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El valor de lo espiritual

Durante esta semana tuve la oportunidad de participar en una interesante charla dictada por la doctora Luisa Ocaranza, que nos invitaba a revisar el origen de la Gran Diosa y los factores que pusieron fin a la primacía de lo femenino en lo divino, así como la pérdida de presencia y la fragmentación que, en el ámbito de lo espiritual, se puede percibir al respecto.

La doctora Ocaranza realizó una organizada y profunda reflexión, llevándonos por derroteros tan relevantes como el mundo prehistórico, en especial el Paleolítico, para luego dar el salto a las civilizaciones mesopotámicas y egipcias; desde allí, al mundo clásico y, posteriormente, al surgimiento de las religiones monoteístas, en especial el judaísmo y el cristianismo, y su proyección hasta el mundo medieval.

En el proceso explicativo de la oradora pudimos establecer una reflexión profunda que nos llevó, en definitiva, no solo a pensar en la presencia de lo femenino en lo divino, sino también en torno al valor de la espiritualidad en Occidente.

La instancia se produjo a partir de una pregunta realizada por un integrante de la audiencia: si el proceso de secularización descrito, en el que lo espiritual resulta ser cada vez menos relevante, tiene su símil en otras civilizaciones o si, por el contrario, es un proceso muy particular del mundo occidental. La profesora, con argumentos relevantes, planteó que dicha situación identifica a quienes formamos parte directa o indirecta de esta civilización, mientras que en otras culturas y realidades lo espiritual sigue teniendo una gran relevancia y valor.

La tesis principal planteaba que, en los albores de la modernidad, la techné —la técnica— termina por reemplazar al mundo espiritual, ya que la utilidad se vuelve cada vez más práctica y concreta. Este proceso es claramente perceptible a partir del siglo XVII, marcado en Occidente por un relevante desarrollo del pensamiento científico. Es en estas circunstancias cuando nacen las bases del método científico que aplicamos hasta la actualidad, con resultados significativos en aquellas disciplinas que, desde entonces, serían reconocidas como ciencias duras y que, en el inconsciente colectivo, comenzaron a predominar por sobre las llamadas ciencias sociales, cuestionadas por no poder alcanzar esos mismos niveles de certeza ni dar respuestas absolutas a problemas concretos.

Incluso las propias ciencias sociales trataron de parecerse a las ciencias naturales y de adaptar el método científico a sus investigaciones. Tal vez uno de los primeros pasos en esa dirección lo encontramos en Juan Bautista Vico, cuando escribe su obra Principios de una ciencia nueva en torno a la naturaleza común de las naciones. En ella busca establecer ciertas regularidades en el desarrollo de las sociedades humanas, planteando que estas atraviesan determinados ciclos históricos, perceptibles desde las formas de organización más primitivas hasta las más complejas.

Dicho momento clave en la secularización de Occidente coincide, paradójicamente, con uno de los períodos más exitosos de esta civilización. Se relaciona con un proceso en el que Occidente se eleva a un nivel que le permite advertir su posición privilegiada a escala global. Los viajes de descubrimiento, las conquistas ultramarinas, el desarrollo del pensamiento científico y el surgimiento de un capitalismo primitivo, entre muchos otros factores, se utilizan como referencias para explicar este ascenso.

En todos ellos, la techné aparece como un indicador común. Son precisamente los resultados de sus descubrimientos y aportes los que contribuyen a explicar el éxito de este proceso. Los elementos orientadores de la vida de los hombres, que habían tenido una relevancia crucial y que estaban atravesados por aspectos más espirituales, pierden terreno y terminarán por ser menospreciados o por intentar adaptarse a las condiciones de éxito que define este nuevo momento.

La religión, la historia y la filosofía viven este proceso, algunas con mayor y otras con menor impacto. Incluso desde estas mismas áreas surgirán disciplinas con una carga concreta que resulta evidente hasta nuestros días, como la sociología y la economía.

Entre los intelectuales de la Historia se ha teorizado mucho sobre lo que este proceso significó para Occidente. No son pocos quienes lo han planteado de manera tan clara que llegan a establecer que la gran diferencia con las demás civilizaciones radica en que estas últimas se quedaron durante mucho más tiempo —y algunas, quizás, hasta nuestros días— vinculadas a una dimensión espiritual que habría sido, según esta interpretación, una de las principales responsables de ralentizar sus procesos de progreso.

Creo recordar que, en una columna anterior, escrita ya hace algunos años, me planteé esta cuestión y establecí incluso una especie de clasificación de las argumentaciones a favor de la idea explicitada en el párrafo anterior. La pregunta que creo que nadie se ha hecho de manera suficientemente concreta debería relacionarse con la reflexión opuesta: ¿qué hemos perdido en este proceso quienes, directa o indirectamente, nos encontramos inmersos en las redes del mundo occidental?

Planteada esta pregunta a la doctora Ocaranza, realizó una breve pero profunda reflexión. Después de dejar en claro que hemos perdido mucho, nos interpeló al señalar que volver a una espiritualidad no debe entenderse como una forma de regresar al pasado, sino como una manera de volver a lo esencial, ya que lo espiritual es aquello que ordena el mundo y articula nuestra realidad cotidiana.

Al reflexionar en torno a ello, es necesario que entendamos que la espiritualidad no se reduce a lo religioso y que puede tener diversos significados, dependiendo de las perspectivas y creencias de cada persona. Para algunos puede significar una conexión con algo más grande que uno mismo, como un ser superior que puede estar representado por Dios, la naturaleza o el universo. Para otros, puede estar asociada a la búsqueda de sentido y propósito en la vida. Muchos creen que la espiritualidad es una práctica que fomenta la paz interior, la calma y la reflexión; incluso puede convertirse en un camino hacia la autoexploración y el crecimiento personal.

La espiritualidad, entendida desde cualquiera de estas perspectivas, nos permite construir relaciones significativas con quienes nos rodean y comprender que podemos contribuir a la sociedad a través de un trabajo responsable y respetuoso, con preocupación por el prójimo y por aquello que nos rodea. Al mismo tiempo, nos interpela a comprender que, en este proceso, también crecemos.

Quizás aquí radique una de las grandes paradojas de la modernidad: mientras más capaces hemos sido de transformar el mundo exterior, más necesario parece preguntarnos qué ha ocurrido con nuestro mundo interior. El progreso material, científico y técnico ha ampliado enormemente nuestras posibilidades, pero no necesariamente ha respondido a las preguntas esenciales que acompañan al ser humano desde sus orígenes.

Tal vez recuperar el valor de lo espiritual no implique rechazar la ciencia, la técnica ni los logros alcanzados por Occidente. Tampoco significa regresar a un pasado idealizado. Puede significar, simplemente, recuperar una dimensión que nos permita preguntarnos para qué hacemos aquello que somos capaces de hacer y qué sentido queremos darle a nuestra existencia.

Porque, finalmente, una civilización puede desarrollar enormes capacidades para transformar la realidad, pero sigue necesitando responder una pregunta fundamental: ¿hacia dónde quiere conducir esa transformación? Quizás sea precisamente en ese espacio donde lo espiritual vuelva a adquirir su verdadero valor.