Perdonar cura. ¡Fuera rencores!
Mucho se ha hablado y escrito del perdón. Mucho se ha divagado sobre sus efectos en el ser humano. De mi parte tengo claro que es uno de los más nobles sentimientos que persona alguna puede experimentar. Y cuyos efectos curativos, pese a estar científicamente comprobados, han sido subestimados por algunos.
En alguna parte leí que el perdón actúa como un bisturí mágico. Corta el cordón umbilical que nos mantiene atados al dolor, alimentándolo y conservándolo. Sin embargo, muchas personas prefieren seguir en el proceso de fortalecimiento de su dolor o dolores, ‘echándole leña al fuego’. Masticando sinsabores y malos recuerdos. Alimentando, de paso, su sed de venganza. Piensan que perdonar es una inequívoca muestra de debilidad, que los hace vulnerables.
Nadie ha dicho que perdonar resulta fácil. No. Todos los seres humanos hemos experimentado el peso de la ofensa muchas veces en la vida. Por ello sabemos que genera además del dolor, coraje y resentimiento. También, la gran mayoría de las veces, despiertan la sed de venganza. El deseo irreprimible de aplicar la Ley del Talión y hacer realidad aquello de "ojo por ojo" y "diente por diente".
Además de exigir integridad y una gran dosis de valentía por parte del ser ofendido, demanda toda su fortaleza y voluntad. Es bien difícil asumir el perdón, de corazón. Para ello se necesita una abundante dosis de nobleza y voluntad. Para mezclarla con otro tanto de fortaleza y borrar del corazón los sentimientos negativos que pueden, incluso, afectar nuestra salud.
Se ha comprobado que sentimientos como el rencor, el enfado, el resentimiento, ocasionan alteraciones en lo físico. Efectos indeseables pero inevitables, son dolores de cabeza, insomnio, tensión muscular, indigestión.
¿Para qué gastar nuestras energías recordando ofensas? Hacerlo nos ocasiona una serie de molestas sensaciones que oscilan entre la frustración, el dolor, la impotencia, la ansiedad. Todo ello matizado con ira, se constituye en un pesado equipaje que llena de veneno nuestra mente apoderándose de todo nuestro organismo. ¿El resultado? mucha angustia e infelicidad. Agotamiento de nuestro caudal de energía positiva. Invasión de sombras en nuestro espíritu.
¿Por qué negarnos a perdonar? De esa manera, tal vez sin ser conscientes de ello, seguimos siendo víctimas de quien nos lastimó. Le damos el control sobre nuestro sentir. Le permitimos llenarnos la vida de amargos recuerdos mientras le damos larga vida al efecto de la agresión y a la incomodidad que nos ocasiona. Ponemos freno a nuestro equilibrio emocional y afectamos la serenidad que se requiere para enfrentar las circunstancias que la vida nos plantea.
No hay duda. El rencor es un mal sentimiento. Un pésimo sentimiento, diría yo. Por eso, considerando lo corta que es la vida, nada mejor que perdonar. De esa forma nos liberamos para vivir a plenitud, con salud espiritual, física y mental. De esa forma alcanzaremos la paz interior.
Es Navidad, época de renacer. Aprovechemos para sacar de los últimos recovecos de nuestra memoria todo vestigio de rencor, disgusto, resentimiento contra cualquier persona que en la vida nos hubiera lastimado. Desempolvemos la capacidad de amar, de confiar en los otros. Liberémonos de sentimientos negativos asociados a eventos que por estar en el pasado, ya no podemos modificar.
Será el mejor regalo que nos podemos dar. Y sus efectos van a perdurar a lo largo de toda la vida. ¡Fuera rencores!