La fragilidad de los matrimonios modernos
Los anuncios de nuevas separaciones matrimoniales cada día despiertan menos asombro. Esas situaciones se repiten por doquier. En cualquier estrato de cualquier barrio, ciudad o país. Desarrollado o a años luz de estarlo.
Ello a pesar de que cuando damos el paso hacia el matrimonio, independientemente del credo religioso que profesemos, lo hacemos con la firme convicción de que será para siempre. Por algo se establece un acuerdo de estar juntos sexual y emocionalmente el uno para el otro en exclusividad, aunque para algunos pueda sonar ridículo o pasado de moda.
Conozco casos de amigos cercanos que se han separado. Y aunque se que no serán los primeros, y tampoco los últimos en hacerlo, no puedo evitar la tristeza que me embarga cuando recuerdo que un día tiraron todo a la borda. Levaron anclas y quemaron la barca. Se cansaron de luchar por sus matrimonios, por sus hogares. No quisieron o no pudieron rescatar ninguna de las promesas iniciales. Asumieron la separación, muchas veces, sin pensar en el efecto devastador que esa decisión tendría.
Para muchos pareciera que es más fácil abandonar, escapar y seguir solos el camino antes que luchar por mantener la promesa "hasta que la muerte los separe". El orgullo mal entendido, la falta de voluntad para ceder, el egoísmo, un excesivo amor propio y las influencias de amigos -o amigas- que dan "sus mejores consejos" son algunas de las fuerzas que llevan a algunos a ser cada día menos tolerantes, menos flexibles y a estar menos dispuestos a luchar por el matrimonio.
No entiendo cómo puede ser fácil dejar atrás los años juntos, los hijos procreados, los sueños conquistados, los bienes adquiridos, las lágrimas compartidas, las alegrías causadas. Ni cómo pueden acabarse las ganas de luchar por algo que vale la pena y ante la primera dificultad, cualquiera que sea la figura que asuma: infidelidad, falta de trabajo, poca comunicación, se elige finalizar el camino compartido, destruir lo construido con amor, dedicación y paciencia. Y en esa destrucción podemos también destruir la estabilidad de quienes más amamos. Nuestros hijos.
Es entonces cuando me pregunto la razón de la fragilidad que caracteriza a los matrimonios en estos tiempos. Parecen desechables. No soportan una tempestad, ni siquiera una brisa fuerte.
Hay muchas razones por las que un matrimonio se debilita. Sin embargo, entre las más comunes y destructoras está la infidelidad. La infidelidad, tan antigua como el mismo matrimonio y como el oficio más antiguo del mundo es, en numerosas ocasiones, la causa de crisis o de rupturas definitivas en la pareja. La infidelidad, menos contagiosa que el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, pero más difícil de curar.
Y es que la infidelidad puede ser de tipo sexual o afectivo. Por eso aseguran que sobre la faz de la tierra no hay nadie plenamente fiel en pensamiento. Por muy virtuosa y leal que sea una persona, los instintos priman de manera inevitable. Muchas veces, de pensamiento, hemos deseado a alguien que no es nuestra pareja. Quizá no lo podamos probar, pero sin duda, es así.
Suele creerse que donde hay amor, la infidelidad no cabe. No obstante, en relaciones donde hay mucho amor también puede presentarse. Aunque el amor disminuye las probabilidades, no garantiza la total fidelidad. Así como tampoco lo asegura la intensa vida sexual que pueda llevar un matrimonio.
Una vez descubierta o confesada la infidelidad, el afectado, con la autoestima hecha añicos –como si un elefante caminara sobre una superficie de cristal– queda con sobredosis de desconfianza. Los cimientos en que se funda la relación son sacudidos por algo tan fuerte como un tsunami. En ocasiones, cuando el engañado carece de tolerancia, el final llega más rápido. En otras, más escasas, cuando el vínculo es más sólido y abunda el amor, el engañado perdona al otro, se perdona a sí mismo y dice borrón y cuenta nueva, a pesar de experimentar la sacudida del torrente de ira, uno de los ingredientes de un coctel que mezcla decepción, incertidumbre, tristeza. Cuyo consumo augura un futuro negro, al cambiar los sueños por pesadillas.
Los científicos han tratado de descubrir el gen de la infidelidad, sin éxito hasta ahora. Sin embargo se ha logrado comprobar, desde el aspecto fisiológico, que las relaciones –incluidas las que resultan de traiciones- cuando nacen bajo el amparo de la química del deseo y la loca pasión, tienen una duración efímera. De cuatro a cinco años, tras los cuales el interés disminuye y los conflictos aumentan. Fuertes en la arrancada, ágiles en la mitad de la carrera y veloces en la llegada, se funden cuando la rutina invade el embrujo de lo prohibido. Y a veces cuando ese momento llega, también se han agotado la paciencia, comprensión y tolerancia de la pareja estable por lo que el infiel pierde hacha, calabaza y miel.
Si alguien está tentado a involucrarse en una infidelidad debería evaluar si la emoción de la ‘cana al aire’ con un cuerpo diferente, quizá más joven y atractivo, vale más que la tranquilidad emocional, que el poder andar sin esconderse, que el no tener que construir una mentira tras otra, que el vivir una doble vida y amargar la vida de los implicados.
Por todo el dolor que la separación implica, tal vez resulte más sano volver a la usanza antigua. Asumiendo que el mejor regalo para nuestros hijos en materia de seguridad emocional es ver a sus padres juntos, amándose y tolerándose, venciendo juntos las dificultades, a sabiendas que no es tarea fácil pero seguros de que vale la pena lograrlo.
El ejemplo es la mejor lección que puede darse. Con seguridad, con el pasar de los años, tus hijos lo agradecerán y tu también.