Share:

El más grande milagro

Bruce Mac Master dejó esta semana la presidencia de la ANDI después de casi trece años al frente del gremio empresarial más importante del país. Se podrían llenar varias columnas haciendo un balance de su gestión, de sus aciertos y equivocaciones, de las batallas que libró con distintos gobiernos y, por supuesto, de las circunstancias que rodearon su renuncia. Pero hubo una frase que pronunció pocas horas después de dejar el cargo que aún me da vueltas en la cabeza.

“A Colombia le iría significativamente mejor si no gastáramos tanto tiempo en las polarizaciones y en las discusiones entre nosotros”.

Creo que tiene razón. Es más, sospecho que nuestro problema no es solamente que perdamos demasiado tiempo peleando. Es que hemos convertido la pelea en una forma de hacer política, gobernar y relacionarnos. Nos gusta tanto discutir sobre quién tiene la culpa, que casi nunca nos queda tiempo para ponernos de acuerdo sobre qué vamos a hacer.

Me quedé esperando cuatro años a que Colombia se convirtiera en el “país de la belleza” durante el gobierno de Gustavo Petro. Por supuesto, tenía mis reparos, pero quería vivir en ese país hermoso que prometía el slogan. Sin embargo, la belleza no terminó de llegar y, mientras tanto, demasiadas cosas feas siguieron desbordándose a caudales.

Ahora, por supuesto, vuelvo a esperar con el mismo optimismo que en esta patria, la nuestra, que acumula tanto sufrimiento y dolor, se haga finalmente el milagro. Que podamos vivir en la “patria milagro”.

Cada cuatro años mis colegas publicistas nos regalan una nueva utopía. Cambian los colores, las tipografías, las fotografías y las palabras. Nos prometen prosperidad, equidad, paz, belleza, seguridad, patria y todos, literal o metafóricamente, nos prometen milagros. Y yo quiero que todo se cumpla, lo juro. Porque uno debe desear que a Colombia le vaya bien, independientemente de quién gobierne. Desear el fracaso de un gobierno para poder decir “se los dije”, equivale, en alguna medida, a desear que se estrelle el avión en el que uno mismo viaja.

El problema es que la estadística, esa cruel disciplina empeñada en enfrentar nuestros deseos con la evidencia, juega en nuestra contra. Porque cada cuatro años estrenamos una nueva promesa de país y, con demasiada frecuencia, cuatro años después estamos inventando la siguiente sin haber cumplido la anterior. Cambiamos el slogan antes de cambiar la realidad. Y así vamos acumulando futuros que nunca llegaron, países que nunca fuimos, transformaciones que quedaron a mitad de camino.

Pero hay algo todavía peor. No solamente abandonamos los proyectos. Muchas veces sentimos la necesidad de destruirlos. Cada nuevo gobierno parece convencido de que reconocer algo bueno en el anterior equivale a traicionar a los suyos. Entonces desmontamos, rebautizamos, reescribimos, empezamos de nuevo. Lo que unos construyen, los otros lo miran con sospecha; lo que unos celebran, los otros necesitan demostrar que fue un fracaso. Y mientras tanto, pasan los años.

Quizás por eso resulta tan pertinente que Mac Master, después de casi trece años dirigiendo un gremio cuya función natural implica discutir, negociar, controvertir y defender intereses, se despida hablando de construir, conversar y respetar al otro. De defender las instituciones y la democracia.

No tenemos que estar de acuerdo con Bruce Mac Master en todo. Tampoco con Petro, ni con De la Espriella. Ni siquiera entre nosotros. De eso se trata una democracia.

Pero vivimos en tiempos de trincheras. Hay que ser petrista o antipetrista, de izquierda o de derecha, progresista o conservador, patriota o enemigo de la patria. La moderación resulta sospechosa y conversar con el adversario parece una claudicación. Y Colombia tiene problemas demasiado grandes y demasiado antiguos para resolverlos cada cuatro años desde cero.

Construir significa continuar. Reconocer lo que hizo bien el anterior, aunque nos caiga mal. Corregir lo que hizo mal, aunque nos caiga bien. Entender que ninguna ideología tiene el monopolio de las buenas ideas y que nadie debería sentirse traidor por coincidir ocasionalmente con quien piensa distinto.

Tal vez ese sea el verdadero milagro que deberíamos pedirle a esta nueva patria. Que dejemos de gastar tanta energía tratando de derrotarnos entre nosotros y la utilicemos para construir algo que pueda sobrevivir al próximo gobierno.

Yo sigo esperando el país de la belleza. También espero la patria milagro. Ansío paz, prosperidad, oportunidades y todas las demás palabras hermosas que nos han prometido. A estas alturas no me importa demasiado cómo decidan llamarlo.

La estadística dice que dentro de cuatro años, probablemente, estaremos estrenando otra promesa, otro slogan, otra utopía de país, mientras seguimos discutiendo sobre quién tuvo la culpa de no haber construido la anterior. Yo, tercamente, espero que esta vez se equivoque. Ese sería el más grande milagro.