El fútbol y la política
Existen posiciones encontradas respecto de la relación que pueden tener las actividades humanas con el mundo de las ideas y de la política. No son pocos quienes se sitúan en distintas trincheras y generan espacios de reflexión sobre este asunto.
La discusión atraviesa prácticamente todas las manifestaciones mediante las cuales los seres humanos nos expresamos. La literatura, el cine, las artes musicales y plásticas, por nombrar solo algunas, han estado, están y seguirán siendo objeto de esta controversia. Para algunos, estas expresiones deberían mantenerse completamente desprovistas de cualquier postura o sesgo ideológico; para otros, ello resulta simplemente imposible.
En las últimas semanas, el fútbol ha ocupado buena parte de la agenda periodística mundial y su relación con la política ha emergido desde distintos frentes: la cercanía entre el presidente de la FIFA y el presidente del país tecnológica y militarmente más poderoso del mundo, Donald Trump; las posiciones contrapuestas de los presidentes de España y Argentina, países finalistas del Mundial, frente al drama humanitario que vive Palestina; la controversia generada en la política española por las declaraciones de Mariano Rajoy respecto de la composición de la selección francesa antes de la semifinal frente a España; e incluso las posiciones asumidas por los propios futbolistas, quienes aprovechan la enorme visibilidad de estos eventos para expresar públicamente sus convicciones y su visión de la sociedad.
En este último punto encontramos desde una actitud más distante o silenciosa, que algunos interpretan como una cercanía de Lionel Messi con Gianni Infantino y Donald Trump, hasta posturas abiertamente críticas hacia Estados Unidos y de respaldo a la causa palestina, como las que se han asociado a Lamine Yamal.
Los episodios mencionados constituyen apenas una muestra de muchos otros que podrían llenar estas páginas. Todos ellos, en definitiva, reabren una discusión permanente y profundamente vigente.
En una de las trincheras se encuentran quienes sostienen que el fútbol debe mantener una férrea autonomía respecto de la política. Desde esta perspectiva, el deporte debe consolidarse como un espacio de encuentro capaz de reunir a personas con visiones distintas en torno a una competencia común. Esa capacidad de convocatoria se fortalece cuando las instituciones deportivas actúan con independencia, imparcialidad y respeto por la diversidad de quienes participan en ellas. El objetivo es preservar el fútbol como un lugar de encuentro que reduzca la polarización, resguarde la integridad de la competencia y evite la instrumentalización política del deporte.
En la otra posición se encuentran quienes sostienen que el fútbol debe asumir posturas humanitarias, distinguiendo claramente entre la política partidista y la defensa de principios fundamentales de derechos humanos.
Entre sus argumentos destacan que el deporte debe promover aquellos valores educativos que la sociedad ha consensuado y de los cuales el fútbol no puede permanecer ajeno. Si existe un rasgo esencial de este deporte es su enorme capacidad de integración: su práctica, sus reglas y sus seguidores representan a países, culturas y realidades profundamente diversas. Precisamente por ello, su extraordinaria influencia social debería contribuir a sensibilizar sobre problemas como el racismo, la discriminación, la violencia, la pobreza o las crisis humanitarias.
Lo anterior se fundamenta en la universalidad de los derechos humanos, reconocidos internacionalmente, que sitúan la dignidad de la persona por encima de cualquier ideología particular.
Para algunos, incluso, el silencio constituye una forma de tomar posición. Cuando jugadores, dirigentes o instituciones optan por no pronunciarse frente a determinadas injusticias, esa actitud termina siendo interpretada como una postura en sí misma, tal como señala el conocido adagio: "el que calla otorga". Desde esta mirada, el fútbol posee una responsabilidad ética de pronunciarse, especialmente cuando dispone de una plataforma de alcance mundial.
Entre estas dos visiones existen innumerables posiciones intermedias. Sin ánimo de caricaturizar una discusión mucho más compleja, me parece útil plantearlas como puntos de referencia para el ejercicio reflexivo. Cada uno podrá sentirse más próximo a una u otra postura; lo importante es asumir conscientemente desde dónde observa este fenómeno.
En honor a la transparencia de esta columna, explicitaré mi posición personal. Me siento más cercano a quienes creen que el fútbol, como fenómeno social, debe leerse en clave humanitaria y que su inmensa capacidad de movilización no puede desperdiciarse, sino ponerse al servicio de las causas más nobles, ya sean individuales, locales, regionales, nacionales o internacionales. Son precisamente esas historias que muestran al fútbol como un movilizador de valores y derechos las que construyen los relatos más inspiradores de este deporte.
Pienso en gestos personales como el de Diego Maradona, quien se negó a subir al avión del FC Barcelona durante una gira mientras sus compañeros no recibieran los mismos premios económicos que él. Pienso también en los partidos de fútbol organizados en campos de concentración nazis como Auschwitz-Birkenau, Theresienstadt o Sachsenhausen. Aquellos encuentros fueron utilizados por el régimen como propaganda para transmitir una falsa imagen de normalidad. Sin embargo, con el paso del tiempo también han sido recordados como símbolos de la dignidad y la resistencia de prisioneros que, aun sometidos a condiciones de esclavitud, tortura y exterminio, encontraron en el deporte un espacio de afirmación humana.
Me inspiró profundamente el documental “Rebeldes del Fútbol”, presentado por Eric Cantona, que recoge el testimonio de futbolistas convertidos en referentes cívicos al utilizar su notoriedad para defender causas sociales o enfrentarse a regímenes autoritarios. Cantona sostiene que el fútbol no puede limitarse al negocio o al entretenimiento, sino que también puede convertirse en una herramienta de conciencia y transformación social.
Resulta difícil permanecer indiferente ante un joven Lamine Yamal ondeando la bandera palestina y la respuesta de un pueblo que vive una profunda tragedia humanitaria celebrando el triunfo de la selección española. También es difícil no adoptar una posición frente a la pancarta exhibida por jugadores argentinos reivindicando la soberanía sobre las Islas Malvinas; frente al intento de Donald Trump, abortado públicamente por los jugadores españoles, de capitalizar políticamente la celebración de los campeones del mundo; frente a las dificultades que afectaron la preparación de la selección iraní debido a traslados deportivamente inaceptables; o frente a las palabras del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, quien calificó como "declaraciones xenófobas" los dichos de Mariano Rajoy y recordó que la pertenencia a un país no depende del color de la piel ni del apellido.
Recordando al gran intelectual Edward Said, quien sostenía que toda forma de comunicación desprovista de la noción de poder constituye una lectura incompleta de la realidad, me sitúo en la convicción de que el fútbol comunica mucho más que un resultado deportivo. Es un fenómeno cultural capaz de movilizar emociones, identidades y conciencias. Precisamente por ello, creo que también tiene una responsabilidad con la historia y con la defensa de los derechos humanos.