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Lo que el canadiense se llevó

En su afán de conseguir recursos a como dé lugar (para tapar sus excesivos huecos fiscales o seguir repartiendo mermelada), el Gobierno de Santos le regaló a un canadiense (Brookfield) las utilidades de la única empresa del Estado colombiano que podía preciarse de buenos manejos y alta rentabilidad.

Según el ministro Mauricio Cárdenas la venta de Isagén resulta intrascendente, ya que la empresa “no representaba ni el 1% de los ingresos de la Nación”. Es evidente que la prepotencia del Ministro Cárdenas supera cuantiosamente su inteligencia. No hace falta tener un Ph.D. en Economía para saber que la empresa constituía uno de los activos más valiosos de la Nación y justamente por eso la compraron, y seguramente porque en una década habrá producido ganancias iguales o superiores al precio de venta.

Muy cerrados tendríamos que tener el coco los colombianos para no sentir indignación por la venta de la participación del Estado en Isagén. Si bien los $6,5 billones que pagó el canadiense supuestamente se invertirán en la infraestructura colombiana, este monto es un regalo, puesto que construir un megavatio de hidroeléctrica cuesta entre US$2 millones y US$3 millones, y, por alguna razón que desconozco, el Gobierno consideró pertinente pedir tan solo US$1,5 millones, según lo informó un grupo de inversión al diario El Espectador.

Entonces, que no insistan el Ministro Cárdenas y el Presidente Santos en meternos los dedos a la boca a los colombianos. Aquí no existe ninguna negociación seria, ni estructurada, ni mucho menos estamos entregando un activo a cambio de otro activo de igual valor. Basta saber sumar y restar para evidenciar el grave detrimento patrimonial que esta transacción acarrea para la Nación, pues mientras Colombia entrega una empresa sólida con una rentabilidad probada (junto con sus centrales hidroeléctricas, sus plantas de generación térmica, así como el agua de los embalses) no recibe las anheladas vías 4G, lo que en realidad recibe son unos subsidios y unas deudas para los concesionarios de dichas carreteras, canalizados a través de la recién creada Financiera de Desarrollo. ¿Será que los $6,5 billones que dejó la entrega de Isagén si permitirán que despegue un proyecto de $35 billones y que, por el momento, sólo existe en papeles?

Infortunadamente, este no es el único sinsabor que deja la “venta”, también llama la atención el extravagante proceso en el que un único oferente se llevó la tercera generadora del país y nuestro único activo estatal en el sector eléctrico y con ello todas nuestras posibilidades de desarrollo de nuevas fuentes de energía.

Las cosas hay que llamarlas por su nombre: aquí el Ministro Cárdenas no llevó a cabo ninguna venta, por el contrario, le ofrendó a un canadiense la soberanía energética nacional, en tiempos en que el sector eléctrico atraviesa la peor de las crisis de los últimos años.