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¿Semana santa o parranda santa?

En corto tiempo estaremos viviendo la Semana Santa.  Que para los cristianos debe ser el momento litúrgico más intenso de todo el año.  Ya se han cumplido cuarenta días de haber finalizado el Carnaval, ese jolgorio que según la teoría de Julio Caro Baroja, es  hijo del  cristianismo.

Carnaval y Cuaresma vienen uno tras otro en el calendario.  El primero, fiesta que nos da licencia para liberarnos de lo cotidiano. Etapa de excesos, de exaltación de los sentidos. De desbarajuste del orden social. Es, en una frase, el mundo al revés. El Carnaval finaliza con la muerte de Joselito, que resucita victorioso cada año. En su eterno retorno.

El día siguiente, miércoles de ceniza se entra a la Cuaresma, la cual se prolonga hasta el Domingo de Ramos, cuando inicia la Semana Santa.

La cuaresma recuerda a quienes profesan la fe cristiana, los cuarenta días de penitencia que Jesús vivió en el desierto.  Como preparación a la Semana Mayor, han de ser días de ayuno y abstinencia, que algunos creen cumplir dejando de consumir carne vacuna, pero continuando la desenfrenada senda de promiscuidad sexual que acostumbran recorrer. Como los hombres de las estepas, para quienes uno de los máximos placeres–según un antiguo proverbio de los guerreros cosacos– era, precisamente, meter carne en la carne. No importa de quien.

Es así como transitamos de un período festivo y alegre hasta otro de renuncias y abstinencia. Del desorden descontrolado al orden. De la carnalidad a la espiritualidad. Del bullicio al recogimiento.

Aunque la Semana Santa debería ser época de recogimiento, reflexión y oración, algunos católicos la viven sólo de cuerpo presente. Asisten a todas las ceremonias, elegantemente vestidos, cuidadosamente acicalados y perfumados. Pero  el alma vagabundea por lejanos rumbos.

Mientras el cura, solemne, preside los ritos y explica la Palabra, ellos están atentos a los que llegan, con quien lo hacen, qué pinta llevan, si van peinados, si llevan medias, si los zapatos del vecino son de veras unos Magnanni y su cinturón Ferragamo es genuino, o si el Louis Vuitton que cuelga de manera casi exhibicionista en el hombro de la doña de la banca de adelante es chimbo –se parece tanto al que compró en el barrio chino de Nueva York–.

Sin embargo, pese a tan mundanales cavilaciones, pareciera que se encuentran a punto de trance místico. Y los golpes que se dan en el pecho resuenan como bongó en el silencio de la madrugada. Pero al salir del Templo, habiéndoles resbalado las palabras del sacerdote desde el conducto auditivo derecho hasta el izquierdo, o viceversa, también les resbalan el dolor ajeno, las necesidades de los otros, la falta de oportunidades de muchos.

Pasean por el mundo evitando posar la mirada en las miserias ajenas. Olvidándose de la propia miseria que arrastran consigo.  Se desplazan lujosamente montados en vehículos que cambian con frecuencia vertiginosa y con los que nunca traspasan los límites de sus mundos. Cómodos, ostentosos, gratificantes.

Negocian con la necesidad ajena, quitándole oportunidades a los que más las necesitan. Mienten, se amangualan, explotan a los más desvalidos.  Estafan, se endeudan –a cada santo le deben una vela– pero se dejan ver, tan tranquilos, en los gimnasios de los clubes sociales, como si nada. Como si estuvieran en paz con su alma y sus cuentas bancarias no abundaran en cifras escritas en rojo chillón.

Para otros católicos,  que son muchos, la Semana santa  ha perdido su sentido. Se ha convertido en una ocasión de descanso y diversión. De turismo playero, con música, sol y trago en el día. Con fogatas, música y trago en las noches. De parranda santa.

Se ha olvidado lo esencial. El poder de la oración. Sin fórmulas preconcebidas, que nazca del corazón. El valor del sacrificio. Privándonos de lo que realmente nos gusta –sin importar si es mentir, comer en exceso o ser lujurioso–. La importancia de arrepentirnos  de las metidas de pata y de enderezar los pasos para no volver a tropezar con la misma piedra.