El triunfo del miedo
En serio: ¿vamos a aceptar que el próximo presidente de Colombia llegue a la Casa de Nariño sin haberse sentado a un solo debate?
No sé por qué esto no produce más indignación. Si nada cambia, Colombia podría elegir a su próximo presidente sin que jamás se haya sentado a responder una sola pregunta incómoda, contestar cara a cara una sola crítica ni enfrentar la mínima confrontación directa de quienes no piensan como él.
En una elección así, tendremos votos, conteo, jurados, formularios y resultados. Lo que no tendremos es democracia. Es que, sin debate, el certamen degenera en todo lo contrario a lo que esta representa y termina por institucionalizar un populismo basado en miedo, manipulación de la información y ataques personales. Quien sea elegido así podrá ganar el voto popular, pero su legitimidad democrática quedará para siempre cuestionada.
El debate presidencial no es un espectáculo televisivo ni un favor que los candidatos nos hacen. Es una obligación política elemental de respeto a sus electores. La pregunta de fondo es: si alguien no es capaz, como candidato, de debatir antes de llegar al poder, ¿qué podremos exigirle cuando ya lo tenga?
No se trata de idealizar los debates. Muchas veces son rígidos, repetitivos, llenos de frases preparadas y ataques previsibles. A veces, hasta son ridículos y contribuyen más bien poco a la información. Pero incluso con todas sus limitaciones cumplen una función democrática básica: obligan al poder en potencia a salir del monólogo. Y eso importa… mucho. No es por lo que el debate logre, sino por lo que significa.
Un país no debería elegir a su presidente entre silencios calculados, miedos administrados y frases de cajón preparadas por expertos comunicadores. No debería bastar con decir que el otro es un peligro ni esconderse detrás de la ventaja en las encuestas, de la emoción de los seguidores o del rechazo que produce el adversario. No debería bastar con asustar más de lo que se convence.
Como vamos, no ganará el mejor sino el que más miedo genere: Miedo al otro. Miedo al pasado. Miedo al futuro. Miedo a perder la seguridad, la libertad, el empleo, la paz, la estabilidad o la vida que cada quien cree todavía conservar. Miedo al país que les vamos a dejar a nuestros hijos. Miedo a todo y miedo a nada.
Y no pretendo burlarme de ese miedo. En Colombia hay razones para sentirlo. La inseguridad, la polarización, la crisis fiscal, la desconfianza institucional y la insostenible desigualdad social no son inventos de campaña. Pero el problema empieza cuando el miedo deja de ser una alerta y se convierte en la guía.
Que yo recuerde, esto no había pasado en la historia reciente. Incluso Uribe, en el 2006, al menos había asistido a debates la primera vez que aspiró a la presidencia (lo que no excusa su falta). Pero ahora, tal parece que el miedo al otro nos va a llevar a elegir un presidente que nunca -en ningún momento de su campaña, ni siquiera de toda su carrera política- se sentó a un debate presidencial. Después de eso, ¿qué sigue? ¿Qué a la próxima ni siquiera se presenten con un programa de gobierno?
No se puede tener una democracia basada en miedo. Cuando eso ocurre, se deja de votar por el país que uno se sueña, para votar solo en contra de una pesadilla. El voto deja de ser la expresión de la ideología propia y se reduce a una forma de bloquear la elección ajena. Y eso, en mi opinión, es claudicar la democracia.
Una elección sin debate sería mucho más que un problema de agendas de campaña. Sería una derrota cultural. Sería la señal de que ya no les exigimos a quienes quieren gobernarnos que den la cara, que soporten preguntas, que expliquen sus ideas. Sería rendirnos por completo y entregar el poder sin siquiera pedir razones.
Una elección sin debate sería, para ponerlo en corto, el triunfo del miedo.