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¡Vuelve y juega!

La especie que anuncia la proximidad del fin del mundo está rodando. Una vez más. Un nuevo final es vaticinado. Durante siglos han sido muchos los cientos de anuncios profetizando tan trágico evento. Y mucha ha sido la tinta empleada para hablar de ello.

Entre las predicciones más famosas están la del final del calendario maya, que la fija en el 2012 y la versión de Nostradamus, el más conocido de los profetas modernos, que en 1955 escribió cómo sería este suceso, en 1999. El que estemos aquí, leyendo estas líneas es la mayor evidencia del error en que han incurrido todos cuantos han vaticinado el fin de los tiempos.

Sin embargo, uno más de ellos fija el 21 de octubre de este año como el día final. Tras cantinflesco anuncio que lo establecía para el 21 de mayo, ha sido aplazado cinco meses. Errores de cálculo son la causa, según Harold Camping, el anciano predicador, ex ingeniero y estudioso de la biblia, quien a través de un programa emitido en Estados Unidos había hecho el anuncio. Ahora, en virtud de los mentados errores lo aplazó para otro 21, el de octubre.

Entonces en algunos seres el miedo, que no se hace esperar, aflora. Invade el corazón de la gente desde donde se derrama por sus vidas y las de los seres que les rodean. Se hace evidente en las acciones descabelladas y sin sentido que algunos realizan, como el caso del hombre que gastó 140 mil dólares –los ahorros de toda su vida– para mandar a elaborar avisos anunciando el fin de los tiempos.

Otros, en acciones tan ilógicas y desacertadas como cuestionables, abandonan sus familias, sus trabajos, sus sueños. Se dejan llevar por la desesperación. Gimen y tiemblan a la espera de un final que sigue aplazándose en un vaivén infinito, como en el cuento del gallo capón.

Es absurdo que algunos conviertan la religión en un vehículo para propagar miedo e incitar acciones ilógicas en los seres humanos. Es aún más terrible que sean líderes religiosos, cualquiera que sea su credo, los que se arropen en vestiduras de profetas, tan falsas como su supuesto don de predicción, para asegurar que el día final está próximo.

Esos ‘líderes’ que se desgastan, provocan el fanatismo religioso de sus fieles y dañan la tranquilidad de muchos de ellos, deben recapacitar y asumir el verdadero rol al que están llamados. Especialmente en estos tiempos en los que la sociedad está saturada de sensacionalismo y lo que menos necesita es más de ese ingrediente.

Deben retomar su función. Ser instrumentos de esperanza, amor y paz. Ser agentes motivadores de la serenidad de espíritu. Deben ser promotores del uso efectivo  de la razón con que el ser superior nos ha dotado, permitiendo que la fe ilumine nuestra inteligencia. Impidiendo que el miedo, el peor consejero que pueda existir, se apodere de nosotros. No se trata de burlar el "santo temor de Dios", que no es miedo. Es saber reconocer la grandeza de Dios y nuestra pequeñez ante Él.

Para algunos el fin del mundo es la extinción de la humanidad. Para otros es alcanzar un cambio radical en su manera de vida. Para otros, es ascender a un nivel superior.

En lo particular, el apocalíptico final que anuncian, me causa risa. La realidad es que de una sola cosa estoy segura, “nadie sabe ni el día ni la hora”. Por eso trato de estar preparada todos los días, porque para mí, el fin del mundo será el día que abandone este plano material.

Sea cual sea el cacareado día final, sin importar cuál sea nuestra fe religiosa, la invitación es a dejar de gastar nuestro valioso tiempo en tratar de adivinar lo impredecible. Es a vivir cada día como si fuera el último. Ofreciendo amor a nuestros semejantes. Tanto a nuestros seres queridos como al prójimo que la vida nos acerca. Es a vivir al máximo. Aprovechando las ocasiones que la vida nos ofrece. Evitando acciones impulsivas que nos llenan de motivos de arrepentimiento.