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La herencia violenta de los colombianos

Cuando hablamos de paz, realmente los colombianos deseamos que esa utopía con la que han llegado a gobernar más de una decena de presidentes, se convierta en realidad. Tanto así, que pueda ser alcanzada y disfrutada por un país con más de 400 años de arraigo violento. No quiero ser aguafiestas, pero nuestro legado histórico de violencia no permite otra cosa que mostrarme pesimista frente al resultado de un eventual acuerdo de paz con las FARC, ya que la naturaleza histórica de los conflictos acaecidos en nuestro país, va mucho más allá de la firma de un documento en La Habana.

Para entender un poco la problemática de la violencia en Colombia, es importante que repasemos algunos episodios de nuestra historia patria, lo que nos permitirá a la postre, reflexionar acerca de las posibles causas de nuestro afincado comportamiento violento.

Comencemos por las tribus indígenas que habitaron nuestro suelo:

Los chibchas que poblaron la altiplanicie cundiboyacense, aplicaban castigos tan peculiares como aberrantes en contra de los infieles, estos consistían en ensartarlos en estacas, produciéndoles una muerte lenta y horrible. Lo anterior, se acompañaba del respectivo y traumático corte de sus genitales que luego cocinaban y daban de comer a sus amantes.

Los colimas, y la sociedad tribal de los natagaimas y coyaimas, eran guerreros caníbales, que se alimentaban de los cuerpos de sus enemigos capturados. Entre tanto, la tribu de los nores, no solo se comían a sus prisioneros; sino también a sus propios hijos, habidos con las mujeres en cautiverio de tribus enemigas.

Los muzos, los pijaos, los arawaks y los panches, eran extremadamente sanguinarios; tanto así que a los prisioneros de «alto rango» les sacaban los ojos, mientras que a los guerreros rasos les extraían sus vísceras para posteriormente rellenar sus vientres vacíos con cenizas. Con los panches, ocurría algo realmente espeluznante; a los prisioneros caídos en combate, les chupaban la sangre de las heridas, mientras que a los más jóvenes los castraban, engordaban y después mataban con el fin de proveerse de carne fresca.

Como si lo anterior fuera poco, al salvajismo de nuestros aborígenes se le sumó la turba invasora de los españoles, quienes en su gran mayoría eran soldados irregulares acostumbrados únicamente a saquear y combatir, estas acciones, fueron secundadas por violadores, ladrones y criminales convictos quienes eran dejados en libertad solo si aceptaban embarcarse para las Indias. Dichos «conquistadores» españoles, no llegaron precisamente saludando con palmaditas en el hombro. ¡No señor!, esa supuesta misión de civilización y evangelización llegó cargada de crímenes, torturas, asesinatos, masacres, violaciones y toda una serie de horrendos castigos propios de mentes perturbadas.

Esos más de tres siglos de conquista y colonia por parte de los españoles, a la final, desembocaron en una serie de conflictos enmarcados dentro de lo que hoy se conoce como «Guerra de la Independencia de Colombia», la cual dejó cerca de 300.000 muertos en las 6 batallas libradas, a saber:

Batalla de Cúcuta, 28 de Febrero de 1813

Batalla de Cartagena, Agosto 1815

Batalla de Gámeza, 24 de julio 1819

Batalla Pantano de Vargas, 25 de Julio 1819

Batalla de Boyacá, 7 de Agosto 1819

Batalla de Ibarra, 17 Julio 1823.

Posteriormente y derivadas de profundas causalidades político-sociales, se sucedieron un sinnúmero de guerras en nuestro país que dejaron una estela de muerte y odio que en gran medida, contribuyeron al agravamiento de nuestra condición violenta:

Guerra entre Centralistas y Federalistas (1812-1815)

Guerra de los Supremos (1839-1841)

Guerra civil de 1851

Guerra civil de 1854

Guerra civil de 1860-1862

Guerra civil de 1876-1877

Guerra civil de 1884-1885

Guerra civil de 1895

Guerra de los Mil Días (1899-1902)

Conflicto armado (1962-actualidad)

Haciendo cuentas basadas en nuestro “palmarés bélico”, es fácil deducir que, la generación de los sesenta a la que pertenezco, en conjunto con las cinco generaciones ascendientes de mi árbol genealógico, convivimos en medio de un ambiente sacudido por las guerras. De manera que, nuestro país arrastra un pasado de 52 años de lucha fratricida con las FARC, pero más de 400 años de violencia histórica. Todo esto, originado por las huellas de la esclavitud, el colonialismo, las profundas diferencias existentes en nuestra sociedad tales como, la concentración de la riqueza, la distribución del ingreso, la inequitativa propiedad de la tierra y de los medios de producción, la corrupción, la injusticia social y la lucha por el poder, entre otros factores.

Al igual que nuestros aborígenes, pero guardando las proporciones, los métodos utilizados por las FARC en la consecución de su objetivo de tomarse el poder a través de las armas también han sido non sanctos: secuestros, torturas, asesinatos, descuartizamientos, collares, burros y carros bombas. Y, ni hablar de los cercenamientos con motosierras utilizados por los paramilitares, como también, los múltiples crímenes perpetrados por el mismo Estado (asesinatos selectivos y falsos positivos).

¿Será que tanta violencia arraigada modificó nuestro mapa genético dando origen a un fenotipo atípico y violento potencialmente heredable de nuestros antepasados belicosos?

En conclusión, si nos ceñimos al concepto  de paz en sentido positivo, una de sus acepciones sería, «la relación de armonía entre las personas, sin enfrentamientos ni conflictos». Pero, este concepto en mi apreciación personal, no deja de ser utópico ya que está inmensamente lejos de ser alcanzado por una sociedad que parece haber transformado sus genes, dotándolos de un material violento y guerrerista del que aprendió a odiar enconadamente, como también a no perdonar su pasado histórico y reciente.

Soy un convencido de que los colombianos lograremos la paz, el día que evolucionemos a otras formas de personas capaces de introyectar una cultura de paz sincera, coherente, completa y duradera; basada en el respeto, el perdón y la tolerancia. Es decir, el día en que sepamos y aceptemos que cada quien pueda pensar, decir y actuar diferente. Y no, el día que un grupo de personas firme un documento en otro país.