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Criterio maquillado

La extrema bipolaridad de la elección presidencial del próximo domingo 21 de junio, sin duda arrastra consigo la realidad de que millones de colombianos votarán por candidatos con los que seguramente tienen diferencias o reparos sustanciales. De manera que, más que acomodarse en las convicciones propias, uno debería cuanto menos hacer el ejercicio de identificar el ¿Porqué? detrás del voto al que se están moviendo los diversos segmentos del electorado colombiano.

 Por más que fundamentalmente nunca pueda, en mi caso, compartir las razones que lleven a cualquier individuo a votar por Iván Cepeda, si puedo decir con tranquilidad que en la gran mayoría de los casos, lo entiendo. Dejando a un lado el sinfín de bemoles que eso conlleva, quisiera dedicar mi atención en esta instancia, a una línea argumentativa que ha hecho carrera en el intelectualismo público colombiano. Aquellos quienes antes que nada declaran ser orgullosos demócratas y baluartes en la defensa y consecución de los derechos humanos y las conquistas sociales. Se trata de la condena de Abelardo De la Espriella como un Facista.

Esto, más que un ejercicio serio de análisis sobre el fondo del proyecto político que viene representando el cordobés, no es más que una instrumentalización de la expresión “Facista”  para sacar provecho a la  tremenda negatividad emotiva que evoca. La utilidad del término para su línea argumentativa radica en que, el mismo poder del calificativo les permite ubicar a Iván Cepeda como una figura más cercana al orden constitucional, y por consiguiente, como la única alternativa de defensa a la amenaza que De La Espriella representaría a dicho orden.

Más allá de la escasez del planteamiento a nivel de profundidad conceptual, si es evidente que acusar de facista a la campaña de Abelardo es, cuanto menos, absurdamente desproporcionado considerando lo cautelosos que han sido para emplear el mismo calificativo tratándose del ejercicio en el poder de la izquierda durante los pasados 4 años.  Eso, es precisamente porque el encasillamiento de un fenómeno tan complejo como el facismo, simplemente como la expresión más recalcitrante de “la derecha” no les permite analizarlo, y eventualmente poder ubicar objetivamente sus características principales, muchas de las cuales han sido sinónimas del Gobierno de Gustavo Petro.

El pasado cuatrienio ha puesto en evidencia una serie de características en las formas del manejo del poder público que encajan perfectamente con los postulados fascistas. Entre ellas, está que entes como el Comité de Paro, La Primera Línea y demás actores que decían ser manifestaciones orgánicas de diversos sectores sociales, principalmente en la comunidad universitaria, no fueron más que el brazo armado de la campaña del Pacto Histórico a la Presidencia. Precisamente, porque eran los llamados a respaldar el vaticinio de un estallido social como consecuencia de una posible derrota de Petro en la segunda vuelta de 2022 que inmortalizó con sus declaraciones la misma hija del entonces candidato, Sofía Petro. Para mejor o peor suerte, la amenaza nunca tuvo que consumarse, Gustavo Petro resultó victorioso y con su victoria parecieron desvanecerse todas esas organizaciones sociales, en gran medida porque todo su cuerpo dirigente pasó a hacer parte del actual gobierno, y en muchos casos resultaron ser alfiles claves para articular la infiltración de las disidencias de alias Calarcá en la estructura de la Dirección Nacional de Inteligencia. 

Precisamente esas instancias de aparente cercanía entre las estructuras del Pacto Histórico, grupos y todos estos diferentes colectivos armados de izquierda denota que, desde la misma dirigencia de la izquierda, la violencia política organizada es vista como un pilar estructural de su movimiento político. Cuando esa misma realidad se observa considerando que la actividad económica principal de los grupos que operan a mayor escala es la minería ilegal, por varios órdenes de magnitud encima, incluso, del narcotráfico, es ineludible concluir que la filiación ideológica que ata a las estructuras del Pacto con los grupos armados, opaca totalmente cualquier compromiso con las causas ambientales o en su defecto cualquier otro pilar ideológico del que se haya apropiado la izquierda colombiana con el fin de hacerse más digerible.

Más allá de esta relación inescindible entre la izquierda colombiana y la violencia armada, abundan otros ejemplos que denotan los rasgos fascistas de Gustavo Petro y su gobierno; La invocación de la guerra a muerte, el uso desaforado de decretos para legislar por encima del congreso, la invocación a manifestaciones para presionar a las altas cortes, la extrema politización de entidades técnicas,  la reinvención de RTVC como instrumento de propaganda política del gobierno y el descarado uso de infraestructura y recursos públicos para eventos de campaña de Iván Cepeda, son todas afrontas en contra de las fibras más básicas de la democracia liberal, que ameritaría, cuanto menos, un señalamiento de facista por parte de un intelectualismo público que se ufana de ser la defensa de la democracia liberal en nuestro país.

En realidad, la posibilidad de que los rasgos fascistas aparezcan dentro de la campaña de la izquierda ni siquiera figura como una posibilidad dentro del razonamiento de este mal llamado intelectualismo público colombiano, ya que todo su análisis está construido sobre la certeza de que en el marco de la polaridad izquierda-derecha, es fundamentalmente la izquierda quien persigue la consecución del bien en términos morales. Por tanto, quedan ciegos ante  la posibilidad de que el facismo, para ellos valorado como la encarnación del mal, también se pueda manifestar a través de su propia ideología. Aterrizando la cuestión al caso colombiano, es claro que ningún líder dentro de la historia política colombiana posterior a 1991 ha encarnado más características fascistas y autoritarias en el manejo del poder político que Gustavo Petro, pero ello, parece no pesar para quienes dicen tener una responsabilidad por ser honestos intelectualmente con el público. Los mismos que, con extrema ligereza diagnostican rasgos fascistas  en Abelardo De La Espriella basándose únicamente en aspectos puramente estéticos como las tendencias irascibles de su carácter, acompañado de la severidad de su discurso y ciertas ideas de campaña que son irrealizables en términos prácticos.

Es ciertamente triste que los llamados a ofrecer un análisis matizado de una situación política compleja sean obtusos ante las preconcepciones que gobiernan su entendimiento. Esto, a su turno y en el marco de la bipolaridad, los encierra en una reproducción infinita  de la  misma conclusión, que votar por la izquierda siempre será lo responsable. En últimas, esto se produce a cuenta de que cualquier tendencia política proveniente de la derecha va a ser observada como la encarnación de una intención negativa, y cualquier expresión política desde la izquierda, por más desastrosa que resulte, siempre va a ser valorada  como un desacierto en la persecución del bien. Esta configuración permanente de su análisis conlleva a que las razones de las que se llenan para avalar la continuidad de un proyecto político tangiblemente destructivo para el país, como lo ha sido el del Pacto Histórico, no son más que un intento por maquillar de criterio, la febril  simpatía ideológica que conservan con la dirigencia política de la izquierda colombiana.