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De los amores malsanos…

El inicio de este año, estrenado hace poco, pero que de manera casi imperceptible, corre ya por la mitad del primer mes, ha estremecido mi corazón.  Pese a que casi nos hemos acostumbrado a  convivir con la tragedia, a manosear el dolor. Propio o ajeno.

Entre los muchos actos violentos ocurridos, el homicidio de Clarena Acosta, del que tanto se ha hablado, escrito y especulado,  conduce mi columna al tema de los amores malsanos. 

Se dice que el amor es el sentimiento más maravilloso que cualquier ser humano puede llegar a experimentar en la vida. Son muchos quienes consideran que el amor sólo se vive una vez. Y se aferran como náufragos a ese amor que creen único e irrepetible. No dudo de la magnificencia del amor. De los múltiples beneficios que reporta a la vida de quienes lo experimentan. Pero tampoco podemos perder de vista que puede tornarse en algo infernal. Eso sucede cuando los seres racionales dejan que el  amor los oprima, esclavice, excluya, maltrate, tiranice y aleje de la realidad.  Tampoco dudo que el amor, aunque a veces no sea correspondido, nos permite experimentar  múltiples emociones, que van desde el delicioso y dulce aleteo de mariposas en el estómago. Pero a veces, con mayor frecuencia de la que creamos, conducen nuestras almas por un torbellino de infinita tristeza.

En realidad, no podemos desconocer el papel protagónico que el amor juega en la existencia. Bien sea para felicidad o para tristeza. Ahí está. Claro, que en ocasiones, el amor que nos lleva a unirnos a otro ser, con la esperanza de que sea para toda la vida, sucumbe ante los inevitables conflictos conyugales. Si estos no son adecuadamente manejados, nada puede ser más estresante y grave para la tranquilidad espiritual. Estar intranquilos en el hogar, que por naturaleza es donde más serenos y confiados se supone que estemos, agota cualquier resistencia. En otras oportunidades, muy frecuentes, por cierto, se asumen el enamoramiento, el apego, o la dependencia,  como amor. Y se convierte la vida en un campo de batalla, donde cualquier cosa se vale, cualquier arma se esgrime, se puede transitar cualquier camino siempre que conduzca a mantener subyugado, dominado o castrado el objeto de nuestro obsesivo “amor”.

Pero una vez el subyugado decide abandonar el estado de resignada costumbre y  anuncia su intención de liberarse, al agotarse su paciencia y su pasión, los vínculos se rompen. Entonces el otro, el apegado, el dependiente dominador pierde los estribos. Cuando presiente el alejamiento físico y adivina la emoción con que el otro(a) prepara   su partida, cuando trata de imaginar cómo será despertar sin tenerle a su lado, experimenta enorme angustia. Y su corazón, colmado a reventar de sentimientos insanos, le conduce por un laberinto de desesperación. No se resigna al abandono, ni puede aceptar que se pretenda poner fin a una relación que causa más daño que bien. El modelo social en el que estamos inmersos ha llevado a la interiorización de un modelo de convivencia en pareja en la que el sufrimiento es obligatorio para que la relación se de. Es decir, no hay pareja exitosa sin una dosis o sobredosis de dolor, tragedia, penurias, tristezas, lágrimas e infelicidad.

Ante tan desolador panorama que no son capaces de asumir, despliegan toda su creatividad. Es entonces cuando urden, tejen, traman, planean con meticulosa precisión, las peores venganzas, en las que dejan aflorar todo su odio, resentimientos e incluso temores. Y no se quedan allí, en los planes. Los cumplen, paso a paso. Sin medir consecuencias.  Pierden la capacidad de sopesar cuánto daño causarán a otros seres que no tienen la culpa de esa maraña de sentimientos encontrados que llevan en su corazón.

Por ello no comparto que se mantengan uniones alimentadas con amores malsanos.  Relaciones abundantes en mezquindad, celos, chantaje emocional, manipulaciones, desconfianza. Sentimientos que atan como cadenas milenarias, a la infelicidad. Que estrujan el alma. 

Desde este espacio invito a promover relaciones sanas. Con cero manipulaciones ni dependencias. Donde seamos capaces de compartir sin egoísmo a nuestra pareja con los hijos y el resto de familiares. Donde la confianza y la comunicación derroten las dificultades que la vida en pareja plantea de manera cotidiana. Hay que impulsar a nuestros hijos para que formen parejas donde ambos tengan el mismo valor, la misma capacidad decisoria, sin que ninguno opaque al otro, o lo martirice. Donde el amor, sano, bien intencionado, sea transmitido  a los hijos como el modelo a seguir.

Felices Carnavales!