El regreso a clases: tensión para los estudiantes y para los padres
Dentro de poco la población escolar regresará a clases. Este hecho puede convertirse en algo muy tensionante. Tanto para ellos, los estudiantes, como para nosotros, los padres.
Miedo, inseguridad, e incluso enfermedades, pueden ser los síntomas conque los estudiantes manifiesten la tensión e incertidumbre que les genera la nueva etapa escolar.
Debemos entender sus temores y ansiedades. Que son muchas. Sobre todo, si van a la escuela por primera vez. La mayor incertidumbre que apretará sus corazones tiene que ver con la separación paterna, que algunos entenderán como una especie de abandono nuestro. Detrás de este, en fila india, desfilarán todos los demás temores. Me gustará mi maestr@ , me adaptaré con mis compañer@s, me gustará estudiar, tendré buenos resultados, etc., etc., etc.
Igualmente, si se trata del regreso luego de unas vacaciones, tampoco faltarán las angustias que pesan sobre sus juveniles espíritus.
Estas zozobras deben mover nuestro amor de padres para tratar de aportarles algo de tranquilidad, haciéndoles ver que todos -alguna vez o muchas veces de nuestras vidas-, vivimos los mismos temores que poco a poco fueron disipándose. Es necesario que ellos sientan que pueden contar con nosotros de manera incondicional. Si sus resultados son buenos, regulares o malos. Si dudan o están seguros. Si temen o se sienten capaces de alcanzar las metas. Es vital que ellos sientan que los padres les creen, les estimulan y reconocen sus éxitos y los orientan frente a sus equivocaciones.
Sin embargo, pese a esos temores, los estudiantes siempre experimentarán la emoción del estreno. Algunos estrenarán más que otros. Pero siempre habrá la expectativa de algo nuevo esperando por ellos. Uniformes, morrales, zapatos, medias, libros, útiles. E irónicamente lo que es emoción para ellos, suele convertirse en terror para los padres.
Aunque nuestros hijos ya están en la universidad -¡cómo se fueron de rápido esos años!-, su ingreso al colegio fue a edad bastante temprana, en ambos casos. Por eso,18 eneros de mi vida se fueron entre visitas a papelerías, almacenes de cadena, librerías y centros de confección de uniformes. Siempre buscando la mejor opción.
Recuerdo a la perfección los primeros días de clases, sobre todo, cuando estaban en primaria. El transporte escolar no recogía. Entonces debíamos ir a llevar la pesada carga de libros de texto y útiles escolares, que como indicaba la lista, en negrillas y subrayado debía entregarse “completa, marcada y forrada” y que pesaba no menos de 5 kilos. Y es que ese concepto de útiles escolares abarcaba y sigue abarcando, casi cualquier cosa. Desde resmas de papel carta y oficio, crayolas triangulares de una determinada marca, no sé cuántos rollos de papel higiénico, no sé cuántos más de papel cocina, flauta, patines con el equipo de protección completo -lease casco, rodilleras, coderas-, lápices triangulares para que los niños aprendieran el adecuado manejo de los instrumentos de escritura y dibujo, compases de precisión, libros de lectura en inglés, juegos didácticos.
A nosotros nos fue relativamente bien. Sin embargo, al finalizar la etapa escolar, reunimos más de una docena de cajas de geometría y creo que a estas alturas de la vida mis hijos no tienen claro quien fue Euclides; media de cajas de rapidógrafos –y a ninguno de ellos se le dio por la arquitectura–; diccionarios de todos los colores y grosores porque cada año pedían uno diferente; libros de ejercicios totalmente nuevos. Eso, por citar sólo algunos elementos.
Ahora, al escuchar a mis amigos hablar sobre las listas de útiles, encuentro que las instituciones educativas cada vez se especializan en hacer más extenso el listado. Piden desde memorias USB de 2 gigas, toallas higiénicas, pañales desechables, decenas de marcadores, las mismas resmas de papel, jabón líquido de determinada marca, tabla para picar, papel calcante, papel kraft, papel cometa, papel de colores. Es tanta la variedad y cantidad de papeles, cuadernos, lápices, marcadores y cartulinas que piden, que a simple vista parecería que se pretende abastecer el inventario de una gran papelería.
Lo peor, al parecer, son las listas para kínder y primaria. Las de secundaria suelen ser más sencillas. No por eso menos costosas.
Pese a las medidas que se toman por el gobierno y que son anunciadas con bombos y platillos advirtiendo de los severos castigos a que serán sometidas las entidades educativas que incurran en el pedido de útiles inútiles, todo sigue igual, o peor. Cada año se encuentran más exóticos elementos en las listas. Es así como algo tan motivante y esperanzador como la educación de nuestros hijos puede convertirse en una verdadera tortura para la economía familiar.
Ojalá se haga algo al respecto. Pero algo efectivo. Que no quede solo en el papel. Que no sea un Decreto inútil más.