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¡Médicos sin liderazgo, médicos sin poder!

Estoy convencido de que Abelardo de la Espriella ganará en segunda vuelta. A mi juicio, no hay dudas, su candidatura ha despertado un creciente fervor popular y, además, en el balotaje confluirán los distintos sectores de derecha, tal como ocurrió en otros países de la región. Si finalmente llega a la Presidencia, corresponderá acompañar y respaldar aquellas iniciativas que beneficien al país.

Sin embargo, hay un hecho que me genera una profunda reflexión como miembro del gremio médico. Resulta paradójico que hayamos tenido que depositar nuestras esperanzas de reivindicación laboral en un candidato presidencial. Eso nunca debió ocurrir. Los médicos colombianos somos un gremio numeroso, estratégico y fundamental para el funcionamiento de la sociedad. Teníamos la capacidad de luchar por nuestras propias reivindicaciones sin necesidad de esperar que un aspirante a la Casa de Nariño las incluyera en su programa de gobierno.

La comparación con Fecode es inevitable. Nos guste o no su orientación ideológica, han demostrado ser una organización sindical fuerte, unida, disciplinada y capaz de defender sus intereses ante cualquier gobierno. Mientras tanto, los médicos hemos permanecido dispersos, fragmentados y, en muchos casos, indiferentes frente al progresivo deterioro de nuestras condiciones laborales y del sistema de salud en general.

Estoy convencido de que los verdaderos responsables de que un hospital deje de pagar varios meses de salarios somos los propios médicos. Desde los inicios de la Ley 100 debimos ejercer un liderazgo firme en defensa de nuestros intereses. Sin embargo, no lo hicimos. Nuestro gremio careció de unidad, de dirección y de una visión colectiva. Muchos prefirieron actuar como ruedas sueltas, negociando bajo cuerda y priorizando intereses particulares sobre los intereses comunes de la profesión.

Los médicos colombianos somos un gremio con la fuerza suficiente para poner contra las cuerdas a cualquier gobierno. Sin embargo, durante décadas hemos reducido nuestro inconformismo a conversaciones de pasillo, publicaciones en redes sociales y quejas aisladas, sin la organización ni la voluntad necesarias para transformar esa indignación en acciones concretas.

Por eso, cuando un colega pasa meses sin recibir salario, cuando trabaja en condiciones indignas o cuando ve vulnerados sus derechos laborales, no basta con señalar a Uribe, a Duque, a Petro o al sistema de salud como únicos responsables. También debemos mirarnos al espejo. Una parte importante de la responsabilidad recae sobre nosotros mismos, por haber permitido durante años que la situación llegara a este punto sin ofrecer una respuesta gremial contundente.

Y aunque la afirmación resulte incómoda, podría decirse que estamos cosechando las consecuencias de nuestra propia apatía. No porque merezcamos el abuso o la injusticia, sino porque la indiferencia también tiene un costo. Durante demasiado tiempo fuimos espectadores del descalabro del sistema de salud cuando debimos ser protagonistas de su defensa.

Los derechos no se conservan por inercia ni se recuperan por generación espontánea. Se defienden con liderazgo, organización, unidad y capacidad de movilización. Si hoy esperamos que un presidente resuelva problemas que el propio gremio nunca enfrentó de manera colectiva, estamos reconociendo implícitamente nuestro fracaso como fuerza organizada.

La gran lección de este momento no debería ser que un candidato nos ofreció reivindicaciones laborales. La verdadera lección es que nunca debimos necesitar de un candidato para exigir lo que nos correspondía por derecho. Mientras no superemos el conformismo, la apatía, la pasividad y la falta de liderazgo que han caracterizado a buena parte del gremio, seguiremos dependiendo de la buena voluntad de los gobernantes para obtener conquistas que deberíamos haber alcanzado por nuestra propia fuerza.