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El “contrasexismo” lingüístico

A comienzos de la década de los setenta se abrió el debate sobre si realmente nuestro idioma es o no una lengua sexista. Hasta nuestros días, podemos concluir que el denominado sexismo no habita en el idioma español como tal, sino en el uso que hacemos de él.

El sexismo, entonces, es una actitud que promueve el trato diferenciado de las personas en razón de su género. Las expresiones sexistas afectan principalmente al género femenino dada la errónea creencia cultural que considera a los hombres superiores a las mujeres en cuanto a inteligencia, fuerza y competencia. En ese sentido, nuestra sociedad machista se arroga  el concepto de que las mujeres tienen menor competencia en la toma de decisiones, menor capacidad por mérito propio, escasa participación en la política y pobre liderazgo empresarial o profesional.

Una de las variantes del sexismo, es el conocido “sexismo lingüístico”, quien al asociar el género sexual con el género gramatical; impide muchas veces la visualización de la mujer en el lenguaje lo que a todas luces resulta injustificado, toda vez que, el utilizar dicho género gramatical que incluye a todas las personas en igualdad de condiciones – masculino o femenino – no debe ser considerado sexista ni mucho menos discriminatorio. Así las cosas, utilizar expresiones como “colombianos y colombianas” resulta superfluo, repetitivo y equivoco.

El “sexismo lingüístico” y su falsa concepción discriminatoria, ha empujado a los hispanohablantes a utilizar formulas desdobladas novedosamente arraigadas en los países latinoamericanos, especialmente en Venezuela, en donde el llamado Socialismo del siglo XXI con su principal protagonista, el finado Hugo Chávez Frías y su sequito de adulones, acrecentaron esa fusta lingüística creyendo que con su estructura política antiimperialista podían también estructurar los cimientos de la gramática española. Es así, como podemos leer en algunos artículos de la constitución de la República Bolivariana de Venezuela fragmentos como: «Solo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Procurador o Procuradora General de la República...». Como también, escuchar perplejos el absurdo lingüístico de la rectora y presidenta del CNE, Tibisay Lucena, quien en una  alocución, a propósito de los recientes comicios  en el vecino país, hizo referencia a los periodistas y “periodistos” demostrando, o bien una censurable ignorancia gramatical, o un rancio “contrasexismo lingüístico” absurdo e inexplicable.

Cosa Igual sucedía regularmente con la expresidenta Argentina quien al iniciar sus discursos se dirigía “a todos y a todas”. La señora expresidenta no necesitaba variar el uso del idioma para huir del sexismo lingüístico; como tampoco estaba obligada a endosarle al género femenino el nombre de algunos sustantivos maltratando la estructura gramatical de nuestro idioma.

Recordemos entonces que, la normatividad gramatical en cabeza de la Real Academia Española recomienda que, la utilización del plural en masculino compromete a ambos géneros. En consecuencia, al expresarnos, es innecesario e incorrecto decir  “millones y millonas”, “delfines y delfinas”, “periodistas y periodistos”, “niños y niñas”. Sin embargo, continúa siendo un error recurrente, no solo en los revolucionarios Chavistas, sino también, en la gente del común, en las redes sociales, en la clase política y en el periodismo nacional e internacional.

Considera además, la normatividad lingüística vigente que, es gramatical y semánticamente correcto emplear ambos géneros únicamente cuando el masculino y el femenino son palabras distintas, tales como: “Damas y caballeros”, “hombres y mujeres”, entre otras. Así las cosas, es bueno entender que no puede haber sexismo cuando mencionamos, por ejemplo, el vocablo "todos" ya  que indistintamente está haciendo referencia a todos los individuos sin importar el sexo. De igual, manera, cuando decimos "niños" o "doctores“, tampoco pecamos de sexistas toda vez que incluye a ambos sexos por igual. Situación similar ocurre cuando nos referimos a «personas»,  palabra que perteneciendo al género gramatical femenino, se usa indistintamente para ambos sexos. Igualmente sucede con el vocablo «individuo», el cual, siendo gramaticalmente masculino se utiliza sin distingo de género.

El lingüista español, Ignacio Bosque, autor del informe de la RAE titulado “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer” defiende la normatividad de la academia cuando dice: "El uso genérico del masculino para designar a los dos sexos está muy asentado en el sistema gramatical" español y no tiene sentido "forzar las estructuras lingüísticas". En el mismo sentido, la periodista española y experta en comunicación, María Irazusta, en oposición a esas duplicidades rebuscadas e innecesarias manifiesta lo siguiente:

“La economía es uno de los principios del lenguaje. El desdoblamiento, esa nueva moda de utilizar por sistema el masculino y el femenino para referirse al conjunto, tiene un origen ideológico e ignora, precisamente, ese principio lingüístico. Un grupo mixto, compuesto por miembros de los dos sexos, debe ser designado por el masculino que, en este contexto carece de marca y no denota uno solo de ellos, sino ambos. Y ello independientemente de la existencia en el grupo de un número mayor o menor de miembros masculinos o femeninos. Digamos trabajadores, y no trabajadores y trabajadoras, aunque haya más mujeres que hombres en el grupo al que hacemos referencia. Eso es lo correcto”.

En conclusión, el “contrasexismo lingüístico”, esa novedosa propensión o inclinación por lograr una paridad idiomática de géneros, debe erradicarse y ceñirse a la normatividad lingüística vigente; para que de esta manera, podamos poner freno a quienes quieren tamizar nuestro idioma con los derribos del imperialismo masculino.