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Condumio

Todo comenzó hace un par de meses, cuando mi amiga Cristina Said, maravillosa cronista de la cultura, adicta confesa a las historias y a reunir gente, simplemente, a ver qué pasa, organizó un fugaz encuentro con Alex Quessep y su esposa, Jerry Ann, para conversar acerca de Condumio y explorar algunas ideas alrededor del libro.

El encuentro no resultó tan fugaz. Alex, narrador oral como pocos, consiguió enamorarme de aquel pequeño libro antes de que yo alcanzara a leer una sola página. Me contó una a una las anécdotas que le dieron origen, el hermoso proceso de gestación del proyecto y algunas de esas historias que durante años había recogido entre cocinas, calles, viajes, amigos, desconocidos y mesas. Como siempre me sucede cuando algo me cautiva, disparé decenas de ideas que Alex recibía satisfecho. Jerry Ann también, aunque acompañaba su entusiasmo con una amable pero fija mirada inquisidora que, creo yo, intentaba descifrar si lo mío era solamente verbo o también acción. Y Cristy, como siempre, desbordada de energía, aportaba ideas y urgencia queriendo que las cosas sucedan ya, porque mañana, para ella, casi siempre es tarde.

Me fui maravillado con Alex, con quien nunca había sostenido una conversación prolongada. Y finalmente, casi dos meses después, pude sacar el tiempo para comerme, devorarme, degustarme Condumio. Sus 128 páginas reúnen recuerdos familiares, inmigrantes árabes, vendedores ambulantes, habitantes de la calle, amigos cocineros, personajes poderosos y seres anónimos, todos unidos por algo aparentemente elemental y profundamente humano, la comida. Los relatos terminan, además, en una receta, como si después de escuchar una historia Alex se negara a dejarnos partir sin ofrecernos algo de comer.

Condumio no tiene grandes pretensiones literarias y quizás ahí radique buena parte de su encanto. Resulta mucho más entrañable, honesto y valioso que muchos libros fallidos y pretenciosos que han caído en mis manos. Porque Alex no parece interesado en demostrar que sabe escribir. Está interesado en contar, recordar, cocinar, agradecer y compartir. Y eso se siente.

Estoy seguro de que lo que voy a decir ahora podrá sonar exagerado para muchos, y quizás lo sea. Pero después de cerrar Condumio, Alex Quessep se ha convertido, para mí, en una suerte de patrimonio humano y espiritual del Caribe colombiano. Su sensibilidad, su talento, su conocimiento de nuestro territorio, nuestra historia y nuestras raíces, pero sobre todo su mirada sobre los demás, convierten la cocina en una excusa para hablar de algo más importante, de encuentro y fraternidad, de memoria, de goce sin estridencias y de la posibilidad de sentarnos juntos. Porque en la mesa de Alex parece caber todo el mundo. Un habitante de la calle y un rey. Un enamorado con el corazón roto, una prostituta o un empresario pudiente. Un árabe, un judío o un cristiano. No porque sean iguales, sino porque alrededor del alimento sus diferencias dejan de ser fronteras infranqueables. No es casual que la tercera parte del libro se llame precisamente Comunión, ni que el epílogo tenga por título Mesa para uno, mesa para todos.

Y quizás por eso Condumio llega, o por lo menos me llega, en un momento particularmente oportuno. Vivimos tiempos de intolerancia, prejuicios y desconfianza. Nos hemos acostumbrado a dividir el mundo entre los nuestros y los otros, entre quienes piensan como nosotros y quienes, por alguna razón, hemos decidido convertir en adversarios. Alex hace exactamente lo contrario. Los sienta a todos a la mesa.

Me excuso anticipadamente por el lugar común, pero hay algo del famoso efecto de Ratatouille en todo esto. Un plato nunca es solamente un plato. Puede ser una abuela, una infancia, un país abandonado, un amor, una pérdida, una calle, una fiesta o una persona que creíamos olvidada. El sabor tiene la extraordinaria capacidad de abrir puertas que la razón no puede abrir y devolvernos, de golpe, a lugares que creíamos desaparecidos.

En el Caribe sabemos bastante de eso. Aquí comer nunca ha sido solamente alimentarse. Es invitar, compartir, alargar la sobremesa, hacer espacio para uno más. Tal vez porque nuestra cocina, como nosotros mismos, nació del encuentro de pueblos distintos que terminaron metiendo sus ingredientes en un mismo caldero.

Por eso Condumio no es, para mí, un libro de cocina. Es un libro sobre la condición humana servido en una mesa caribeña. Y Alex Quessep, más que enseñarnos a cocinar, termina recordándonos algo que en estos tiempos parece revolucionario. Y es que, a pesar de todo, aún podemos sentarnos juntos a comer.