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Un conejo malo, con buenas intenciones

Quizás lo que voy a decir no será muy popular, teniendo en cuenta la profunda emoción colectiva y global, pero el show de medio tiempo del Super Bowl, protagonizado por Bad Bunny, no es una prueba de talento. Es, sobre todo, una demostración de pertinencia. Y conviene separar esas dos cosas con cuidado porque no significan lo mismo ni producen los mismos efectos culturales.

La pertinencia tiene que ver con el tiempo. Con saber leer el clima, detectar la tensión adecuada y ocupar el lugar correcto cuando la conversación está madura. Es sensibilidad al contexto, oído fino para el momento, intuición de lo que está a punto de estallar. El talento, en cambio, tiene que ver con el oficio, con la profundidad, el riesgo, la construcción de una voz que no solo coincide con su época, sino que la incomoda. Una idea puede ser urgente sin ser profunda, necesaria sin ser artística o estar bien intencionada sin ser, por eso mismo, talentosa.

No podemos olvidar que este show y todos los anteriores, hacen parte de una aceitada y demoledora estrategia de marketing de la NFL, cuyo primer antecedente es el concierto de Prince en 2007. Su propósito ha sido, desde el principio, abrir el espectro y encontrar nuevos nichos de mercado. Y para eso, el marketing no crea el sentido desde cero, lo detecta, captura y escala. Su gran virtud no es inventar ideas, sino identificar cuáles ya están circulando con suficiente fuerza simbólica para ser convertidas en experiencia, en evento, en relato masivo. La pertinencia es su materia prima favorita.

En ese sentido, el espectáculo funcionó muy bien. Supo condensar símbolos, activar emociones compartidas y ofrecer una narrativa reconocible para millones de personas en el evento televisivo más visto del planeta. Identidad, orgullo cultural, diferencia, fricción suave. Todo estaba ahí, cuidadosamente ensamblado. Pero esa eficacia no habla tanto de una potencia creativa excepcional, como de una lectura precisa del momento cultural, amplificada por un aparato de marketing capaz de convertir esa lectura en consenso.

¿Por qué el establishment de un deporte dominante entre blancos en Estados Unidos, como el fútbol americano, decide montar un show mayoritariamente en español, en un país atravesado por un clima político conservador y una presidencia simbólicamente asociada a la idea de repliegue?. La respuesta no está en la rebeldía, está en el negocio.

El marketing no opera por ideología, sino por prospectiva. No discute el presente, administra el futuro. El público blanco tradicional que hoy sostiene a la NFL no será el mismo dentro de quince o veinte años. Las marcas, las ligas y los anunciantes lo saben, y actúan en consecuencia.

El crecimiento real, añorado por la liga, está en las audiencias híbridas, bilingües, latinas y globales. En consumidores que se mueven entre lenguas, territorios y referencias culturales con naturalidad. El marketing no busca confrontar a la audiencia histórica, busca reeducarla suavemente, acostumbrarla a convivir con la diferencia sin sentir amenaza. Introducir lo “otro” como celebración, no como conflicto. Ampliar el “nosotros” sin alterar las reglas que lo sostienen.

Por eso, el gesto parece audaz, sin ser peligroso. No rompe el ritual, lo actualiza. La máquina del marketing entiende que no hace falta reprimir la disidencia si puedes absorberla, estetizarla y volverla deseable. La rebeldía no irrumpe, es invitada. Y nosotros aplaudimos el gesto ajeno y sentimos que hacemos parte del “cambio”. La catarsis queda resuelta y el conflicto, aplazado.

Un conejo malo puede tener buenas intenciones. Puede incluso decir cosas necesarias en el momento justo. Puede correr rápido, ocupar el centro de la pista, captar todas las miradas y parecer imparable. Pero quizás por eso, al final, prefiero volver a una fábula antigua. En la carrera entre la liebre y la tortuga, todos recordamos quién parecía destinada a ganar y quién avanzaba lenta, pero segura. Yo todavía quiero creer, tal vez ingenuamente, que el verdadero artista se parece más a la tortuga. Avanza sin prisa, no necesita gritar ni correr, trabaja en silencio puliendo su oficio. No compite por atención, sino por sentido. Y cuando finalmente cruza la meta, deja huella.

Cuando eso pasa, cuando un artista trasciende, todos los conejos, buenos o malos, quedan irremediablemente en el olvido. Porque de buenas intenciones, no vive el arte verdadero.