¿Cultura ciudadana?
La amalgama de comportamientos, valores, actitudes y percepciones que comparten los miembros de una sociedad urbana integra lo que se conoce como cultura ciudadana.
Del término, tan de moda –no solo en nuestro patio-, se derivan aspectos fundamentales para la vida y el progreso de una sociedad. El respeto del patrimonio común, la calidad de la convivencia, el reconocimiento o el desconocimiento de los deberes y derechos ciudadanos, por ejemplo.
En el ejercicio de la cultura ciudadana juega un papel predominante la libertad. Esa que algunos alegan se les ha vulnerado cuando intentan defender ciertas actitudes o comportamientos con los que pisotean las garantías de los demás. La misma libertad cuyos límites están fijados por la responsabilidad y el derecho al respeto ajeno.
Por ello es indispensable saber vivir en sociedad. Capacidad que muchos seres no han sabido o no han querido cultivar, ignorando que la sociedad además de ser el medio natural del hombre, es producto de lo que en ella, por ella y para ella hacemos.
Sin lugar a dudas los ciudadanos debemos ejercitar de manera voluntaria la libertad y en su nombre, responder por lo que hacemos y por lo que dejamos de hacer. También es necesario aceptar las normas que se definen, las medidas que se adoptan, buscando con ellas mejorar la convivencia mientras se contribuye con el mejoramiento de la ciudad.
Al dar una mirada a nuestro entorno encontramos que hay ciudadanos que desconocen, de manera rampante, la disciplina social. Convierten el ‘meimportaunculismo’ en su filosofía de vida. Creen que con el ‘no le pare bola’ y la cheveridad lo resuelven todo. Sin embargo, a la hora de criticar son mordaces e implacables. Nada de lo que se hace por mejorar el entorno o las condiciones de vida les parece adecuado. A todo le ponen pero. Son veloces para marcar el punto negro en la hoja blanca. Y más triste aún, son reiterativos en la burla de las normas que tratan de mejorar la convivencia social, la buena marcha de la sociedad. Convirtiéndose en monarcas del perrateo.
En Barranquilla, ya menos Arenosa en virtud de la gran cantidad de vías pavimentadas que han permitido el reencuentro de muchos habitantes con el resto de la ciudad, son abundantes y fehacientes las muestras de falta de cultura ciudadana.
Debo aclarar que por fortuna muchos ciudadanos cumplen con las normas. Algunos lo hacen por temor. Otros por convicción. Estos últimos son los que saben qué es la cultura ciudadana y convencidos de lo necesaria que resulta, aprendieron a ser libres respetando el derecho de los demás.
Pero aún persisten quienes en ejercicio de una libertad mal entendida, prefieren ignorar las normas mínimas que deben cumplirse para lograr el disfrute pleno de las innovaciones que marcan el camino hacia el progreso, y permiten mejorar la vida, la apariencia urbanística, la comodidad de propios y extraños.
El Transmetro es uno de los escenarios donde abundan escenas que permitirían escribir un manual de lo que NO debe hacerse. En algunas estaciones, para el ingreso, las ordenadas filas de usuarios pasaron a la historia. Ahora es la montonera, el más vivo y de codo más ágil sube primero, sin importar cuánto tiempo ni cuántas personas hubieran estado antes que él esperando entrar. Muchos jóvenes de uniforme incurren en esta práctica poco sana para la cultura ciudadana. Una vez adentro, corren a ocupar las sillas azules, destinadas para personas en condición especial. De la tercera edad o mujeres embarazadas. Otros, no conformes con ello, protagonizan sonoros besuqueos e intensos manoseos que aunque no se quiera, terminan por incomodar haciendo difícil distraer la atención con el paisaje urbano del entorno.
Es falta de cultura ciudadana permanecer impávidos frente a la comisión de un hecho delictivo. Y suele suceder. Probablemente por temor a vernos involucrados en situaciones riesgosas se elige interpretar la letra de uno de los discos de Shakira y volvernos ciegos, sordos y mudos. Y dejamos pasar la posibilidad de intentar siquiera frenar el acto de violencia. Incluso cuando se trata de brindar ayuda a alguien que ha sufrido un accidente. Recientemente en el ocurrido en la Vía al Mar, a la altura de Santa Verónica, donde perecieron inicialmente una pareja de esposos y después se les unió una de sus hijas adolescentes, cuenta una niña de 10 años, sobreviviente que logró salir del auto a pedir ayuda, que muchos conductores pasaron ignorando sus lágrimas y pedidos de misericordia.
El Centro de Barranquilla, punto de nuestra geografía urbana que me encanta, es, tristemente, otro escenario donde se encuentran multitud de ejemplos de falta de cultura ciudadana. Algunos, muchos transeúntes atraviesan la calle 34 –Paseo Bolívar- pisando los jardines. Otros se roban las tapas de concreto de los registros dejándonos expuestos a una caída quién sabe con qué consecuencias. Otros mas dejan la basura en cualquier lugar, sin siquiera preocuparse por empacarla. Algunos avivatos, por obra y gracia de su parecer se han convertido en concesionarios del espacio público, transformando en parqueadero cualquier acera recién reconstruida. Otros insisten en cocinar en la vía pública donde los fogones –de carbón, leña y hasta gas- se levantan indolentes, acechando en peligro. Quienes van de prisa conduciendo sus vehículos no dudan en tomar la vía de solo bus, o transitar en contravía como si fuera lo más natural del mundo. Otros sacan a pastar sus vacas, que muy cultas ellas, eligen el pasto del Parque Cultural del Caribe para llenar sus cuatro estómagos. Algunos indolentes de manera irresponsable se dan a la tarea de modificar señales de tránsito para hacer posible lo no permitido, sin medir las consecuencias de este proceder. Podría seguir… pero el simple inventario me agota.
Es menester destacar que en otras ciudades –Miami, el primer escaño del sueño americano de muchos de nuestros ilustres ciudadanos- los barranquilleros son respetuosos de la mínima norma, en especial de tránsito. Son ejemplo a imitar. Dignos candidatos a una medalla del buen ciudadano. Pero en Barranquilla –¿el mejor vividero del mundo?- son los reyes en violarlas. Y cuando alguien les llama la atención, prepárese usted para la furia de ese Zeus al volante. Rayos y centellas. Pobre madre y la de sus futuras generaciones. De sapo no lo bajan a uno. Clásica muestra de la cheveridad y del perrateo con que se mueven en el patio local.
Como quiera que esta es una época pre electoral es perentorio que el nutrido ramillete de candidatos a gobernación y alcaldía dediquen tiempo y espacio a la importancia que en sus eventuales mandatos darán a la construcción de la cultura ciudadana. Las obras de infraestructura son importantes. Si. Pero resulta urgente replantear la forma de relacionarnos –los ciudadanos entre nosotros y los ciudadanos con el Estado-. Es más que ingeniarse campañas de impacto, con manillas, portavasos y otros accesorios. Se trata de sentar las bases para construir una ciudadanía responsable, con sentido de pertenencia, tolerante, capaz de concertar, capaz de cumplir los acuerdos y las normas de convivencia por convicción, no por temor a las represalias.
Ineludible tarea le espera a quienes aspiran gobernarnos.
mariteruiz@gmail.com