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Cómo te quiero, belleza

El concepto de belleza es tan antiguo como la misma humanidad. Y su definición, muy diversa y subjetiva. Antropológicamente se sabe que el sentido de belleza es innato. Nunca nadie nos enseñó que las hadas madrinas son mujeres bellas y su contraparte, las brujas, son feas. Pero así las concebimos desde la más tierna infancia, pese a contadas excepciones fabricadas por la industria televisiva, que nos muestra lindas brujas como 'Hechizada', 'Tábata', 'Sabina' y otras de más reciente invención.

Nuestros lejanos antepasados ya tenían sentido de la belleza.  Eso lo prueban las coloraciones que se hacían en la piel con pigmentos minerales o vegetales. También,  los collares de cuentas de colores con los que adornaba su cuello el hombre de Cromagnon. Y los  accesorios hechos con plumas con que adornaban sus cabezas.  Si, el hombre. Eran los del género masculino quienes se adornaban. Lo más seguro es que lo hicieran imitando el reino animal. ¿Acaso en diversas especies de aves no es el macho el de más hermoso, colorido y l llamativo plumaje? Miren el pavo real macho frente a la hembra. O ¿el león, con su espesa melena, no resulta más bello que la leona?

Y no creamos que esa costumbre se extinguió. En las tribus primitivas que aún pueblan el mundo todavía prevalece. El macho se adorna más que la hembra. Pero en el resto de pueblos actuales, la mujer tiende a adornarse más que el hombre.  Aunque en la antigüedad el paradigma de belleza era el hombre, el desarrollo de la inteligencia lo desplazó, ubicando a la mujer en su lugar.

Ejemplos del  hombre como paradigma de belleza encontramos a lo largo de la historia. Para los griegos el símbolo de belleza fue Narciso, quien al desobedecer la advertencia de las pitonisas y mirar su rostro reflejado en el río, quedó tan enamorado de sí mismo que no pudo dejar de contemplarse. Lo hizo hasta que la muerte lo abrazó.  Adonís, en cambio, fue la idealización de la belleza para los fenicios. Hasta que un jabalí acabó con él.  En la cultura romana del renacimiento, el David, de Miguel Ángel, simbolizó la belleza masculina.

La concepción de belleza femenina entre las tribus primitivas se centraba en las regiones corporales relacionadas con la fertilidad, con la procreación, con el sexo. Los senos y las caderas. A mayor desarrollo, mayor belleza.  En las primeras estatuas conocidas por el ser humano se aprecia esta característica. La Venus de Willendorf,  la Venus de Lausell, se destacan por los grandes senos y las amplias caderas.

En épocas ya lejanas, nuestra cultura replica ese ideal de belleza donde las partes femeninas relacionadas con la fecundidad son generosas. Para la muestra un botón… la Venus de Milo, o la Maja desnuda, de Goya. Lastimosamente para las que tenemos carnes en abundancia y curvas generosas, ese modelo de belleza fue desplazado. Por allá en la década de los 60 del siglo pasado se hizo famosa Twiggy, una mujer extremadamente delgada y de baja estatura, comparándola con el promedio de la época.

Es así como desde siempre, el concepto de belleza ha ido evolucionando. Algunas veces con más carnes. Otras, con menos. Con mayor o menor estatura física. Con pómulos más o menos marcados. Pero logrando convertirse en un tema que obsesiona.  No sólo a las mujeres. Los hombres también se han dejado envolver por el deseo de ser apetecibles y bellos.

A ello ha contribuido la creciente comercialización y hasta explotación de la belleza. Tanto femenina como masculina. Hoy en día la cirugía plástica ha cobrado preponderante importancia. Y la están poniendo al alcance de cualquier bolsillo. La facilitan a crédito, por módicas cuotas, a largo plazo. Incluso conozco el caso de una entidad bancaria que aprobó préstamos de libre inversión para que las chicas encargadas de captar usuarios renovaran su imagen y corrigieran las posibles fallas corporales. En pocas palabras, para que se hicieran más atractivas a la vista. Más apetecibles.

Uno de los caballitos de batalla de las feministas de mochila ha sido la inequidad salarial entre hombres y mujeres. Es bien sabido que las ganancias laborales de las mujeres están aún por debajo de las del hombre. Salvo en contados casos. O cuando se dedican al modelaje o a la prostitución. De alto turmequé, por supuesto. Y ambas actividades están dedicadas a mujeres bellas. Ser bella, paga. Aunque en ocasiones, ser bella mata.

Se ha sabido de miles de casos en los que mujeres, movidas por el deseo de ser bellas, o de tener senos más grandes, o nalgas más prominentes, han quedado en la mesa de cirugía, sin vida. Y sin posibilidades de exhibir la belleza que la naturaleza no les dio. También les ha pasado a homosexuales con caderas naturalmente masculinas que anhelan tener caderas cuya silueta sea capaz de arrebatar a cualquiera que se les cruce. Y ahí han quedado. Con las nalgas turgentes, pero sin poder moverlas. Muertos.

Otro concepto errado de la belleza ha inducido, especialmente a mujeres jóvenes, a enredarse en conductas bulímicas o anoréxicas. Condicionan la belleza a la delgadez corporal. Y por lograrla asumen comportamientos que las llevan hasta la desnutrición, con los consiguientes problemas de salud que ésta trae consigo.

No obstante, ese deseo de tantos y tantas de lucir hermosos, ha impulsado -y de qué manera- la oferta de servicios plásticos y estéticos. El abanico es muy amplio. Se destacan en él, la lipectomía o cirugía del abdomen; la blefaroplastia -cirugía de los parpados-; rinoplastia o cirugía de la nariz; la colocación de implantes mamarios para aumentar el tamaño de los senos; la mastoplastia reductora para aquellas cuyos pechos fueron exageradamente dotados; mastopexia, para aquellos senos caídos con el paso de los años o el peso de las carnes; liposucción, para extraer la grasa de más de cualquier parte de la anatomía corporal.

Ahora, si lo que se quiere es atenuar la huella que el paso de los años va dejando en el rostro, hay varias posibilidades. Someterse a inyecciones de botox, que paraliza los músculos y esconde mágicamente las arrugas;  dejar que le implanten alguna sustancia que le devuelva a la piel el aspecto lozano, o recurrir al lifting, ya sea facial, frontal o de cuello. La mentoplastia es otra opción que permite devolver el almanaque unos años. Ahora hasta el implante de cabello es posible. Y la medicina anti envejecimiento ha tomado gran auge.

¿Los precios? Hay que consultar. Con un médico especialista en la rama. Conozco casos de quienes por ‘ahorrar’ unos pesos se ponen en manos de personas inexpertas o sin la preparación necesaria y terminan, no sólo gastando más dinero del previsto sino sufriendo el terrible desgaste emocional que ocasiona una cirugía con resultados totalmente opuestos a los prometidos.

No es ningún pecado querer llegar a viejos disfrutando de una agradable apariencia física. Por eso la invitación a todos cuantos deseen mejorar el empaque que les dio natura, es a ponerse en manos profesionales. Eso sí, psicológicamente preparados para un desembolso considerable. La belleza cuesta. Un amigo dice que los culpables de que aún se paseen por la vida mujeres feas son los maridos tacaños.