"De tal palo, tal astilla"
Últimamente se han destapado en el país varios casos escandalosos de corrupción que salpican a políticos de diferentes partidos, a exgobernadores, congresistas, como también a miembros de las altas cortes de la Rama Judicial, entre otros. Es apenas obvio, entonces, que la sociedad se indigne y exija transparencia absoluta y pulcritud en el accionar institucional, sobre todo en el manejo de los recursos públicos. Toda vez que, un país con sus instituciones corruptas es presa del rezago social, moral, político y laboral. Sin embargo, tal exigencia resulta muy ambiciosa si analizamos a fondo su origen.
¿Por qué la gente calla? ¿Por qué la indignación en nuestra sociedad es efímera, hipócrita y limitada únicamente al Facebook? La respuesta es sencilla: nuestros dirigentes elegidos, vienen del vientre de la misma sociedad, es decir, tienen el mismo ADN, son de las mismas entrañas, de la misma especie y por ende, sangre de su sangre. De modo que, esa pléyade de dirigentes son nuestros «hijos políticos», los hemos engendrados y paridos con votos, han salido desde lo más profundo de nuestras conciencias. En ese sentido, «nosotros», como sociedad, somos una enorme masa compuesta de individuos con mentes trastornadas, producto de una sociedad enferma por el egoísmo, la mezquindad y la avaricia la cual está dispuesta a hacer cualquier cosa para enriquecerse. Estas personas nos representan, votamos por ellos, los elegimos porque sentimos que son dignos de asumir nuestra vocería, o sea, de hablar y decidir por nosotros. Es decir, ellos son nuestros representantes.
Cuando le damos a alguien nuestra voz y representación, o lo que es lo mismo, el poder de hablar por nosotros, es porque pensamos que esa vocería diría lo mismo que diríamos nosotros en esa posición. De igual forma, cuando a través de nuestros votos elegimos a alguien para que administre recursos públicos, especialmente los de sectores tan sensibles como salud y educación, es porque creemos que lo hará de la misma manera que lo haríamos nosotros. Pero no es así, infelizmente pensamos eso no porque creamos que actuaran con total pulcritud y honradez, sino porque en lo más recóndito de nuestras conciencias esperamos que procedan como nosotros, es decir, que obtengan réditos de los cargos que ostentan cada vez que puedan, porque sencillamente es lo mismo que haríamos nosotros. En efecto, eso es lo que la mayoría pretende, obtener provecho, beneficio y ventaja. Es tal nuestra perversidad que en algunos casos nos parece tonto, ingenuo y bobo aquel que pudiendo sacar partido de alguna situación, no lo hace.
Cuando ejercemos ciudadanía a través del voto creemos que apoyamos en las urnas al menos malo para que no llegue al poder el peor. Sin embargo, terminamos eligiendo al ladrón y al mentiroso en lugar de al honesto, y lo hacemos conscientemente porque pretendemos asegurar para nosotros un beneficio personal que se debe dar antes o después de la elección. En efecto, la mayoría de servidores públicos que ocupan cargos de elección popular han llegado allí gracias a una serie de componendas, negociaciones e intercambios de promesas que conllevan favorecimiento y resguardo de intereses particulares.
Así es nuestro accionar. Y no hay que devanarse los sesos para entender que el “círculo virtuoso” de la política insana y corrupta tiene una mecánica muy sencilla: «Los electores se aprovechan de su posición frente a un candidato ávido de votos, mientras que el candidato hace lo mismo frente a un votante lleno de necesidades».
Esta manera de actuar no es única y potestativa de la actividad política. El día a día de nuestra sociedad se mueve pensando casi exclusivamente alrededor de intereses particulares, no importando pasar por encima de cualquiera que se interponga, aunque tenga buenas intenciones. Esto se ve reflejado en la cotidianidad como por ejemplo, cuando sobornamos al policía de tránsito que, con justas razones, nos iba a expedir un comparendo, cuando no declaramos todos nuestros ingresos, realmente, en la DIAN, cuando pagamos a un tramitador mañoso, cuando nos colamos en el transporte público, cuando metemos a otro un billete falso. Y, en los grandes negocios, cuando evadimos impuestos, cuando pedimos y ofrecemos millonarias coimas para que se favorezcan nuestras empresas con licitaciones o cuando nos cartelizamos para subirle los precios a determinados productos.
Como resultado de lo anterior, los colombianos hemos asimilado la corrupción como algo normal, como una práctica inherente a nuestra sociedad, lo cual resulta irracional, ya que entenderlo de esta manera es corroborar que la indigencia mental de algunos es infinita. Entonces, la invitación como sociedad es ir más allá y poner la lupa en nosotros mismos y en nuestro accionar político y cotidiano. De modo que, si el colectivo levanta sus estándares morales, por ende subirán también los de sus representantes en las instancias de poder. En conclusión, ojalá algún día tengamos la capacidad de entender y aceptar que el problema somos todos los colombianos y que esa problemática urge resolverse con pensamiento crítico y educación.