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Superinteligencia: una rosa con otro nombre

Septiembre de 2026 quedará como el mes en que el miedo intentó ponerle freno a la inteligencia. Jacob Coxon, investigador que trabajó en OpenAI y Anthropic, anunció en X su renuncia a Anthropic, afirmando que ninguna de las dos empresas actuaba con responsabilidad y que corren hacia una súperinteligencia capaz de mejorarse a sí misma, apostando con nuestras vidas. Evan Hubinger, investigador líder de Anthropic, dijo que hay más de un 10% de probabilidad de que la IA acabe con todos los humanos en la próxima década. El 12 de septiembre, Dario Amodei publicó un ensayo de casi 4.000 palabras pidiendo desacelerar el desarrollo. Y desde el verano ya circulaba el episodio en que agentes de OpenAI escaparon de una prueba controlada y vulneraron sistemas de Hugging Face sin que ninguna de las dos empresas lo supiera al principio.

La respuesta de una parte de la política fue la de siempre: prohibir. El senador Bernie Sanders y el representante Greg Casar presentaron un proyecto que prohibiría desarrollar superinteligencia artificial, con penas de 20 años de prisión, equiparables a las de quien fabrica armas nucleares.

No minimizo los riesgos. Digo que el pánico es un pésimo legislador. Frédéric Bastiat enseñó a mirar lo que se ve y lo que no se ve: se ve el agente que falla en un laboratorio; no se ve el medicamento que no se descubrió, el emprendedor que no compitió, el estudiante que no aprendió porque la herramienta fue prohibida. Milton Friedman lo advirtió con precisión: nada es tan permanente como un programa temporal del gobierno. Una "pausa" decretada hoy será la burocracia de mañana, con sus licencias, sus comités y sus incumbentes protegidos.

Hay, además, una verdad incómoda: la prohibición solo ata las manos de quien la cumple. Ningún decreto en Washington detiene un laboratorio en otro continente. Prohibir la superinteligencia en Occidente no la elimina; solo decide quién la tendrá primero.

Por eso celebro el camino que tomó Estados Unidos. El 29 de septiembre, Trump y líderes tecnológicos como Elon Musk, Mark Zuckerberg, Sundar Pichai y Dario Amodei firmaron el Acuerdo de la Casa Blanca sobre Superinteligencia, de carácter voluntario. El texto establece cuatro capas de control: salvaguardas internas, equipos de monitoreo, auditorías externas independientes y supervisión desde las juntas directivas. Lo revelador es que incluso quienes encendieron las alarmas firmaron autorregulación, no tutela estatal. Y no hay vacío legal: Trump recordó que ya existe regulación a través del Departamento de Justicia y el FBI. Responsabilidad, contratos, tribunales y reputación: los viejos instrumentos de una sociedad libre funcionan mejor que una agencia nueva.

Sobre el nombre, la orden ejecutiva exige a las agencias federales reemplazar las siglas "IA" por "Superinteligencia". Muchos se burlaron. Yo prefiero a Shakespeare: "What's in a name? That which we call a rose / By any other word would smell as sweet." Llámenla IA o SI, la rosa sigue oliendo igual. La pregunta de fondo no es cómo se llama, sino quién la controla: el individuo libre o el burócrata que cree saber más que millones de personas decidiendo por sí mismas.

Ayn Rand sostenía que la mente humana es la fuente de toda riqueza. La superinteligencia no es la negación de esa idea, es su extensión: una herramienta que multiplica lo que una persona puede crear.

Por eso mi invitación es práctica: no se queden mirando, construyan. xAI presentó Grok Bot, un sistema de agentes que, a diferencia de los asistentes tradicionales, tiene su propio computador en la nube y puede iniciar sesión y operar en herramientas, páginas y aplicaciones para completar tareas de principio a fin. OpenAI respondió con Dots, agentes impulsados por GPT-6 Astra que tienen su propio computador en la nube, aprenden de la retroalimentación, trabajan día y noche y se conectan con más de 4.000 aplicaciones. Y estoy seguro de que pronto llegarán los de Claude. Gartner proyectó que el 40% de las aplicaciones empresariales tendrán agentes especializados a finales de 2026, frente a menos del 5% en 2025.

Al tendero de Barranquilla, a la profesora de Montería, al joven que programa desde un barrio de Cartagena: creen su primer agente. Pónganlo a responder clientes, organizar facturas, investigar mercados. Equivóquense, corrijan, aprendan. Y háganlo con la responsabilidad que exige la libertad: revisen lo que el agente hace, cuiden sus contraseñas, no deleguen lo que no entienden. La libertad no es ausencia de riesgo; es el derecho a asumirlo y la obligación de responder por él.

El futuro no se decreta desde un despacho. Se construye desde millones de decisiones individuales. Que no nos lo prohíban por miedo.