Es la moda
Una tarde cualquiera, mientras soportaba con paciencia bíblica el avance de la fila de clientes preferenciales en una entidad bancaria, escuché, casi al descuido, la conversación que sostenían dos mujeres, relativamente jóvenes ambas.
La de apariencia más madura –cuya edad no debe sobrepasar los 40– le contaba a la más joven la inmensa preocupación que la agobiaba. ¡Su hija única cumpliría los quince a finales de este año! Obvio, pensé con rapidez, en esa bendita costumbre de tejer mentalmente historias y suposiciones de la gente a la que no conozco con la que suelo cruzarme, la carajita debe estar pidiéndole una fiesta que raya en lo estrambótico.
La amiga coincidió con mi apreciación, y con un tono de voz preocupado y comprensivo le hizo saber que entendía como debía sentirse. Una fiesta ‘por lo alto’ resultaba costosa, especialmente para ella en su condición de madre soltera. La madre de la próxima quinceañera esbozó lo que intentó ser una sonrisa pero resultó siendo un gesto indefinible.
Su hijita para nada quería una fiesta. Se lo había anunciado el domingo. Lo único que quería de regalo de quince años era una cirugía. Siiiiii! Una cirugía estética. Alegaba que su pecho parecía casi el de un muchacho y de rodillas en el piso le pidió a la mamá hacerle este único regalo. Unos senos. Además, es la moda, le habría dicho.
Es la moda. Esas tres palabras quedaron resonando en mi cabeza. Y empecé a hacer el recuento entre mis amigos, vecinos, compañeros y conocidos, en busca de situaciones similares. Y si… lamentablemente es la moda. Ahora las jovencitas, en pleno crecimiento, sin haber alcanzado la madurez física y mucho menos la mental, prefieren una cirugía estética –para intervenir lo que sea–, en lugar de la fiesta antes tan añorada, tan cuidadosamente preparada, motivo de gran orgullo para los padres y la familia en pleno.
Y la moda de las cirugías estéticas se extiende, incluso, a quienes nacen con alma de mujer encerrada en cuerpo masculino y se rebelan contra ello haciéndose poner siliconas por todos los puntos anatómicos susceptibles de turgencia o inyectar sustancias que les aumenten el volumen de las nalgas –con resultados muchas veces mortales– por hacerlo sin control médico.
Entonces me asalta un pensamiento. Además de dejarse seducir por el fenómeno de la moda de las cirugías estéticas, se supone que las jóvenes buscan la belleza en alguna o en varias partes de su cuerpo. Sin embargo ¿cuál es el ideal de belleza que rige en la actualidad?
La duda surge porque cada día aumenta el número de personas, de ambos sexos y también de los que transitan de un equipo a otro, que se someten a las famosas cirugías plásticas. También aumentan los que se eligen ‘para embellecerse’ la tortura de las agujas de tatuar y las tintas que dejan su huella indeleble en cualquier parte de su superficie corporal. O los que se hacen instalar piercings de todos los tamaños, colores y formas con que perforan su anatomía en los lugares más inesperados e insospechados.
Entonces ¿qué es lo que se busca? ¿La belleza o el goce decorativo? ¿O quizá, ambos ingredientes? Sea cual sea lo perseguido, el camino que se transita para llegar a poseerlos está sembrado de dolor, riesgos, padecimientos. En fin, de displacer.
Aquí entra a jugar otro componente y es el lugar que la sociedad actual otorga a la imagen. El ideal de belleza ha variado a través de la historia. En épocas pasadas los tatuajes o marcas corporales eran signo de pertenencia a un grupo. Hoy en día, han sembrado confusión toda vez que los llevan indistintamente hombres, mujeres, homosexuales, transexuales. En ocasiones no logramos distinguir de qué sexo es alguien que tenemos al frente. Las señales que nos permitirían hacerlo resultan imperceptibles. Lo que es evidente es el orgullo con que exhiben sus tatuajes, sus perforaciones, sus mutilaciones. Y que muchos defienden como señal inequívoca de amor a sus cuerpos.
No entiendo esto último. Ni concibo que la piel, órgano sublime que nos permite tantas y tan agradables sensaciones gracias al contacto con otras pieles, sea marcada, perforada, mutilada. Para mi gusto, eso es ponerle barreras. Impedir de manera irremediable, el goce del contacto tierno y sin obstáculos con los demás.
Pero…tristemente, esa es la moda. Mientras tanto, le quedan algunos meses a la señora del banco para resolver cómo hace para que su hija pueda estar a la moda.