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Es época de solidaridad

Aunque es lamentable, resulta bastante frecuente que en la sociedad se imponga un individualismo exagerado que busca a cualquier costo el beneficio particular.  Sin importar, a veces, el daño que se pueda  causar a otros.

Estos tiempos que corren, en los que la naturaleza parece haber perdido el paso en el baile, han dejado un considerable número de personas en condiciones deplorables.

Y la situación no se circunscribe solo a Barranquilla, o al Atlántico. Ni siquiera a la costa Caribe o a Colombia.  Los efectos de los fenómenos naturales se han hecho sentir a lo largo y ancho del mundo. Y como sucede casi siempre, los más afectados son los que menos poseen.

En nuestro departamento no es la primera vez que se presenta una tragedia similar. Los municipios del sur del Atlántico ya han sido víctimas de la furia de las aguas. Hoy esas experiencias son aprovechadas para tratar de hacer frente a la situación que deja a tantos y tantas en la más absoluta miseria.

Duele el alma al escuchar cómo señores de considerable edad lloran ante los  micrófonos, clamando por ayuda. Lo han perdido todo. El agua no solo arrasó con cultivos, semovientes, ranchos, enseres. También se llevó las esperanzas, los sueños, la estabilidad. ¡Cuán diferente habría sido si su voz de alerta hubiera encontrado eco en las autoridades!  Pero no fue así. Se desdeñaron sus advertencias. Se pensó que todo estaba bien.

Hoy no se puede dar marcha atrás. No sirve devolver el calendario o atrasar el reloj. Ya nada puede hacerse. El daño está hecho. Las aguas turbulentas han causado estragos. Han despojado a nuestros hermanos de sus posesiones materiales. Muchas o pocas. Han vestido de negro sus vidas. Sus  navidades.

Frente a esta situación de desesperanza, desolación y sinsabor, los otros, nosotros, los privilegiados, debemos cultivar la solidaridad, entendida como la determinación firme y perseverante en busca del bien común. No se trata de escribir oraciones y pasar cadenas por todos los medios on-line. Como dice un amigo, Dios no tiene black-berry. Tampoco basta con manifestar compasión hacia quienes son víctimas, hay que traducir esa compasión en acciones efectivas que puedan contribuir con el restablecimiento de sus condiciones de vida.

Los que tenemos la fortuna y la enorme responsabilidad de ser padres, debemos contribuir a la mayor toma de conciencia por parte de nuestros hijos sobre el valor de la solidaridad. No se trata de una cuestión de fe religiosa. Por encima de cualquier creencia, todos debemos sentirnos llamados y ¿por qué no? obligados a auxiliar a quienes lo necesitan.

Hoy son otros. Cualquier otro día podemos ser nosotros o un familiar cercano. De pronto, un amigo entrañable. Quizá el compañero de trabajo con el que compartimos la mayor parte de nuestros días. Por eso es perentorio que nos sacudamos y demos el paso decisivo. Es obligatorio ayudar. Entregarnos.

Es necesario que permitamos el resurgimiento de la solidaridad con los más necesitados en nuestra conciencia.

Debemos olvidarnos de las comodidades, del individualismo y la autocomplacencia y poner al servicio de los más débiles y necesitados, nuestra solidaridad.

Aunque el ejercicio colectivo de solidaridades sería mucho más efectivo si se lograra la necesaria solidaridad de los políticos de verdad –cada vez más escasos-. De esos que entienden la actividad política como un servicio. Y la ejercen con verdadera vocación. Con responsabilidad. Cuidando de todos los ciudadanos, pero especialmente de los que menos tienen.