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A propósito de los grados

 

Las cifras sobre empleo y desempleo en Colombia no son muy esperanzadoras. Y precisamente ahora cuando ya están aquí los  grados, tanto escolares como universitarios me asalta la duda. ¿Cuántos de los recién graduados pasarán a engrosar el voluminoso ejército de desocupados?

En mi época escolar  los números no lograron enamorarme. Ahora, con cierto número de años a cuestas, sólo me gustan cuando se trata de resolver sudokus. Tratando así de mantener la agilidad mental y de cerrarle las puertas al tan temido alemán.

Sin embargo, hay que recurrir a las cifras, que nos enrostran que en Colombia casi el 50% de los desempleados son jóvenes. La  tasa de desempleo  de los jóvenes no ha mostrado mejoría en los últimos 3 años, según informa el Dane.

Al pensar en ello, no puedo dejar de recordar  la carga de ilusión con que muchos padres de familia realizan esfuerzos económicos para permitir que sus hijos reciban una educación digna. Una educación que les permita salir de la mediocridad, superarse.  Recurren a préstamos. Sacrifican ciertos gustos. Algunos organizan rifas. Todo buscando los recursos económicos que garantice a sus hijos el acceso a la educación, que de paso, alcanza costos astronómicos.

Pienso también en las expectativas de los jóvenes estudiantes.  Han trazado su proyecto de vida en el que por lo general, los títulos suelen asociarse al éxito personal. Se visualizan como la puerta de entrada a una vida mejor. Como el tiquete a un porvenir promisorio.

Pero en este país, tristemente no sucede así.

Lo más frecuente es que una vez graduados, no cuenten con la experiencia que suelen requerir los reclutadores de empleados.  Y al paso que vamos jamás podrán tenerla, porque además los quieren jóvenes. Para disponer de su máxima energía vital. Entonces, lo más seguro es que resulten víctimas del desempleo.

Y esta situación de privación económica, de presenciar como los sueños largamente acariciados van esfumándose, los puede hacer vulnerables.  Decidirán entonces por una forma equivocada de éxito, que en nuestro medio es calificado por lo económico. Enrumbarán entonces sus pasos hacia actividades ilícitas, con las que lograrán dinero fácil. Pero se les olvida que es ‘plata del diablo’, que se va más rápido de lo que llega y que siembra sus vidas de intranquilidad, angustia y lágrimas.

En el mejor de los casos algunos recién graduados lograrán ganar unos pesos mediante  formas flexibles de contratación. Órdenes de servicios, vinculación por cooperativas de trabajo asociado, contratos de prestación de servicio, contratos de aprendizaje. Pero ese tipo de vinculación deja en desprotección  derechos como afiliación al sistema de salud y a riesgos profesionales. Derechos que se suponen irrenunciables en nuestro sistema legal.

Este triste pero real panorama, lo es para la mayoría. Y deja la inquietud de la verdadera funcionalidad de los programas que aumentan la cobertura en educación. ¿Para qué sirven si tras educarse los jóvenes no tienen oportunidad de desempeñarse laboralmente?

Sería procedente que los gobernantes se ocupen de implementar  programas que complementen los de  aumento de cupos en la Educación Superior.  Establecer incentivos para los empresarios que contraten mano de obra joven.  Establecer mecanismos de protección de los jóvenes vulnerables que logren una vinculación laboral. Fijar estímulos para los jóvenes que desarrollen proyectos sociales.

De esa forma no serían tantos los sueños despedazados. Y valdrían la pena los sacrificios de tantos padres por brindar una educación digna a sus hijos.