El país que envejece más rápido de América le tiene miedo a la vejez
El proyecto de ley contra el edadismo llega tarde, pero llega. Su valor no está en las campañas que anuncia, sino en algo mucho menos vistoso: por fin vamos a medir el prejuicio.
Hay una frase que en Colombia funciona como sentencia sin juicio: “buscamos perfil joven, dinámico”. Nadie la considera discriminación. Aparece en avisos, en descripciones de cargo, en conversaciones que nadie graba. Y sin embargo hace lo mismo que cualquier otro prejuicio: decide el destino de una persona antes de conocerla, con un dato que ella no eligió.
Ese fenómeno tiene nombre técnico —edadismo— y desde el 21 de julio tiene, por primera vez, un proyecto de ley que lo nombra. La iniciativa radicada por la senadora Norma Hurtado Sánchez propone un marco integral para prevenir y erradicar la discriminación por edad en todas las etapas de la vida. Llega tarde, y llega justo cuando ya no se puede seguir ignorando.
Los números no admiten interpretación. En 2018 las personas de 60 años o más eran el 13,2 % de los colombianos; en 2050 serán el 24,6 %. El índice de envejecimiento pasará de 36,7 personas mayores por cada 100 menores de 15 años a 135,9. En 2024 el país registró menos de 500.000 nacimientos por primera vez en su historia. La población total tocará techo en 2043 y empezará a decrecer. Colombia es el país de las Américas que envejece con mayor rapidez, y lo hace sin haberse hecho rico primero.
Traduzcamos eso a economía elemental. Un país cuya fuerza laboral se contrae no puede darse el lujo de desechar trabajadores por su fecha de nacimiento. Cada hoja de vida descartada por la edad es capital humano destruido: años de experiencia, criterio acumulado, redes de contactos, todo a la basura por un sesgo que ni siquiera se molesta en verificarse. No es solo injusto: es carísimo, y lo pagamos todos en productividad y en pensiones que sostienen cada vez menos hombros.
La Organización Mundial de la Salud estimó que una de cada dos personas en el planeta sostiene actitudes edadistas y que 6,3 millones de casos de depresión son atribuibles a este prejuicio. Hay un hallazgo aún más inquietante, documentado por Becca Levy en Yale: quienes tienen una percepción positiva de su propio envejecimiento viven en promedio siete años y medio más. El prejuicio no solo cierra puertas: se mete debajo de la piel y acorta la vida. Es lo que llamamos autoedadismo, el más difícil de combatir, porque el discriminador y el discriminado son la misma persona.
Desde el grupo de Longevidad Saludable que dirige el doctor Juan-Manuel Anaya hemos visto la otra cara de esa moneda. El Proyecto Centenarios evaluó a 160 colombianos mayores de 100 años: el 86 % declaró estar satisfecho con su vida, pese a limitaciones físicas, baja escolaridad e ingresos escasos. Lo que marcaba la diferencia no era el diagnóstico médico, sino la nutrición, la capacidad de valerse por sí mismos y la salud mental. Envejecer bien depende menos de la biología de lo que creemos y mucho más del lugar que la sociedad nos deja ocupar.
Por eso el mejor artículo del proyecto no es el que anuncia campañas de sensibilización, sino el que amplía el Sistema Unificado de Información de Vejez y obliga a producir evidencia. Suena burocrático; es lo contrario. No se gobierna lo que no se mide, y hasta este año el país no tenía una sola cifra oficial sobre cuántos ciudadanos han sido apartados de un empleo, de un crédito o de un tratamiento por su edad. La primera Encuesta Nacional de Edadismo, impulsada por la Academia Nacional de Medicina con la Universidad de la Costa y la Universidad de Pamplona, empieza a llenar ese vacío.
Dicho esto, conviene una advertencia: ninguna ley derrota un prejuicio a punta de prohibiciones. El edadismo más caro no es el del vecino que dice “abuelito” con condescendencia; es el que está codificado en la estructura de incentivos. Cuando contratar formalmente a alguien de 58 años resulta más costoso y más riesgoso que no hacerlo, ninguna campaña institucional corregirá la decisión del empleador. La libertad de seguir trabajando, contratando y emprendiendo después de los 60 vale más que cualquier declaración de principios. El proyecto acierta al proteger; acertará del todo si además destraba.
El país empieza esta semana un nuevo ciclo político y, entre las urgencias que coparán la agenda, esta parecerá menor. No lo es: estamos legislando sobre la única minoría a la que, con suerte, todos vamos a pertenecer.