¿Quién quiere ser ciudadano?
El anuncio parece una parodia, pero no lo es. El Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos estudia la posibilidad de convertir el proceso de naturalización de migrantes en un reality show. Una competencia televisada en la que un grupo de aspirantes a la ciudadanía tendrían que superar retos inspirados en tradiciones estadounidenses, desde montar y lanzar un cohete en Texas hasta responder trivias cívicas. El premio mayor: un pasaporte.
La idea no surgió de un comité gubernamental, ni de un think tank, sino de un productor llamado Rob Worsoff, canadiense-estadounidense que asegura haberse inspirado en su propio proceso de naturalización. Worsoff defiende el proyecto como una forma de “celebrar” lo que significa ser estadounidense y de “darle rostro” a la experiencia migrante. En su visión, el show terminaría con un participante pronunciando, frente a cámaras, el juramento de ciudadanía. Un final de temporada perfecto para la lógica televisiva.
El problema es que, detrás de la retórica festiva, lo que está en juego es mucho más serio. La ciudadanía, esa idea que debería remitir a derechos, deberes, pertenencia y dignidad, se reduce a un espectáculo con jurado y rating. Se transforma en entretenimiento masivo, en mercancía audiovisual.
El guion es perfecto para la era del show permanente: una agencia gubernamental que coquetea con productores de televisión, una estrella de la telerrealidad convertida en presidente y un público entrenado para sentir empatía únicamente cuando hay cámaras de por medio. En lugar de políticas migratorias serias y humanas, tenemos el espectáculo de los concursantes que “se esfuerzan” por el premio mayor de su vida, un documento de identidad.
¿De qué hablamos cuando hablamos de migración? De familias que huyen del hambre, de la violencia o del colapso ambiental. De niños que cruzan desiertos y ríos con la esperanza de sobrevivir. De mujeres y hombres que dejan atrás lenguas, afectos, raíces. Convertir esa experiencia en un concurso televisivo no es “dignificarla”, como asegura Worsoff. Es banalizarla, reducirla a espectáculo digerible para la audiencia.
El problema no es solo el ridículo, sino la deshumanización. Cuando la vida se traduce en espectáculo, los protagonistas dejan de ser personas y se convierten en personajes. No importan sus miedos, sus pérdidas ni sus esperanzas, sino la narrativa que pueda explotarse para mantener la atención del espectador. La cámara se alimenta del drama, pero devora la dignidad.
El reality de la ciudadanía encaja en la lógica del poder contemporáneo. Un poder que no se ejerce únicamente con leyes o decretos, sino con narrativas capaces de moldear la percepción pública. Mostrar a los migrantes como concursantes es, al mismo tiempo, entretenimiento y pedagogía política. Enseña que los derechos son premios, que la pertenencia se gana en un set de televisión, que la nacionalidad es una medalla que otorga el show.
Worsoff insiste en que nadie sería penalizado ni deportado como consecuencia del programa. Pero el simple hecho de plantear la naturalización como espectáculo ya introduce una distorsión peligrosa. Convierte un proceso de inclusión en un show de exclusión, donde solo uno “gana” y los demás quedan relegados al papel de perdedores televisivos.
Y, sin embargo, la indignación no basta. Debemos preguntarnos cómo llegamos hasta aquí. Tal vez porque durante años hemos consumido sin resistencia la espectacularización de todo. Porque nos acostumbramos a que los líderes gobiernen por Twitter, a que las noticias se compitan con memes, a que la vida pública se resuma en trending topics. El reality migratorio es apenas la consecuencia extrema de un camino que hemos permitido recorrer.
La televisión dirá: “el show debe continuar”. Pero tal vez la verdadera rebelión de nuestra época sea negarse a que todo sea show. Reivindicar que hay temas que no son entretenimiento. Que el dolor no es contenido. Que la ciudadanía no se gana como trofeo.
Quizás, en tiempos de frivolización absoluta, el gesto más radical, inclusive para personas como yo, que vivimos del contenido y las historias, sea apagar de vez en cuando las luces del set, retirar las cámaras y recordar que la vida no necesita audiencia, sino dignidad.