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El valor de un reencuentro

Cuando se llega a los sesenta años, la vida parece mirarse con otros ojos. Se develan situaciones que adquieren un valor especial, que se elevan por encima de un momento cualquiera. Algunas de ellas se extrañan cuando ya no las tenemos; otras, en cambio, se atesoran cuando la vida nos concede la oportunidad de volver a vivirlas.

Cada una de nuestras vidas, si escudriñamos en nuestros recuerdos, se construye también sobre la base de aquellas experiencias que nos movilizan. Las ordenamos, las interpretamos y les damos significado de acuerdo con nuestros intereses, nuestras convicciones y la mirada que el tiempo nos ha permitido desarrollar. Y no hay nada de malo en ello. Es, quizás, una tendencia natural del ser humano: buscar sentido y trascendencia en nuestras acciones y también en nuestras omisiones.

Tratamos de entendernos, de justificarnos, de organizar los acontecimientos de nuestra vida en secuencias que nos sirvan como referencia; que nos permitan arribar a conclusiones y que, de alguna manera, nos ayuden a hacernos responsables de lo que hicimos, de lo que dejamos de hacer e incluso de aquello que, por distintas circunstancias, no pudimos hacer.

Entonces, nuestra infancia y nuestras familias aparecen en el horizonte del recuerdo. Son referentes fundamentales para comprender quiénes somos y, muchas veces, también para explicar nuestras decisiones. Allí encontramos un reservorio inmenso de situaciones que nos acompañarán durante toda la vida. Algunas las compartiremos una y otra vez en reuniones familiares o con amigos; otras permanecerán silenciosas en algún rincón de nuestra memoria. Y habrá también aquellas que, sin previo aviso, nos asalten en cualquier momento, trayendo consigo una imagen, una voz, un olor o una emoción que creíamos olvidada.

Cada uno de nosotros carga con todo esto y con mucho más. La vida está hecha de conquistas y pérdidas, de anhelos y frustraciones, de momentos felices y de otros dolorosos. Todos ellos, sin excepción, nos van templando. Nos modelan, nos forman y dejan su huella. A veces nos convierten en mejores personas; otras, nos muestran nuestras propias debilidades. Pueden arrancarnos una sonrisa, llenarnos de gratitud o, por el contrario, poner nuestro corazón en vilo, atravesándonos con esa emoción difícil de explicar que parece subir desde el pecho hasta la garganta y quedarse allí, como un nudo que no sabemos desatar.

Quizás sea precisamente al llegar a esta etapa de la vida cuando comenzamos a comprender que algunos recuerdos no regresan para quedarse en el pasado. Regresan para mostrarnos cuánto significaron. Y es entonces cuando ciertos reencuentros adquieren un valor inesperado: porque volver a encontrarnos con alguien es, de alguna manera, volver a encontrarnos con quienes fuimos y nos explica lo que somos.

Hay encuentros que pueden ser muy breves, pero significativos, ya que han esperado un año o un poco más para materializarse. Un reencuentro siempre aporta y tiene algo diferente: trae consigo recuerdos, emociones y todo aquello que el paso del tiempo no logró borrar, y también la vivencia excepcional que aportará a nuevos significativos recuerdos. Volver a ver a alguien que es parte de nuestra historia nos hace comprender que, aunque la vida cambie y los caminos se separen, hay vínculos que permanecen.

A veces basta una mirada, un abrazo o unas pocas palabras para sentir que el tiempo se detiene por un instante. En esos momentos descubrimos que no solo volvemos a encontrarnos con otra persona, sino también con una parte de nosotros mismos y de nuestra propia historia.

El valor de encontrarnos con una persona que, en distintos momentos de nuestra vida, dejó y sigue dejando huellas que el tiempo ni la distancia pueden borrar. Alguien a quien admiramos, que se convirtió en referente y cuya manera de pensar, de actuar o de enfrentar la vida despertó en nosotros inquietudes que terminaron impulsándonos hacia aquello que más valoramos.

Porque existen personas que, sin saberlo, nos aguijonean. Nos provocan, nos desafían, nos obligan a preguntarnos quiénes queremos ser y hasta dónde somos capaces de llegar. Sus palabras, sus gestos, sus convicciones o simplemente su manera de vivir pueden convertirse en un llamado interior que nos empuja a actuar, a intentar, a perseverar. Algunas de nuestras acciones más preciadas están sin dudas cargadas de esa influencia.

Son personas que, por su sensibilidad, saben cuánto han impactado en nosotros. No necesariamente estuvieron presentes en cada paso de nuestro camino, ni conocieron nuestras todas nuestras dudas, nuestros esfuerzos o nuestras pequeñas victorias. Sin embargo, algo de ellos estuvo siempre en nosotros. Una frase, una enseñanza, una actitud, una forma de mirar el mundo. Algo que, en algún momento, nos hizo pensar: «Yo también quisiera ser capaz de hacer esto», «yo también quiero caminar por ahí» o, simplemente, «esto vale la pena».

Por eso, reencontrarse con alguien así tiene un valor que va mucho más allá de la alegría de volver a verlo. Es volver a mirar a quien alguna vez encendió una inquietud, alimentó un sueño o confirmó una convicción. Es reconocer, quizás después de muchos años, que parte del camino que recorrimos estuvo también marcado por su presencia, aunque no siempre estuviera físicamente cerca.

Y hay algo profundamente conmovedor en poder decirle, finalmente, a esa persona: «Quizás nunca lo supiste, pero mucho de lo que soy tiene que ver contigo».

No se trata de atribuirle a otro nuestros logros, ni de desconocer el esfuerzo propio. Se trata, más bien, de reconocer que nadie construye su historia completamente solo. A lo largo de la vida encontramos personas que dejan señales en el camino, que nos orientan, que nos desafían y que, a veces sin proponérselo, nos ayudan a encontrar nuestro propio rumbo.

Tal vez por eso algunos reencuentros llegan en el momento preciso. Llegan cuando tenemos la edad suficiente para comprender aquello que, muchos años atrás, apenas alcanzábamos a intuir. Y entonces podemos mirar a esa persona no solo con la admiración de antes, sino también con la gratitud de quien finalmente comprende cuánto significó su presencia en la propia historia.

Porque hay personas que pasan por nuestra vida. Y hay otras que, aunque el tiempo y la distancia hagan lo suyo, permanecen en ella.