Las cosas más extrañas
Hay cosas más extrañas que los monstruos de otro mundo. Más extrañas que los portales, las luces parpadeantes y los pueblos aparentemente tranquilos que esconden horrores subterráneos. Por ejemplo, el revuelo que el final de Stranger Things ha generado en medio planeta, sobre todo, en la Generación Z. Eso sí no estaba en el guion.
Desde el 31 de diciembre, tan pronto terminé la serie, estoy masticando lentamente lo vivido, organizando ideas y sentimientos. Mi lectura hoy de lo ocurrido, está construida desde tres lugares distintos que conviven, se contradicen y dialogan entre sí. El del director de cine, el del integrante de la Generación X y el del padre de dos mujeres de la Generación Z, de 19 y 15 años, que miraron la serie desde un lugar muy diferente al mío. Y es precisamente, en ese quiebre generacional, en donde empiezan, no sé si las cosas más extrañas, pero sí las más interesantes.
Desde el oficio, hay poco misterio. La temporada final, especialmente en sus volúmenes dos y tres, tiene debilidades evidentes. Problemas de guion que se notan. Cierres débiles de líneas argumentales que habían sido fundamentales durante años. Conflictos complejos resueltos de manera simplista. Un debilitamiento claro de la química entre varios personajes que sostenían el corazón emocional de la historia. Todo eso es real y legítimo de criticar. Pero hay algo más extraño aún. La virulencia del desencanto no se explica sólo por errores narrativos. Hay un luto atravesando esa crítica. Un duelo. Y ese duelo se siente con más fuerza en los más jóvenes.
Desde la Generación X, la experiencia fue otra. Agradecimos muchas cosas. Que la serie volviera a poner en el centro nuestra estética y nuestra sensibilidad. Que nos llevara de regreso a la infancia y la adolescencia a través de una nostalgia retro perfectamente calculada y claramente monetizable, pero que, hay que decirlo, no fue fría. Hubo afecto, alma y autenticidad durante buena parte del recorrido. Cosa más que extraña en una industria en la que, cada vez más, todo está diseñado para durar lo justo y vender lo máximo.
También nos transportó a una época que, vista con honestidad, no era menos incierta que la actual: Guerra Fría, amenaza nuclear, violencia, precariedad. Pero nosotros, por edad o por ingenuidad, nos sentíamos más seguros. O al menos el mundo parecía más comprensible, incluso en sus defectos. Para la X, Stranger Things funcionó como una cápsula emocional. No porque todo fuera mejor, sino porque el caos tenía reglas reconocibles.
Pero lo verdaderamente extraño apareció cuando vi el final a través de los ojos de mis hijas. Ellas no se acercaron a la serie desde la nostalgia, por supuesto. Lo hicieron desde la necesidad. Están creciendo en un mundo profundamente volátil, hiperconectado y paradójicamente solitario. Un mundo en donde la amistad profunda, el contacto directo, la construcción lenta de vínculos y la humanidad compartida se ven constantemente erosionados por la lógica digital.
Para ellas, Stranger Things no era solo una historia ambientada en los ochenta, era una promesa. La idea de que la amistad verdadera existe. De que el otro importa. De que la comunidad salva. De que incluso, frente a monstruos enormes, se puede resistir desde lo humano. La serie hablaba a mi generación, sí, pero también a la de ellas. Les decía que podían vencer los monstruos del mundo que les tocó habitar.
Y aquí aparece, a mi juicio, una de las cosas más peculiares, la desilusión por el “happy ending”. La Generación Z, amigos, no pretende finales felices por defecto. No cree en cuentos de hadas fáciles. Son plenamente conscientes de que están pagando un precio. Saben que algo les está siendo birlado, la amistad profunda, el amor verdadero, el contacto real, el tiempo compartido sin mediaciones. Y saben también que recuperarlo implica bajas, renuncias y pérdidas. Por eso no esperan soluciones cómodas, esperan verdad. Coherencia emocional. Un cierre que asuma el costo de lo que se prometió.
Ahí nace, creo, la sensación de traición. No porque el final fuera alegre o triste, sino porque fue poco valiente, reacio a incomodar, temeroso de romper, incapaz de asumir consecuencias. Porque cerró sin mirar de frente lo que estaba en juego. Porque pareció más preocupado por proteger una marca que por honrar un viaje emocional. Para una generación que no exige finales perfectos, pero sí honestos, eso pesa más que cualquier fallo técnico.
La Generación X pudo aceptar ese cierre con mayor distancia. Estamos entrenados para despedirnos sin garantías. Para entender que las historias no nos deben consuelo. Que el viaje, a veces, basta. La Z no mira así. No por ingenuidad, sino porque el mundo real ya es lo suficientemente hostil como para que también lo sea el refugio que encontraron en una ficción.
Tal vez la cosa más extraña de todas sea esta. Stranger Things no dejó un debate sobre monstruos, nostalgia o guiones. Dejó al descubierto una fractura generacional profunda sobre qué esperamos hoy de las historias. Para nosotros, memoria y homenaje. Para ellos y ellas, acompañamiento y sentido. Cuando una serie logra convocar ambas cosas, su final deja de ser solo un desenlace narrativo y se convierte en una prueba ética.
Y quizá por eso les dolió tanto, porque no se estaba cerrando solo una serie. Se estaba cerrando un lugar en donde muchos sintieron, por un momento, que lo humano todavía podía vencer a los monstruos, aunque fuera en la ficción. Y perder eso, en estos tiempos, es más que extraño, es triste. Y aunque sé que la belleza de las historias es que siempre nos ofrecen segundas, terceras y cuartas oportunidades, entiendo su dolor, me conmueve y las abrazo con fuerza, esperando que el cinismo y la desesperanza no se apodere de ellas. Porque sí, Vecna existe. Los Demogorgons están sueltos. El Mind Flayer acecha. Sólo hay que ver las noticias. Pero solamente a través del amor, la empatía y el esfuerzo colectivo, desde los más profundos valores humanos, podremos vencer a esos terribles monstruos que hoy intentan poseer nuestras mentes, corromper nuestra imaginación y quitarnos la esperanza.