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De la lechuza y otras barbaridades

Este fue un domingo funesto para Luis Moreno. Ese día cometió, quizá, uno de los mayores desaciertos de su vida al pegarle a una indefensa lechuza como debería pegarle al balón de fútbol para lograr que su equipo no aumentara las fechas sin ganar, que este domingo alcanzaron la no despreciable suma de treinta.

Esa patada es un indiscutible acto de violencia que despertó, de manera inmediata, las airadas reacciones de los asistentes al estadio y de quienes disfrutaban del partido a través de la televisión. Miles de mensajes inundaron todas las redes sociales existentes. Los estados en Facebook, Blackberrys, Messenger daban testimonio de la furia desatada con la certera patada. En todo el mundo se habló sobre el desafortunado incidente.

En mi caso particular, guardo gran consideración y cariño a los animales. A todos en general y a algunos con particular intensidad. Pookie David, Maximiliano Plutarco, Mima, mi siempre extrañado Pío –un canario cantor que se salvó de las primeras inundaciones del sur del Atlántico- y que en un descuido se escapó de su jaula, Boobie, Sheriff, son algunos de los ejemplares animales que tienen y tendrán para siempre un lugar especial en mis recuerdos y en mi corazón. Es más, desconfío de las personas que manifiestan aversión por los animales. La mayoría de estos últimos resultan más confiables, fieles y sinceros que muchísimos 'humanos'.

En el tan sonado caso de la lechuza de campanario víctima de la patada de Moreno, un moreno panameño, mal criado –con toda seguridad–, experimenté profunda molestia. Se me antoja inaudito que un jugador de fútbol que debe ser ejemplo, actuara de manera tan irracional y agresiva. Confieso que cuando por televisión lo vi dirigir sus pasos hacia el indefenso animalito, pensé que lo tomaría con cuidado entre sus varoniles manos y lo sacaría de la cancha. Por eso, cuando lo que sacó fue la pierna y le asestó la patada, la mezcla de incredulidad y sorpresa fue mayúscula.

De acuerdo con las declaraciones de los especialistas en animales el ave no sufrió traumatismos mayores. Hasta donde se supo, una luxación en una de sus patas, obligó a entablillarla. Y en el afán de brindarle todos los cuidados tendientes a que se recuperara totalmente, se le hospitalizó. La sometieron a terapias con oxígeno, a pruebas de laboratorio. Pero su naturaleza salvaje e indómita, amante de la libertad, le generó profundo estrés. Y ese estrés desembocó en su muerte.

A raíz de este percance que encendió las quejas de miles de personas, saltan interrogantes de mi mente -como conejos escapándose del sombrero de copa de cualquier mago de circo-.

¿Acaso no son dignas de castigos ejemplarizantes las mujeres que en un acto violento y cruel se resuelven por el aborto? Y ¿qué decir de los médicos –irónicamente formados para preservar la vida- que por ganarse unos pesos se convierten en asesinos de criaturas indefensas e inocentes? ¿No merecen sanciones morales, pecuniarias y penales?

Y ¿cómo calificar el maltrato y abuso, que llega incluso a lo sexual, al que son sometidos miles de niños en Colombia? ¿No es violencia vulnerar esos seres que serán el futuro? ¿No son escabrosas las huellas que se siembran en esos espíritus? ¿Esa explotación no es dolorosamente agresiva?

Y el elevado número de mujeres maltratadas que deambulan amoratadas por todo el territorio nacional, en todos los estratos sociales, porque la violencia de sus maridos o compañeros o amantes o como quieran llamarles no guarda relación alguna con el dinero disponible o faltante ¿no amerita que se levanten voces y se emprendan acciones?

Acaso los recorridos de los ejércitos paramilitares y guerrilleros sembrando el terror con los genocidios, las torturas y los crímenes aberrantes a lo largo y ancho del país, ¿no merecen que se levanten coros de voces clamando justicia? Pero es más cómodo dejar que el miedo nos apriete la garganta y acalle cualquier sonido de reclamo.

¿No es violencia e irresponsabilidad conducir bajo los efectos del alcohol, aún a sabiendas que la propia vida corre riesgo y que se pueden truncar los sueños de seres inocentes que están en el lugar equivocado o dejarlos deformes o sentados para siempre en una silla de ruedas? ¿Eso no merece la protesta sentida de la sociedad?

Tal vez tampoco se considera violenta la conducta de muchos que se hacen llamar políticos, que sin rubor ni remordimiento se apropian de los recursos destinados a educar el pueblo y a mantenerlo sano invirtiéndolos en sus particulares intereses personales que incluyen desde vehículos último modelo hasta insospechados mejoramientos estéticos, pasando por cruceros a lugares remotos, propiedades exhubertantes y un largo listado de etcéteras.

¿Ni es un comportamiento reprochable que muchos seres se mueran de hambre, o por falta de atención médica? ¿O que muera el espíritu de superación de muchos que ven frenadas sus intenciones de educarse para progresar, porque no hay cupos suficientes o los que hay se asignan con preferencias, a dedo, o por algunos mezquinos intereses?

Y ¿qué pasa con la mal llamada ‘Fiesta brava’ en la que mucha gente ‘culta’ disfruta de la tortura a la que son sometidos los toros? Allí no hay patadas, pero el reguero de sangre es mayúsculo. ¿Eso no es violencia? ¿No es ese un espectáculo dantesco?

Podría seguir enumerando, interminablemente, las dudas que me asaltan. Sin embargo, no voy a hacerlo.

Debo reiterar que bajo ninguna circunstancia admito el maltrato. No contra los animales. Mucho menos contra los humanos. Tampoco que aplaudo la actitud de Moreno, que no tiene excusa, pese haber intentado una explicación que despierta más rechazo que otra cosa. Pero me pregunto ¿qué pasaría si con el mismo ardor, la misma vehemencia, el uso de los medios masivos y de todos los recursos posibles eleváramos nuestras voces contra los mil y uno actos violentos que se repiten cotidianamente a nuestro alrededor y en que son víctimas seres humanos?

La lechuza, amuleto del Junior, pasó a la historia, convertida en el símbolo de la no violencia. Especialmente en los escenarios deportivos, donde tantos desadaptados hacen de las suyas.  Ya no desplegará sus alas mientras los jugadores de su equipo sudan la camiseta. Tampoco podrá acompañarlos desde la urna de cristal que una empresa local había donado, sumándose a la campaña liderada por don Jorge Cura -le hicieron necropsia y ello impide su disección-. Pero desde el cielo de las aves estará  atenta a nuestros jugadores impulsándolos a convertir muchos goles y a conquistar muchos triunfos.