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Padres, a ejercer su responsabilidad

Aunque no se trata de un fenómeno reciente, no caben dudas que paulatinamente se  hace más grave y deja consecuencias cada vez más lamentables. En lo personal, en lo social. Me refiero a la crisis que se observa en la familia. Y no en cuanto a la efímera duración de las parejas que se forman bajo el supuesto de que durarán ‘hasta que la muerte los  separe’, de eso me ocuparé otro día.

Hoy me centraré en lo relacionado con el control y la supervisión que como padres debemos ejercer sobre nuestros hijos.  No es de gratis que nos fue concedido el don de la paternidad.  Es una  tarea que implica enormes responsabilidades.  Y como tal debemos asumirla. Con amor, paciencia, entrega, generosidad. Pero también con mano firme –por favor no confundir con la mano firme de quien dirigió los destinos de nuestra patria hasta hace poco–.  Así nuestros juveniles retoños piensen a veces que somos unos dictadores tiranos. Sabemos que no es así. Sólo buscamos orientarlos como debe ser para evitarles situaciones complicadas más adelante. Embarazos no deseados, problemas de adicciones, violencia, conductas delictivas son cada vez más frecuentes en la población menor de edad.

Resulta paradójico que en un mundo donde la tecnología facilita el establecimiento de comunicación entre los puntos más distantes del planeta, la falta de comunicación sea uno de los factores que ha jugado un papel determinante en el debilitamiento de la función de padres responsables.  Ahora, en pleno auge de  blackberrys, iphones y otros adminículos, resulta frecuente ver,  bien dentro de las viviendas, bien en sitios públicos,  padres e hijos físicamente sentados unos al lado de otros, pero  embelesados en el envío y recepción de mensajes. Y por tanto a abismales distancias espirituales.

No podemos descargar la responsabilidad de la crianza adecuada de nuestros hijos en otros. Ni podemos señalar a otros como responsables del cuidado de nuestros hijos quienes, se supone, son lo que más amamos en la vida.  ¿De quién entonces, si no nuestra, la responsabilidad de su cuidado?

No es del alcalde, ni de las autoridades o de los inspectores de policía, ni de los agentes del orden. Tampoco de los dueños de bares, discotecas  o sitios nocturnos. O de los rectores de colegio, los docentes o los psicoorientadores. Aunque todos, de una forma u otra, están involucrados en el tema, la mayor cuota es de los padres.

Probablemente  en algunos lugares venden alcohol a menores y no cumplen las disposiciones que reglamentan el horario de cierre, o  algunos agentes de tránsito se tornan cortos de vista después de ver un rectángulo de papel con el literario perfil de Jorge Isaac. O habrá docentes que se limitan a la transmisión de conocimientos académicos, sin trascender a lo realmente interesante, lo que prepara para saber vivir la vida.

Sin embargo, somos los padres quienes damos a nuestros hijos el dinero para sus salidas. Somos nosotros quienes preferimos dormir a pierna suelta sin percatarnos del estado en que llegan nuestros hijos. Sin saber si tomaron más de la cuenta, si llegan caminando erguidos o a rastras. Somos los padres quienes de manera irresponsable les entregamos las llaves de un vehículo aun cuando sabemos que se van de parranda. Somos nosotros quienes preferimos no molestarnos en los medios de retorno a la casa y dejamos que los traiga el papá de fulano o la mamá de mengana.  O lo que es peor, los mandamos a dormir en casa de perencejo, sin saber a qué horas y en qué estado llegan, si es que llegan, si es que no se quedan por ahí, dando vueltas, exponiéndose a un atraco por no pensar en situaciones peores.

Me conmociona -y creanme que me quedo corta- cuando veo chicas que no alcanzan la mayoría de edad, tomando taxis a avanzadas horas de la noche o primeras de la madrugada. Y me toca verlo con más frecuencia de lo que quisiera. Quisiera pensar que los padres de esos jóvenes están fuera de la ciudad, o enfermos o... atravesando una circunstancia especial, pero no hay ninguna que justifique el que dejemos de lado la atención que nuestros hijos se merecen.

Esos  arranques de comodidad personal nos llevan a olvidarnos que nuestros hijos están en pleno proceso de crecimiento y maduración, lo que determina la necesidad inaplazable e indelegable de estar pendientes  de ellos. De guiarlos. No se trata de que no les tengamos confianza, ni que asumamos papeles de tiranía extrema. Podemos ser padres y amigos. Y amigos de sus amigos.

No comulgo para nada con quienes dicen que nuestros hijos no necesitan que seamos sus amigos. Nada más alejado de la verdad. Nada más falto de sensatez y ternura. Es tan hermoso ser amigos de nuestros hijos. Es tan gratificante abrir los brazos y acogerlos en nuestro regazo cuando tristes nos comparten sus penas.  Nada más hermoso que estimularlos cuando nos hacen partícipes de sus alegrías y emociones. De saber cuándo se cuadraron con la pelada o el pelado que los traían ‘de las babas’. O cuándo tienen alguna desaveniencia con ellos. O una preocupación académica les impide dormir.

En lo personal me siento orgullosamente amiga de nuestros hijos. De compartir con ellos la experiencia que nos dan los años ya vividos y los caminos ya recorridos.  Pero a la vez ejercemos la paternidad con responsabilidad, valentía y amor. Mucho amor. Damos guía. Fijamos límites. Imponemos autoridad.  Y lo hacemos, convencidos de la importante misión que nos fue conferida. De la inmensa responsabilidad con la sociedad a quienes debemos entregar personas de bien. Del deber que nos impuso la vida al permitirnos saborear los dulces sentimientos que fecundan nuestros corazones gracias a la presencia de esos  hijos a quienes debemos amor y responsabilidad.

En esta temporada de pre Carnavales, todos estos esfuerzos debemos redoblarlos. Estar vigilantes. Así nuestros hijos vivirán muchos Carnavales, sanos y alejados de vicios.