“Nuevos” gobernantes
Mientras que los recién electos gobernantes prometen un nuevo futuro, sus mañas y acciones dan cuenta de unas regiones que, inexorablemente, vuelven al pasado y se retrasan en su desarrollo.
Es como una pesadilla sin fin: regresan prácticas que uno creía extintas, resucitan fantasmas que habían desaparecido y se perpetúan en el poder las gloriosas familias tradicionales que siempre han vivido del erario público.
En La Guajira, por ejemplo, llegó al poder Oneida Pinto, quien tendría nexos con el encarcelado exgobernador Kiko Gómez y cuyo exesposo, Pablo Parra, está señalado por un asesinato; en Yopal Jhon Jairo Torres, conocido como ‘Jhon Calzones’, alcanzó a salir de la cárcel La Modelo de Bogotá a tiempo para posesionarse en su cargo de Alcalde de la capital del Casanare; en Antioquia el exalcalde de Medellín, Luis Pérez Gutiérrez, fue elegido como nuevo Gobernador, a pesar de cuestionamientos por el manejo de dineros públicos en su alcaldía y de ser señalado de supuestos nexos con ‘paras’. En fin, Dilian Francisca Toro en Valle del Cauca, Rosa Cotes en Santander y otros tantos viejos políticos reencauchados, todos veteranos y conocedores de las mañas y trampas de los oficios políticos.
La elección de los mismos de siempre o de los candidatos cuestionados desconcierta, fundamentalmente porque fueron los electores quienes, en ejercicio de su derecho al voto, decidieron equivocadamente el futuro de sus regiones, como si no hubiesen aprendido las lecciones e insistieran en la repetición de sus errores.
Parece que se desconociera que una renovación política no sólo hace referencia a la elección de nuevos candidatos con una visión y un compromiso, sino a la sanción de aquellos que se han desempeñado en los escenarios de la rama ejecutiva sin pena ni gloria o aquellos, que sin ninguna intención de llevar a cabo sus promesas de campaña, se han enriquecido a costa de corrupción y en algunos casos, de macabras conexiones con grupos criminales.
Frente a este panorama, el reto es romper el silencio, dejar a un lado la pasividad y la ilusión de que en algún momento de la historia surgirá algún líder que interprete las necesidades de cada una de las regiones, pues esta actitud indiferente es la que nos ha condenado a repetir nuestro pasado, sumiéndonos en crisis cada vez más profundas.
Es el momento de que los jóvenes colombianos despertemos del profundo sueño en que nos hemos sumido y que nos arroguemos el poder social y político, que por las vías legales, nos permiten no sólo elegir candidatos con nuevos aires, sino también, tumbar a los Kikos y a los ineptos, que atascados en sus vanidades personales o en las viejas mecánicas transaccionales, laceran la democracia y provocan un gran salto hacia atrás. De lo contrario, estaremos condenados a vivir en el pasado.