Padres alquimistas
Los preocupantes sucesos de las últimas semanas, en los que se han visto involucrados jóvenes de ambos géneros, nos dejan una lectura clara. Estamos en el mundo al revés, en el que muchos padres les han tenido miedo a los hijos, terror a equivocarse en la crianza –para la cual no se recibió entrenamiento alguno–, a frustrarlos con eventuales negativas a sus requerimientos.
Experimentamos un profundo miedo a educar; a esculcar sus gavetas, sus cuadernos, los bolsillos de sus pantalones, sus cuentas de correo o sus redes sociales –podríamos estar invadiendo su intimidad, afectando el libre desarrollo de su personalidad-. Y dejamos que el miedo de cercenar sus derechos, de influir, de educarlos, nos anule como padres formadores.
Y es aquí cuando viene a mi mente lo que en alguna ocasión afirmó la psicóloga chilena Pilar Sordo, toda una autoridad en el tema de padres e hijos y sus relaciones. “Creo que somos la única generación que le tuvo miedo a sus padres y hoy tiene terror a los chicos”. “Yo no sé quién dijo que una familia es un estado democrático, donde todo se somete a plebiscito o encuesta nacional, donde se le pregunta al chico qué quiere comer. ¿Qué chico va a decir que quiere comer frijoles? No le puedo preguntar a los chicos todo lo que quieren. Yo no le puedo preguntar si desea ir a ver a su abuelita. Ella (su hija) con la misma cara de cu… con que se levantó tendrá que ir a ver a la abuela, porque si no pierde todo tipo de contacto con su historia, y eso lo tengo que gobernar yo, eso no es preguntable”, añade. Ni negociable, infiero.
Con el paso del tiempo se ha ido perdiendo conciencia de muchos conceptos. Del de autoridad, por ejemplo. Y el resultado nos muestra que pese al miedo a equivocarnos, lo hicimos. Marcamos a nuestros hijos al no saber imponerles límites, al no exigirles el cumplimiento de buenas costumbres, de tradiciones, de buenas maneras. En otras palabras, al dejarlos hacer lo que les dio la gana. Está probado que la fórmula infalible para no equivocarse, es no hacer nada. El miedo a equivocarnos nos llevó a ello. A no hacer nada, a borrar los límites. A permitirlo todo. No les pegamos por temor a sacarles moretones. Por temor a hacerlos sufrir. Por miedo de ocasionarles frustraciones.
Irónicamente sabemos a la perfección que los valores supremos son la verdad, la espontaneidad, la libre expresión. Dejábamos que ellos se expresaran libremente, pero nosotros, los padres, dejamos de hacerlo. Por físico miedo.
El miedo produce padres permisivos. El decir si, cuando debemos decir no es producto del miedo al conflicto y a dejar recuerdos indeseables en los hijos. Los dejamos ir a fiestas, sitios o paseos en compañías no muy santas, por miedo. Nos aterra que puedan fallar o sufrir y por eso los ayudamos más de lo debido y asumimos sus problemas como propios. Por el mismo miedo a que no nos cuenten sus cosas y que nos lleva a intentar igualarnos con ellos y a tratar de ser sus compinches. El no ponerles límites y el intentar complacerles absolutamente en todo se originan también en el miedo. Pelamos contra el paso del tiempo y tratamos de lucir eternamente bellos y jóvenes por miedo a que nos rechacen. El miedo a que nos tachen de anticuados nos deja permitirles vestirse de manera inadecuada, escuchar música indecente y practicar juegos violentos o tomar licor. Y así podría seguir, enumerando errores en nuestra tarea de padres, ocasionados por el miedo.
Los padres olvidamos algo fundamental. Ser cantaletero, inquisidor y hasta jodón deben ser características inherentes a nuestros papeles de padre o de madre. No podemos esperar que nuestra actitud sea siempre del agrado de los hijos. Hay que suponer y que esperar que, en ocasiones, ellos nos detesten por oponernos a cumplirles todos sus caprichos. Por ser su polo a tierra mostrándole los errores que cometen o que pueden cometer. Por oponernos a darles todo lo que quieren.
Poco a poco vamos pretendiendo pasar a otros las funciones que son nuestra obligación. Pretendemos que los profesores eduquen a nuestros hijos, siendo esa nuestra obligación. La de ellos es transmitirles conocimientos académicos. La bondad, la fe, la rectitud, el bien portarse, la amabilidad, el respeto a los demás, son valores que sólo los padres debemos transmitir.
Y es de allí que surge una cadena de tempestades, nacidas de la destrucción de límites, de la confusión propia de confundir la libertad con el capricho. El resultado no puede ser otro: incomunicación, angustia, caos, conductas indeseables. Jóvenes farmacodependientes, niñas que se ausentan del hogar sin previo aviso, que mantienen relaciones con hombres mayores sin que nadie se percate del hecho, o jóvenes que forman parte de las temibles pandillas que nos tienen azotados los cuatro puntos cardinales del mundo.
Sin embargo, olvidamos un aspecto al que si deberíamos tenerle terror. La posibilidad que nuestros hijos fracasen porque no se han acostumbrado a realizar ningún esfuerzo, el que resulten incapaces de amar porque se acostumbraron solo a recibir sin dar nada a cambio, a que escojan el mal camino porque se acostumbraron a la ley del mínimo esfuerzo. Criamos seres que carecen de los ingredientes que les permitirán ser personas correctas, felices, estructuradas, seguras de sí mismas y comprometidas, atributos indispensables para triunfar.
Es hora de hacer un alto en el camino. De cambiar la guía. De elegir el camino del amor para educarlos por amor, con amor, no dejando que nos guíen nuestros temores. El miedo es mal guia. Es hora de hacer lo que mas les convenga a ellos por difícil o doloroso que nos parezca. Solo así daremos solidez y certeza a su formación. Solo así crecerán las posibilidades de que ellos tengan los ingredientes necesarios para crecer sanos en un mundo cada vez más difícil y convulsionado, siendo protagonistas de su propio destino.
Es perentorio volver a empezar y convertirnos activamentes en padres tiernos y firmes a la vez, capaces de mirar, amar y corregir a los hijos, sin miedos ni temores.