Share:

¿De qué me disfrazaré?

 

 

Pese a las recurrentes campañas que año tras año se realizan luchando por el rescate de la celebración del ‘Día de los Angelitos’, dulce tradición de nuestro terruño, es poco lo que se avanza.

Niños, jóvenes y adultos, secuestrados por costumbres foráneas, buscan con frenesí de qué disfrazarse.

Unos compran sus atuendos. Otros prefieren alquilarlos. Pero algunos más, ante la escasez de dinero, agudizan al máximo su creatividad para lograr un disfraz  con pocos pesos.

Demonios, brujas, fantasmas, enfermeras, presos, camareras, cirujanos y hasta personajes de dibujos animados cobran vida esa noche. Se confunden en microcosmos surrealistas que se repiten en los sitios nocturnos de moda, a lo largo y ancho de la ciudad.

Esos disfraces de los que probablemente volvamos a acordarnos en Carnavales, nos permiten  por pocas horas, ser alguien diferente de quien en realidad somos.

A lo mejor elegimos la imagen de alguien que admiramos o que quisimos ser. O de alguien que despierta nuestro temor o nos causa gracia. Pero siempre de alguien que no somos.

Y es entonces cuando tomo conciencia de las mil y una máscaras a las que echamos mano a diario, incluso, sin percatarnos de ello.

Las circunstancias de la vida misma se han encargado de llenarnos de disfraces. El que usamos cuando queremos aparentar la fortaleza que no tenemos.  El que esconde nuestro temor ante situaciones nuevas, haciéndonos lucir osados.  Aquel que nos hace lucir implacables, cuando en realidad somos cómplices comprensivos. El otro que nos protege contra las agresiones que dejan los desencuentros.

Nos escondemos tras mentiras. Agredimos con palabras buscando silenciar otras que pudieran dañarnos a nosotros. Lastimamos con silencios pudiendo acariciar con palabras. Herimos con gestos pudiendo besar con la mirada.

Son tantos los disfraces y máscaras. Y vienen en  tan variadas presentaciones que ocasionalmente no nos percatamos de estar usándolos.

Por eso hoy  la invitación es a decidir ser nosotros mismos. A disfrazarnos sólo por noche de brujas o Carnavales. A vivir la cotidianidad sin usar máscaras ni disfraces. A enfrentar la vida como somos. Sin miedo a ser juzgados por mostrarnos como en realidad somos. Entregando el afecto que puede ayudar a hacer otras vidas más llevaderas.