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Si la máquina aprueba el examen, el examen estaba mal

Los resultados de PISA 2025 llegaron esta semana y confirman lo que ya sabíamos, pero con una crudeza que esta vez es difícil de maquillar: siete de cada diez estudiantes colombianos de quince años no alcanzan el nivel mínimo de competencia en matemáticas y más de la mitad tampoco lo logra en lectura. El país obtuvo 381 puntos en matemáticas frente a 463 de la OCDE, y en lectura retrocedió a 399, diez puntos menos que en 2022 y veintiséis por debajo de nuestro mejor registro, el de 2015. Uruguay nos supera. Chile, Costa Rica, México y Brasil también.

Ya empezaron a circular las dos coartadas de siempre. La primera es que el deterioro es mundial: es cierto que la OCDE registró sus peores promedios históricos en lectura y matemáticas, pero eso consuela poco cuando allá el 35% de los estudiantes está bajo el nivel mínimo en matemáticas y aquí el 71%. Caerse desde el segundo piso no es lo mismo que caerse desde el sótano. La segunda coartada es el presupuesto. Colombia lleva años aumentando la inversión educativa —el rubro supera desde hace tiempo al de defensa— y los aprendizajes no se mueven en proporción. Cuando un sistema recibe cada vez más insumos y devuelve los mismos resultados, el problema dejó de ser de dinero. Es de incentivos.

El dato que nadie está comentando

Hay una cifra en este informe más reveladora que el 71%: prácticamente ningún estudiante colombiano alcanzó los niveles 5 o 6 en matemáticas, los de alto desempeño, mientras que en la OCDE lo logró el 8%. En lectura llegamos al 1%. Es decir, nuestro sistema no solo deja a la mayoría sin piso: también le pone techo a los pocos que podrían volar.

Eso no es un accidente estadístico. Es la consecuencia lógica de una filosofía educativa que durante décadas privilegió la igualdad sobre la excelencia. Cuando el objetivo declarado es que nadie se quede atrás y no que cada quien llegue tan lejos como pueda, el sistema termina optimizando el promedio y castigando la distinción. No producimos ni el suelo ni la cima. Milton Friedman lo advirtió hace medio siglo: el Estado puede financiar la educación sin administrarla en monopolio. Donde las familias eligen, las instituciones compiten; donde el usuario está cautivo, el sistema se organiza alrededor de quienes trabajan en él y no de quienes aprenden en él.

El maestro es la variable que decide

Ningún sistema educativo llega más lejos que sus maestros. Seguimos formando docentes en programas que reciben a los aspirantes con los puntajes más bajos del examen de Estado, densos en pedagogía abstracta y livianos en dominio disciplinar. Y luego los ascendemos, en buena parte del magisterio, por antigüedad y certificados acumulados, no por lo que sus estudiantes aprenden.

Colombia convive con dos estatutos docentes: uno que evalúa competencias para ascender y otro que premia el paso del tiempo. Que esa dualidad se haya vuelto intocable dice menos sobre pedagogía que sobre poder sindical. Cada intento de evaluar con consecuencias reales se presenta como una agresión al maestro, cuando es exactamente lo contrario: el buen profesor —y hay miles— es el primer perjudicado por un sistema que lo iguala con el mediocre, le paga lo mismo y lo asciende igual. Formar y evaluar profesores no es un trámite administrativo. Es la política pública educativa. Todo lo demás es periférico.

La inteligencia artificial desnudó el examen

Y en ese sistema aterrizó la inteligencia artificial. La reacción institucional fue prohibirla, detectarla, perseguirla, la misma discusión que dimos con la calculadora y con internet, y que siempre terminó igual: la prohibición pospone el problema y castiga al honesto.

Conviene invertir la pregunta. Si un modelo de lenguaje resuelve el examen que uno aplica, el problema no es el modelo: es el examen. La IA nos demostró que buena parte de lo que evaluábamos —reproducir contenidos, resumir, redactar según fórmula— era mecánico y por lo tanto automatizable. Estábamos certificando tareas que el mercado laboral ya no paga.

Meter la IA en el currículo no significa crear una asignatura más. Significa asumirla como capa transversal en toda disciplina y, sobre todo, cambiar la manera de evaluar: criterio en lugar de memoria, portafolio y defensa oral en lugar del examen anónimo, problemas reales en lugar de ejercicios de laboratorio. Que el estudiante use la IA a la vista de todos y sea calificado por aquello que la máquina no hace: preguntar bien, decidir con información incompleta y responder por el resultado. Nótese la ironía: eso es exactamente lo que mide PISA, y por eso nos va mal.

Un gobierno que apenas arranca tiene ahora la única ventana política que existe para hacer lo impopular. Profesores excelentes, evaluados de verdad. Estudiantes evaluados por su juicio. Familias que elijan. Ayn Rand lo dijo mejor que nadie: la mente es un atributo del individuo, no existe el cerebro colectivo. Un país no se vuelve próspero repartiendo diplomas, sino formando personas capaces de crear valor por sí mismas.