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Riesgo de extinción

Jacob Coxon fue investigador de OpenAI y de Anthropic y esta semana se volvió noticia en el mundo por denunciar que las grandes empresas estarían corriendo hacia una superinteligencia capaz de mejorarse a sí misma, sin haber resuelto primero cómo controlarla. Evan Hubinger, responsable de investigación sobre alineación en Anthropic, fue aún más lejos: calculó personalmente que existe una probabilidad superior al 10% de que una IA acabe con la humanidad durante la próxima década.

El punto de inflexión es el self-improvement: la capacidad de la IA de construirse a sí misma; una vez ello sea suficientemente fiable -y ya estamos cerca o, incluso, ahí- tendremos un sistema autónomo capaz de mejorarse continuamente. De ahí en adelante nadie sabe qué pueda pasar. Una tal inteligencia estaría en la capacidad, por ejemplo, de sintetizar un virus que acabe con la vida orgánica. Eso es todo lo que tomaría y es apenas uno de las decenas de escenarios fatalistas que advierten quienes están en la frontera del desarrollo.

Conviene, por supuesto, no exagerar. Alguna parte de todo esto se mueve por intereses propagandísticos, y hay razones importantes para seguir defendiendo que la tecnología actual mantiene límites teóricos respecto de la IA generalizada que no han podido superarse. Pero no hay que ignorarlo: estas no son cadenas de Whatsapp, sino mensajes muy serios emitidos por los profesionales más calificados del mundo.

Por eso, debemos dedicarle toda atención al problema más apremiante que tenemos como especie humana en estos momentos: ¿cuál -si alguno- puede ser nuestro lugar en un mundo dominado por la inteligencia artificial?

Esta pregunta llevó a la Corte Suprema de Justicia a reunir a magistrados, académicos y expertos esta semana en la Universidad del Norte, en un conversatorio en el que expresaron todo tipo de preocupaciones sobre el impacto de la IA, específicamente, en la justicia colombiana. Estas iniciativas apuntan al camino correcto, pues en verdad nos enfrentamos a peligros nunca antes vistos por la humanidad. Pero no por la misma razón que advirtió Coxon, sino por una que -para nosotros- resulta de una más inmediata preocupación.

En los países consumidores, los riesgos actuales son mucho más tangibles que los escenarios apocalípticos de una superinteligencia: nosotros no creamos nuevos modelos, ni tendríamos siquiera la capacidad remota de que algo de nuestra cosecha pueda lastimar a alguien. Sin embargo, no estamos exentos de asuntos apremiantes que amenazan nuestra supervivencia.

En concreto, nuestro riesgo más próximo de extinción no viene de una apocalipsis de la vida humana, sino de la del pensamiento: el desplazamiento del raciocinio humano por un uso desmedido de la IA que transforme la fuerza de trabajo de los países emergentes y la reduzca a actividades manuales, borrando en estas economías el valor de las profesiones liberales. El riesgo es que, en un futuro no muy lejano, las economías del tercer mundo solamente tengan valor aportando mano de obra barata para labores operativas, de modo que la producción intelectual (reducida, por lo demás) se concentre en los países en que se produce IA.

El peligro no es que se acaben los trabajos de abogados, filósofos, matemáticos, en fin, sino que nosotros mismos abandonemos paulatinamente el ejercicio de las competencias que impulsan el desarrollo en estas profesiones. El caso es muy claro: el estudiante o profesional que hoy toma crédito por un trabajo hecho por la IA engaña al profesor o al cliente, pero con toda seguridad en unos años no tendrá ese trabajo. No porque haya desaparecido, sino porque él mismo dejó de ser relevante. Cuando claudicamos al pensamiento crítico, el único futuro que nos queda es el de ser operarios de la IA.

Para evitar eso -o, cuanto menos, retrasarlo- hace falta entender que la IA no se hizo para hacer menos, sino para hacer más. El profesional valioso del futuro será quien sepa aprovecharla para ser diez o veinte veces más productivo. Quien sepa cuándo usarla, cuándo desconfiar de ella y cómo corregirla. Quien pueda hacer las preguntas que la máquina no sabe formular. Quien conserve el juicio para distinguir una respuesta convincente de una respuesta verdadera.

Quien no entienda eso hoy está condenado a la irrelevancia. Dejemos que Silicon Valley resuelva la superinteligencia; entre tanto, los países no productores debemos ocuparnos del cuidar la inteligencia humana.

Declaración de transparencia: Además de mi trabajo académico y de litigio, tengo una participación económica en la herramienta de tecnología legal “Ariel”.