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Buenos ganadores y buenos perdedores

Las elecciones terminaron. Unos celebran y otros lamentan el resultado. Algunos sienten esperanza y otros, preocupación. Es natural, así funciona la democracia. Lo que no debería ser natural es lo que suele ocurrir después. Con demasiada frecuencia, quienes ganan actúan como si hubieran derrotado a un enemigo y quienes pierden se comportan como si el país hubiera llegado a su fin. Unos se embriagan de triunfalismo, otros caen en el derrotismo. Y entre unos y otros, Colombia queda atrapada en un ciclo interminable de confrontación que nos impide avanzar.

Se suele decir que el fútbol es un reflejo de la sociedad. Si eso es cierto, debemos reconocer que no hemos sido siempre los mejores para administrar nuestras victorias y derrotas. Perdemos y ocurren tragedias como la de Andrés Escobar, asesinado después de un autogol en el Mundial de 1994. Ganamos y muchas veces las celebraciones terminan convertidas en vandalismo, violencia o destrucción. Como si no supiéramos convivir con el resultado y cualquier desenlace fuera una excusa para la agresión.

A ambos bandos en férrea disputa les cuento que la otra mitad existe y existirá, les guste o no. Unas elecciones no eliminan a la mitad del país. Es obvio, pero los ciudadanos que votaron distinto no desaparecieron al día siguiente, siguen siendo nuestros vecinos, compañeros de trabajo, amigos y familiares. Siguen teniendo sueños, preocupaciones y aspiraciones tan legítimas como las nuestras.

Por eso, en momentos como este, vale la pena recordar que los ganadores tienen responsabilidades y los perdedores también. Los ganadores tienen hoy una oportunidad extraordinaria. Durante décadas los colombianos hemos escuchado promesas de transformación. Nos han prometido prosperidad, justicia, seguridad, desarrollo, reconciliación y cambio. Cambian los líderes, cambian los partidos, cambian los discursos, pero de aquello, poco.

Si quienes han ganado tienen razón, si realmente poseen la fórmula para convertir a Colombia en la patria milagro que han prometido, este es su momento. Ojalá gobiernen con inteligencia, serenidad y generosidad. Ojalá entiendan que el poder no es un trofeo sino una responsabilidad y recuerden que representar a una nación implica gobernar también para quienes no votaron por ellos. Y si logran producir ese milagro largamente esperado, si consiguen mejorar la vida de millones de colombianos, fortalecer nuestras instituciones y construir un país más próspero y más justo, seguramente seguirán conduciendo los destinos de Colombia durante mucho tiempo. Los pueblos suelen premiar a quienes cumplen.

Los perdedores, por su parte, enfrentan un reto igualmente importante. Si creen que el país corre riesgos, si consideran equivocadas algunas de las decisiones que vendrán, tendrán la obligación de ejercer una oposición firme pero constructiva. Que vigile sin sabotear, que critique sin destruir, que proponga, además de señalar errores. Una oposición que se la juegue por la vida, la democracia y el bienestar colectivo. Porque si el milagro no sucede, si las promesas terminan siendo apenas otra desilución más en la larga historia de frustraciones nacionales, la democracia volverá a abrirles la puerta. También los pueblos suelen castigar a quienes incumplen.

En ambos casos, el camino exige paciencia, dignidad y altura. La democracia no consiste en que una mitad del país humille a la otra cada cuatro años. Consiste en administrar nuestras diferencias sin destruirnos. Consiste en aceptar que nadie posee toda la verdad y que ningún sector político tiene el monopolio del amor por Colombia.

Tal vez la verdadera prueba de fuego de una democracia no ocurre el día de las votaciones, sino al día siguiente cuando se apagan los discursos, desaparecen los hashtags y se guardan las banderas. Cuando la euforia y la rabia pierden intensidad y lo que queda es Colombia, el país real. El de los problemas que siguen esperando soluciones. El de las familias que quieren vivir mejor. El de los jóvenes que buscan oportunidades y el de millones de ciudadanos que deberán seguir compartiendo la misma casa, independientemente de por quién hayan votado.

Ojalá esta vez tengamos buenos ganadores y buenos perdedores. Nos hace falta. Porque hace mucho tiempo que Colombia está esperando que cese la horrible noche y para lograrlo, tendremos que aprender a construir juntos el país que ninguno ha logrado construir por separado.