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La democracia: como en el patio del colegio

A nadie se le hace extraño que se opine con ánimo de crítica sobre la democracia en Colombia. Catalogarla como imperfecta es quizá el adjetivo más blando y complaciente que existe en la frecuente discusión alrededor de esta. Pero al mejor estilo del niño que es sorprendido copiándose en un examen, no somos los únicos. Es más, probablemente somos uno más del montón en Latinoamérica donde irónicamente la democracia más estable es la que padeció por varios años el régimen totalitario de Pinochet: Chile.

Pero bueno, apartándonos de las falencias de nuestros pares, en un intento de sanear las nuestras, es hora de trazar una comparación preocupante entre nuestra democracia actual y lo que vivíamos en el patio del colegio.

Desde siempre, nos han vendido el cuento de que maduramos y al alcanzar la mayoría de edad somos perfectamente racionales y capaces de tomar las decisiones que definen el futuro político de nuestra nación. Sin embargo, como hierba mala nunca muere, todavía hay características que no se han borrado de nuestra época en el colegio.

Cuando debíamos votar por uno de nuestros compañeros para ser representante o personero o algo por el estilo, rara vez votábamos por el más inteligente, el de las mejores notas o el que estaba mejor facultado. Votábamos por el capitán del equipo de fútbol, el payaso del curso, el amigo de todos y aquel con el que mejor rato se pasaba.  Actualmente pasa exactamente lo mismo: se vota por el que lleve el conjunto vallenato o baile salsa con la gente del barrio, y al que de verdad sale a proponer ideas, reflexiones y busque persuadir con argumentos a la gente, se le tilda de adormecedor y es al primero que ‘Cocolio’ rescata en el río de los ahogados.

Aunque usualmente el que mejor nos “caiga” es el que más votos va a recibir,  siempre están los que más le echan cabeza al asunto y deciden sacarle provecho a la situación. En el colegio estos son los que aprovechaban la situación para ver qué candidato les compra más dulces en el recreo. Hoy en día, la mayoría de los votos se van al que más reparta la “liga” entre los que en serio no les importa quien gane.

Quizá la característica más inmutable que se presenta en esta comparación es, lastimosamente, la ola de promesas que no se cumplen. En el colegio, al que no prometía nadie le prestaba atención y usualmente ganaba el pícaro que prometía piscina y aires acondicionados nuevos, pero inevitablemente eso no pasaría y ese “personero” pasaría sin pena ni gloria y la fe se renovaría con otro súper candidato. ¿Suena familiar,  no? Candidatos que proponen sacar a todos los bandidos, arreglar todas las calles y construir un millón de hospitales ganan sobre los que se abstienen de prometer lo que sin duda alguna no pueden cumplir y luego tenemos el descaro de quejarnos cuando sucede lo inevitable, cuando no cumplen.

El más lamentable rasgo en común que comparten estas dos situaciones es la guerra sucia. El que dijo que los niños son inocentes claramente nunca presenció una elección escolar. No era raro que en la contienda para ganar la personería uno de los candidatos esparciese el rumor de que su contendor sobornaba a los profesores, infiltraba el sistema de notas y nada más quería el puesto para asegurar su entrada a la universidad. En los tiempos actuales no pasa nada diferente. Montajes, supuestos correos “chuzados”, falsos antecedentes criminales y supuestas alianzas clientelistas son varios tipos de rumores que ya  se nos hacen normales en la esfera política colombiana.

Si hacemos un análisis profundo, vemos una figura que siempre ha estado presente y aparentemente siempre lo estará en el juego de la política. Se trata del clientelismo. Quizá un poco más inocente cuando se trata de los sucesos en la escuela, esta nefasta práctica siempre ha sido un factor determinante. El que diga que en el colegio no se propuso votar por su amigo para tener un aliado poderoso frente a los profesores y al comité disciplinario, miente. Más de una vez hemos desestimado las credenciales de los candidatos a favor de la amistad y los frutos que esta podría traer. En la política actual esto se ha materializado críticamente. Los frutos que la amistad podría traer evolucionaron y se convirtieron en contratos estatales, absoluciones en tribunales, puestos públicos, recomendaciones y demás, hechos que demuestran que nuestra democracia no es muy diferente a lo que vivíamos en la vieja escuela.

Por último, un grupo que siempre ha estado presente en las elecciones, desde el personero hasta el Presidente de la república, es el de los intelectuales. Estos usualmente no le tienen fe (con buena razón) a ninguno de los candidatos y saben que si ellos mismos se lanzan, no quedarán frente a los populares. Dada esta inconformidad, estos no votan o votan en blanco y solo terminan votando si es que la victoria de unos candidatos significaría una debacle en el sistema. En este caso votan, como dice la popular frase “por el menos peor”.

Vistos los inquietantes parecidos que existen en las dos situaciones que describimos, podemos concluir sin ningún tipo de inconvenientes que no existen diferencias claves que separen a la esfera política actual del experimento político que se vivía en el colegio. Dado esto, se nos hace imperativo preguntarnos Si todo lo seguimos haciendo igual, ¿cómo esperamos un resultado diferente?