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No más malos tratos contra la mujer

Ya estamos en vísperas de Navidad.

El ambiente huele a villancicos,  a pasteles cocinados en hojas de bijao, a sonajeros.  Se acerca la noche más esperada en la historia de la humanidad. La noche de aguinaldos.  Pero voy a aguar la fiesta, con un tema menos agradable pero no menos importante.

Este mes, el 25 de noviembre, para ser más exacta, es el Día internacional de la Violencia de Género. De una violencia tan dolorosamente frecuente y de una antigüedad insospechada. De una violencia que subyuga, aplasta, altera, ahoga. Que vuelve trizas la autoestima, como si un elefante caminara sobre un piso de espejos.

Aún no existe la certeza del origen de esa violencia, de esos malos tratos que pueden ser físicos, verbales o mentales. O una extraña amalgama que conjuga una dosis de los tres.

Algunos insisten en que se trata de algo genético. De una impronta que viene con algunos machos maltratadores. Como si un gen determinara el grado de maldad, indolencia y perversidad con que ciertos individuos manejan la relación con su pareja.

Otros argumentan que puede tratarse de seres “normales” –con toda la subjetividad inherente en el término–  que ante determinadas circunstancias y vivencias pierden el control de ese potro que son los instintos, terminando desbocados causando heridas a quienes le rodean y probablemente a ellos mismos.

En la actualidad las cosas han cambiado. La mujer ha conquistado espacios. Ha ganado la independencia. Pero hay hombres incapaces de soportarlo.  Se mezclan entonces, como peligrosos ingredientes, la intolerancia, la falta de respeto al prójimo próximo y la envidia. Y el resultado, es una bomba molotov. Que termina llenando los medios con trágicas noticias.

Estos  tiempos nos muestran, cada vez más frecuentemente,  hechos dolorosos de violencia contra la mujer. Mujeres golpeadas, quemadas, fracturadas, arrastradas. E incluso, asesinadas –en algunas ocasiones con monstruosos procedimientos– por sus parejas. Por el hombre que eligieron como el compañero de sus días. Con el que soñaron alcanzar la placidez de la vejez. El que sería su compañero, amigo, amante.  Pero que en lugar de ello se convirtió en su verdugo, en su victimario. Y que además, resultó un aventajado exponente del arte de la tortura con el que la agobió hasta el último instante de su vida en común.

Algunas tratan de reaccionar y se apartan. Intentan dirigir sus pasos a otro camino. Pero, en la mayoría de los casos terminan regresando. ¿Miedo, angustia, falta de amor propio, masoquismo? No lo se. No lo entiendo, ni lo comparto.  Pero ellas vuelven. Por su dosis de maltrato cotidiano. Sin la que ya no son capaces de subsistir.

Sin embargo, también son muchos los hombres a quienes desde la cuna les han enseñado que a  la mujer se le trata con amor y respeto. Se le prodigan cuidados y atención.  En la salud y en la enfermedad. En la riqueza y en la pobreza. Hasta que la muerte los separe. Pero no una muerte causada con sus manos.

Sin dudas, la vida en pareja no es fácil. Pero nadie nunca ha dicho que lo sea.

Para ser funcional, una relación requiere de compromiso, sinceridad, lealtad. Del uno al otro. No es como piensan algunos “machos machistas” que eso es muestra de debilidad. Nada más falso.

Nuestro ser se compone de dos partes.  Masculina y femenina. Pero frecuentemente elegimos escuchar lo que dice sólo una de ellas. Casi siempre, la que marca nuestro sexo.  Y lo hacemos evitando ser señalados de machistas o feministas, de maricas o mari machos.

Tanto el hombre como la mujer que integran una pareja necesitan algo más que charlar sobre sus cosas, gozar de placenteros encuentros sexuales, soñar juntos, acordar, disentir, recordar, proponer.  Necesitan convivir. Creer en el otro. Fortalecer el vínculo. Entregar amor, respeto, afecto  y recibirlos  del otro. Es el mejor medio para afrontar los obstáculos sin salir por la tangente de la separación o el divorcio ante la primera dificultad.

Salvo que la mujer perciba, así sea remotamente, la posibilidad de morir en el intento.  Siendo así, no debe dudar ni un instante en levar anclas y marcharse a otras playas. Antes de que el fuego de la violencia queme su existencia.  Antes de quedar convertida en un número más en las estadísticas de violencia. De esa violencia a la que decimos basta y que nos desgarra el corazón a todos.