El prestigio ya no basta
El teatro no desapareció con el cine, ni el cine con la televisión, ni la televisión con el streaming. Cada tecnología obligó a las anteriores a redefinir su lugar, pero no las eliminó. Con las universidades tradicionales pasará lo mismo. Seguirán siendo insustituibles en las ciencias naturales y exactas, la filosofía y las artes, donde el conocimiento se cultiva por su valor propio. Pero a su lado surge un nuevo modelo de universidad. Está orientado a la empleabilidad, conectado con la empresa, usa la inteligencia artificial y trabaja con currículos flexibles.
La señal más clara llegó la semana pasada. La Universidad Nacional, la más prestigiosa del país, recibió 39.397 aspirantes para 2027-1. Es la cifra más baja en al menos veinte años y casi la mitad de los 75.681 que se presentaron en 2019. La demografía no alcanza a explicarlo. Ni siquiera el mayor prestigio del sistema garantiza ya la preferencia de los jóvenes.
El QS Yearbook 2026 confirma que el fenómeno es global. En sus análisis identifico diez tendencias: empleabilidad, inteligencia artificial, microcredenciales, integración con la empresa, flexibilidad, sostenibilidad, impacto territorial, ascenso de Asia, internacionalización diversificada y presión financiera. Todas llevan a la misma conclusión: la reputación acumulada ya no alcanza. La universidad debe demostrar con resultados qué gana quien decide estudiar en ella, porque quien se matricula invierte dinero y, sobre todo, años de vida.
La empleabilidad es la primera prueba. Según el Observatorio Laboral para la Educación, el 77,4 % de los graduados de 2022 cotizaba en el mercado formal en 2023. Ese dato, sin embargo, no dice si el empleo corresponde a lo estudiado, si paga bien o si permite progresar. Por eso cada programa debería publicar sus resultados de graduación, ingresos y trayectoria laboral. Un mercado sin información no es libre; es una lotería.
La inteligencia artificial es la segunda prueba. Si una máquina resuelve el examen en segundos, ¿qué estamos calificando? Prohibirla es inútil; lo práctico es cambiar la forma de evaluar. Eso significa defensas orales, portafolios que muestren decisiones y errores corregidos, y momentos sin asistencia para comprobar los fundamentos. Usar IA es legítimo, pero la responsabilidad no se delega: quien firma un trabajo debe poder explicarlo y defenderlo.
La tercera prueba es la relación directa con la empresa. QS destaca los programas duales y el aprendizaje dentro del trabajo. Un estudiante puede aprender estadística analizando inventarios reales. Las empresas, por su parte, deben dejar de exigir experiencia a los jóvenes sin ayudar a construirla. Proponer retos, aportar mentores y pagar prácticas es invertir en su propia productividad.
Aquí aparece el mayor obstáculo, que es el registro calificado. Colombia regula la educación superior como si el conocimiento cambiara cada siete años. Ajustar un plan de estudios, crear un programa o reconocer una ruta modular exige un trámite largo y lleno de documentos. El propio Ministerio de Educación ha reconocido que ese trámite dificulta tomar decisiones a tiempo. Según datos de Coursera citados por QS, el 94 % de los estudiantes encuestados quiere que las microcredenciales cuenten para obtener un título. La demanda existe; lo que falta es permiso.
La solución es cambiar la lógica del control. Hoy el Estado presume que las instituciones harán mal las cosas y les exige demostrar lo contrario en papel antes de empezar. Propongo aplicar el principio de buena fe, que la Constitución ya consagra en su artículo 83. Las instituciones podrían abrir y ajustar programas, y el Estado las controlaría después según resultados verificables: aprendizaje demostrado, graduación, empleo e ingresos. Quien cumpla gana autonomía para innovar; quien incumpla responde con sanciones y con el cierre de programas. La calidad se mide en resultados, no en expedientes.
La presión financiera hará el resto. QS la documenta con fusiones y alianzas en muchos países, y obligará a proteger lo que de verdad produce aprendizaje y a dejar ir lo accesorio.
El teatro sobrevivió porque entendió qué hacía mejor que nadie. Las universidades tradicionales deberán hacer lo mismo, las nuevas tendrán que ganarse la confianza con resultados y el Estado deberá dejarlas competir. En un mundo donde producir respuestas es cada vez más fácil, la educación que valga la pena será la que forme personas capaces de pensar por sí mismas y de crear valor con lo que saben.