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Llega el día de las madres

La celebración a las madres se ha convertido en una tradición en el mundo. Aunque en diversas fechas, hay un día dedicado a homenajear a ese ser eje de la sociedad, que unas veces da la vida biológica y otras, al no poder engendrar, abre su regazo acogiendo la vida que otra generó y no pudo conservar consigo.

Si revisamos la historia de la humanidad encontramos que los orígenes de la celebración de este día se ubican en la antigua Grecia, donde  los dioses Zeus, Poseidón y Hades homenajeaban a su madre, Rea. Los romanos, de su parte, llamaban a esta celebración La Hilaria, la realizaban cada 15 de marzo en el templo de Cybele,  durante tres días. 

Posteriormente los primeros cristianos celebraban el día de las madres en honor a la virgen María, madre de Jesús.  En Inglaterra, durante el siglo XVII se rendía honor a la Virgen en un día denominado Domingo de las Madres en el que luego de asistir a misa, se entregaban regalos a las madres.  Julia Ward Howe, en Estados Unidos, sugirió por 1872, celebrar el Día de la Madre con encuentros anuales que comenzaron en Boston y Massachusetts. Luego, Anna Jarvis, quien siendo muy joven  perdió a su madre en 1905, gestionó para que el segundo domingo de mayo se consagrara como Día de la Madre.  En 1912 logró que se creara la Asociación Internacional Día de a Madre con el objetivo de promover su iniciativa. En 1914 el Congreso de Estados Unidos aprobó la fecha como el Día de la Madre declarándola fiesta nacional. De allí fue propagándose a lo largo y ancho del mundo el festejo a las madres.

Aunque en muchas partes algunas personas consideran esta como una fecha netamente comercial, vale la pena dedicar un día a celebrar a la madre. Ese ser a quien acudimos ante una dificultad, en busca de consejo, apoyo, fortaleza. Ese ser dotado de una capacidad excepcional para amar, para adivinar nuestras aflicciones llenándonos de cariño, ternuras y cuidados. Ese ser que jamás nos cerrará las puertas de su corazón, sin importar cuántas veces nos equivoquemos y cuyas oraciones siempre pedirán por nuestro bienestar y felicidad.

Como  suele suceder en otros casos, también existen diversas categorías de madres. Las hay sabias e inmaduras, muy jóvenes o muy mayores, sin principios o muy religiosas, muy educadas y adineradas o muy pobres y sin estudios.  Atentas  o descuidadas,  regañonas o impacientes, tiernas o poco afectuosas. Algunas son madres por vocación y convicción. Otras, por accidente. Otras más por necesidad.  Unas cuentan con el apoyo de la pareja en la difícil responsabilidad que es la crianza de los hijos.  A otras les toca solas, hacer el papel de madre y padre, quizá con el apoyo de su familia.  Pero cualquiera que sea su categoría, una madre suele hacer cuanto esté a su alcance para permitir que sus hijos tengan, gocen  y disfruten de lo mejor.

Desde este corazón nuestro reconocimiento a todas ellas. No importa su raza, nivel de instrucción, clase social, ocupación, tendencia sexual o religión. Tampoco si son madres biológicas o adoptantes. Todas  las mujeres que abrazaron la misión de la maternidad se hacen merecedoras de demostraciones cotidianas de amor, de palabras de afecto y gratitud, de respeto.

Por su ternura, abnegación, capacidad de sacrificio, pero sobre todo, por su amor sin límites ni comparación, no hay nadie que pueda reemplazar a una madre.

Nuestro reconocimiento a ti, mujer, que has posibilitado  la preservación y propagación del género humano a pesar de sufrir atropellos,  discriminación y violación de tus derechos. Que no has dado la espalda a la maternidad aunque falta camino por recorrer en la conquista y satisfacción de tus necesidades individuales. Que pese a que en muchos casos la adversidad sea el pan de cada día en tu mesa, y sigas siendo valorada como artículo de adorno  o símbolo sexual  continúas en pleno ejercicio de tu labor de madre. Sin pensar siquiera en la cuota de sacrificio que ello te exige.  A ti, cuya principal tarea es proteger y desarrollar los seres humanos, ayudándoles en su crecimiento como personas.

A ti, que ejerces la exigente, ardua y responsable misión que te fue encomendada y por ello permaneces vigilante, atenta a las necesidades de tus hijos, y en tu sabiduría aparentas un  cierto grado de despreocupación para no hacerlos sentir acosados. A ti que humildemente reconoces y aceptas que no te resulta posible controlar completamente a tu hijo y a su entorno y por eso te apoyas en Dios, pidiéndole su protección y luz.  A ti madre, que con alegría y el corazón rebosante de esperanzas ves las capacidades de tus hijos y los ayudas a trabajarlas para que logren la conquista de  sus metas. A ti que  amas a tus hijos con  amor incondicional y les proporcionas la seguridad de un refugio.

Pero por sobre todo y de manera especial a mi madre. Todo mi amor, mi eterna gratitud, mi respeto infinito. Gracias a ti pude vencer las dificultades. Gracias a tu apoyo, a tus lágrimas, a tus oraciones, a tus regaños, a tus reconocimientos, puedo hoy mirar la vida de frente. Y sobre todo, puedo acompañar a esos hijos con que Dios adornó mi vida con la certeza de tener las herramientas para ser una buena madre. Tu me las entregaste.

mariteruiz@gmail.com