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El triunfo de la imperfección

Confieso que nunca me ha resultado fácil querer a la selección argentina. Muy temprano me incomodó esa vieja leyenda negra del fútbol argentino, alimentada por una forma de competir que muchos asocian con Osvaldo Zubeldía y que Carlos Bilardo llevó a su máxima expresión, en la que la intimidación, los trucos psicológicos, los partidos jugados al límite del reglamento y la célebre "picardía", llegaron a confundirse con una filosofía de juego. Después llegaron el sospechoso 6-0 sobre Perú en el Mundial de 1978, la mano de Maradona frente a Inglaterra en México 86’, la confesión del propio Diego sobre los tranquilizantes suministrados a jugadores brasileños en Italia 90 y, en la historia más reciente, algunos arbitrajes extrañamente favorables durante sus dos últimas participaciones mundialistas.

Todo eso existe, sería ingenuo negarlo. Pero también existe la otra Argentina. La de Ubaldo Rattín en 1966, negándose a abandonar el campo de Wembley tras una expulsión que consideró injusta y sentándose, desafiante, sobre la alfombra roja destinada a recibir a la reina Isabel II. La de Diego Maradona en 1986, dibujando frente a Inglaterra, apenas cuatro minutos después de la “Mano de Dios", el mejor gol en la historia de los mundiales. La de los jugadores que parecen crecer cuando el mundo entero espera que fracasen. La de un país que convirtió el orgullo, el amor propio y la fortaleza mental en una manera de competir. Incluso, la de la selección actual, cuyos jugadores, a riesgo de exponerse a sanciones disciplinarias, celebraron su victoria frente a Inglaterra sosteniendo una pancarta con la consigna "Las Malvinas son argentinas", porque hay pueblos que siguen cargando su historia, incluso cuando están jugando un partido de fútbol.

Así que en esas me la he pasado toda la vida. Nunca he podido admirar del todo a una Selección Argentina sin terminar cuestionándola, ni cuestionarla sin terminar admirándola. Y algo parecido me ocurre con Diego Armando Maradona. Pocas personas reunieron tantas razones para ser criticadas, pero también pocas hicieron tanto por recordarnos que los ídolos no tienen por qué parecer santos. Maradona fue un hombre desbordado por sus excesos, capaz de cometer errores imperdonables, pero también uno de los primeros en denunciar el poder de una FIFA que años después terminaría confirmando buena parte de aquello que él señalaba. Defendió futbolistas cuando casi nadie lo hacía, enfrentó dirigentes, desafió poderes y jamás permitió que la corrección política domesticara su carácter. Era un hombre lleno de contradicciones y precisamente por eso resultaba imposible dejar de verlo como un ser humano.

Lionel Messi representa exactamente lo contrario. No hablo del futbolista, cuya genialidad nunca ha estado en discusión. Hablo del personaje que el mundo construyó alrededor de él. Mientras el fútbol se transformaba en una industria global obsesionada con las marcas, las audiencias y la reputación, Messi parecía el empleado perfecto de esa enorme corporación. Nunca una declaración fuera de tono o un gesto inconveniente. Nunca una polémica innecesaria. Siempre impecable dentro y fuera de la cancha. Tan impecable que, por momentos, daba la impresión de haber sacrificado una parte de su humanidad en nombre de la perfección. Pero la vida, sabia aunque no parezca, le tenía guardada su buena dosis de imperfección. Y esa dosis llegaría a bordo de una “Scaloneta”. 

Después de 8 años de verlos jugar y ganar, me parece equivocada la lectura más habitual sobre la selección de Lionel Scaloni. Se dice que construyó un equipo alrededor de Messi, pero yo sospecho exactamente lo contrario. Scaloni construyó un grupo capaz de rescatarlo. Porque la “Scaloneta” no llega al estadio como quien llega a la oficina. Entra a jugar con sus pasiones, sus heridas, sus excesos y su memoria.

En una época en la que casi todos los futbolistas parecen ejecutivos de grandes multinacionales entrenados para no equivocarse, para declarar siempre lo correcto, para proteger su marca personal y no incomodar a nadie, Argentina decidió seguir pareciéndose a un grupo de amigos antes que a un comité corporativo. No siempre es elegante ni perfecta, muchas veces resulta excesiva, pero es también profundamente humana. Y fue precisamente esa humanidad la que terminó contagiando a Lionel Messi, llevándolo a conquistar todo aquello que le había sido esquivo. 

No hicieron que jugara mejor, eso era casi imposible. Hicieron algo mucho más difícil. Lo convencieron de que podía volver a ser humano. Le devolvieron el derecho a llorar, enojarse, a discutir, a celebrar sin cálculo, a responder sin pedir permiso, a dejar de comportarse como el futbolista perfecto que la industria había construido durante casi dos décadas. A decir: "¿Qué mirás, bobo? Andá pa'llá". Lo liberaron de esa obligación silenciosa de ser siempre correcto, siempre prudente y ejemplar.

Vivimos en una época que premia las respuestas correctas, las emociones administradas y las reputaciones impecables. Nos entrenan para no incomodar, para no equivocarnos, para convertirnos en empleados ejemplares de una inmensa oficina llamada mundo. Quizá por eso la mayor enseñanza de la “Scaloneta” no tiene nada que ver con el fútbol. Su hazaña no ha sido, únicamente, ganar copas y títulos, ha sido demostrar que la excelencia no siempre nace de la perfección y que, a veces, sólo cuando recuperamos el derecho a ser imperfectos, volvemos a parecernos a nosotros mismos.

Messi no necesitaba aprender a jugar mejor, necesitaba dejar de parecer una máquina. Y quizá nosotros también. Porque hay victorias que se consiguen levantando una copa y otras mucho más difíciles que consisten, simplemente, en recuperar el derecho a ser humanos. Ese, al menos para mí, es el mayor triunfo de la Selección Argentina, el triunfo de la imperfección.