, innovar y avanzar con mayor equidad.

La discusión sobre la educación pública no es técnica ni coyuntural. Es, en última instancia, una discusión sobre el país que queremos ser.